Humor Gráfico, LaRataGris, Número 8, Opinión, Rosa Palo
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Un purito, Pepe

Por Rosa Palo / Ilustración: LaRataGris

El mundial sólo tiene dos cosas buenas: tomarme unas cañas con los amigos mientras juega España y leer los artículos de los mejores columnistas de este país (compañeros de Gurb incluidos), que aprovechan para sacar del armario al hincha que llevan dentro y reivindicarse como nueva forma de transgénero, resultado de mezclar cosas tan incompatibles a priori como el yo intelectual y el yo futbolero: amparándose en escritores como Camus (fue portero en su juventud, y dijo que todo lo que sabía acerca de la moral humana lo había aprendido en el fútbol), Nick Hornby, Javier Marías, Cortázar o Nabokov, y con las palabras adecuadas, son capaces de tornar en homérica una insulsa crónica deportiva. Por eso, el único fútbol que me gusta es el escrito.

Desgraciadamente, una de esas dos cosas ya se ha ido al garete: la selección ha sido eliminada, y esto es el acabose, el Armagedón y el fin de los tiempos. Y me da penica; por las cervezas, vale, pero también porque me caía bien este grupo formado por tipos aparentemente normales que hacían cosas tan anormales como ganar dos Eurocopas y un Mundial; superhéroes de barrio que nos han dado un momento de descanso en unos tiempos difíciles. Pero todos los superhéroes tienen su kryptonita.

Así que, eliminada España y, con ella, mi espíritu de Ibérica F. C., ha sido más fácil sustraerme del tsunami mundialista, que incluso a las que entendemos de fútbol lo mismo que de pavos preñaos (mi santo ha intentado explicarme cien veces el fuera de juego con unos esquemas que podría utilizar el mismísimo Putin para invadir Ucrania, pero nada, ni por ésas), nos resulta difícil escapar del futbolismo: en verano, y con las ventanas abiertas, todo es ¡UY! y ¡AY!, que no sé si los vecinos están viendo un partido o poniendo en práctica el tikitaka. Intento aislarme, y aprovecho el tiempo para dejar hechas las lentejas del día siguiente, leer o depilarme (sí, hasta desollarme con la Epilady es mejor que sentarme a ver un partido), porque siento por el fútbol un rechazo visceral: cuando volvíamos a casa después de pasar el fin de semana en la playa, la banda sonora del domingo por la tarde era el Carrusel deportivo, y el gol en Las Gaunas, y un purito, Pepe, y el talonario Bancotel, y las bodegas Bocopa. Si, como decía Walter Benjamin, “Los domingos son días incompletos, fragmentos sumados a otros días”, añádanle a un domingo por la tarde un Pepe Domingo Castaño con las endorfinas puestas de burbujas Camposán y un examen de matemáticas el lunes y entenderán, entonces, el origen de mi repulsión.

Por no gustarme, no me gustan ni los futbolistas: los pelos cortados por el primo poligonero de Eduardo Manostijeras, las cejas de pata de mosca, los cuerpos sin un pelo de tontos ni de listos, los tatuajes para distinguir el brazo izquierdo del derecho, y el desconcierto que producen los cruces entre cuerpo de tronista y cara de contable. Sólo me consta una excepción: Xabi Alonso. Dice Manuel Jabois que en la barba roja de Xabi Alonso florecen los campos de Faulkner. Y mi abuela, que no escribía como Jabois pero tenía un gusto exquisito para los hombres, hubiera dicho que es un tío, tío, lo cual lo distingue de un macarra, un chichinabo, un julay, un chiquilicuatre. Y sobre eso no hay controversia alguna: hagan un grupo de estudio eligiendo a cinco mujeres al azar y, aunque cada una tengamos nuestros gustos más o menos parafílicos (a mi amiga C. le gusta Georgie Dann, y tan feliz), todas las mujeres del mundo y Emidio Tucci coincidiremos en que Xabi Alonso está para ponerle una mercería. Y si alguna no le gusta, es que se llama Jenny y se sabe las canciones de Kiko Rivera, por lo que no sirve como sujeto de muestra. Y ésa es la que disfrutará de lo que queda del mundial porque, sin Xabi, el fútbol se convierte en un “siniestro carnaval colectivo de ínfima categoría que tantas energías distrae”. Sí, a Pla tampoco le gustaba el fútbol.

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