Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 6, Opinión
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Votemos

Por Luis Sánchez / Ilustración: Luis Sánchez

La democracia española, que ya no es una inocente mocita, adolece de muchos vicios. Si la comparamos con la de otros países de nuestro entorno económico (Gran Bretaña, Francia, Holanda, Alemania…), comprobamos que es una democracia de chicha y nabo, de bardana y berzas, de cardos y choriiiizos, en la que la participación de los ciudadanos queda limitada por ley (a veces, incluso por falta de ley), en beneficio de los dos partidos mayoritarios (una cosa fue buscar la estabilidad y otra, consolidar el inmovilismo y la desigualdad).

Por obra y gracia de la Providencia privada, el Partido Popular (PP) y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) cada vez se parecen más, en cuanto a la política económica que aplican. Muy aplicados ellos, ya lo creo. ¡Mi padre tiene un barco, mecachis en la mar! Y así es: se empieza haciendo un barquito de papel, luego se mete uno de madera en una botella, después se enrola uno en la Copa del América y, finalmente, se acaba teniendo un yate como Dios manda (que es quien manda). Mas no tema, señora Críspula, que si el neoliberalismo campa a sus anchas, ancha es Castilla, ¡y más ancha aún es la espalda de los españoles, ya sean éstos autónomos o emprendedores!

Los graves problemas que acucian a nuestro florido país (desempleo, corrupción, falta de transparencia, pobreza infantil, fracaso escolar…) exigen sensatez, responsabilidad y mesura. Y desde la política actual no se adoptan medidas eficaces.

Con los resultados de las últimas elecciones europeas, el panorama político ha sufrido una convulsión. El descalabro de los dos partidos mayoritarios ha sido sonado. El ascenso de Izquierda Unida (IU), que pasa de 2 a 6 escaños, en gran parte, era previsible. Sin embargo, nadie podía imaginar que Podemos (la nueva formación política, salida del movimiento 15-M) obtuviese cinco eurodiputados. Y lo que esta formación ha demostrado es que se puede –y se debe– hacer otra política, con otros medios y con otras maneras.

El uso de las nuevas tecnologías favorece la respuesta inmediata y establece otro orden en las relaciones de poder, haciendo que éstas sean más abiertas, dinámicas e igualitarias: horizontalidad, en vez de verticalidad; compartir más que excluir. El icono es la red y no la pirámide, de modo que se agiliza la solución de los problemas.

Y es obvio que la complejidad de los problemas actuales exija amplitud de miras y cooperación. Pero, además, hay algo que está cambiando, que es ya una realidad y no una quimera, es algo que viene con el signo de los tiempos, que forma parte de los ciclos de la naturaleza: el mundo se percibe de modo diferente.

La maquinaria política es lenta, pesada, rígida, está burocratizada… y siempre llega tarde. Más que credibilidad política (una cuestión de fe… y también de esperanza), lo que necesita el país son garantías contra la corrupción, o sea, menos caridad y más derechos, menos cinismo y más eficiencia, hechos en vez de gestos (“la fe sin obras es fe muerta”, aunque, claro, la frasecita parece el emblema sacro de un Ministerio de Fomento cualquiera, preñado de pingües beneficios privados).

Al tiempo que aumentan las diferencias entre ricos y pobres y se deterioran (o eliminan) servicios públicos, se da –y no es por casualidad, azar o chiripa– un divorcio entre políticos y ciudadanos, entre los representantes legales y el pueblo soberano. De ahí que se haya abierto una brecha seria entre la vieja política y la nueva, entre la política –llamemos– institucional y la de la calle.

Tras las elecciones del pasado 25 de mayo, empieza a verse la luz al final del túnel, pero es sólo porque hemos sincronizado nuestras linternas.

La honradez siempre fue una amenaza para la codicia. Esperemos que un mayor grado de conciencia política vaya calando en el tejido social de nuestro país y el sentido común impregne el resto de nuestros sentidos.

Votemos –como les llama, cariñosamente, la señora Rosario, la del quiosco–, claro que Votemos.

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