Carmen Fernández, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 7, Opinión
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Un cuento chino

Por Carmen Fernández / Ilustración: LaRataGris

Xianyang, año 240 a.C. El palacio estaba especialmente agitado esa mañana. K’ung-fu-tzu había sido llamado a presencia del emperador y el noble anciano aguardaba en el Salón de la Armonía Central desde hacía ya dos largos ciclos. Sentía clavarse el duro terciopelo en sus huesudas posaderas pero sabía que la espera podía alargarse días incluso semanas hasta que el insigne hijo del dragón, Qin Shi Huang, tuviera a bien recibirle. La paciencia es un árbol de raíces amargas pero de frutos dulces. Así que se distrajo escuchando los ecos del Río de las Aguas Doradas creado artificialmente para proteger la ciudad de los malos espíritus siguiendo la compleja simbología del Feng Shui. Después de un buen rato atento a la charla del agua, pensó que tenía mucha sed, pues no había injerido ningún líquido desde hacía 90 kes, pero no debía ser esclavo de sus necesidades pues así se alimentaban los vicios, y los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos. Cerró los ojos y el bueno de K’ung-fu-tzu decidió meditar hasta que el suave frufrú de la seda le despertó de su postración, y vio un quimono de vivos colores arrodillado frente a él. Sin profanar la belleza del silencio, acompañó al joven eunuco a través de patios y jardines guardados por dorados leones hasta el Salón de la Armonía Suprema. Allí estaba el emperador envuelto en velos amarillos, en aromas de sándalo y en notas del sanxian. –Acércate viejo Tzu, quiero que asistas conmigo a algo milagroso, al menos así lo espero. Eres sabedor de mis inquietudes sobre el futuro y este hombre parece conocer los secretos del noble arte de la adivinación. Tú, con tu prudencia y sabiduría podrás descubrir si es o no engaño y si puede conservar sus orejas. K’ung-fu-tzu percibió cierta agitación bajo el rostro impasible del hombre, un fluir acelerado de su sangre. El adivino extrajo con sumo cuidado y de forma ceremonial lo que parecía una bandeja de plata. Vertió agua en ella y deshojó una flor de loto mientras repetía una letanía en un extraño lenguaje y hacía aspavientos con los brazos. El viejo sabio había asistido muchas veces a rituales semejantes y esperó con cierta desgana a que el hombre arrojara unos granos de pimienta en la bandeja, pero lo que sucedió a continuación hizo que involuntariamente su boca se aflojara en una mueca de asombro. En la superficie del agua iba formándose una imagen extraña. Se veía a un grupo de súbditos, campesinos quizás, con excéntricos trajes que rodeaban las piernas charlando animadamente junto con dabizi (extranjeros de nariz grande). El emperador se horrorizó al comprobar que todos juntos entraban en lo que parecía ser un pequeño palacio imperial de vigas de madera roja y leones dorados (aunque no refulgían como el oro) que estaba lleno de mesas y sillas y todos comían curiosos guisos. Una mujer china les sirvió una fuente con lo que llamaban galletas de la suerte. Cada uno de ellos abría una y extraía del interior un papel en extraños caracteres. “A mí me ha tocado una frase de Confucio: debes tener siempre fría la cabeza, caliente el corazón y larga la mano”. El emperador miró con admiración al anciano. –Estos deben ser tiempos muy futuros, y tú maestro K’ung-fu-tzu eres recordado. Pero la sorpresa se iba transformando en indignación pues los jóvenes comenzaron a mofarse: “jajaja, yo prefiero tener otras cosas largas y calientes”. “Es que Confucio es el creador de la confusión jajaja reía otro”. Si hubiera podido, el emperador les habría torturado y ejecutado de inmediato. Se les mostró que había muchos, todo estaba lleno de aquellos pequeños palacios de la comida con mesas y dragones imperiales frecuentados por extranjeros. La bandeja ahora reflejaba un grupo de dabizi aprendiendo el noble arte de la lucha, a la manera china. No podía ser ¡Traición, los secretos de los nobles hijos del dragón desvelados! También vieron una especie de bazar repleto de objetos, con, ¡oh sacrilegio! budas de pequeño tamaño que eran manoseados por otros infieles sin que mostraran ningún respeto y, junto a ellos, figuritas con kimonos sonreían estúpidamente y gatos brillantes movían una pata fruto sin duda de algún embrujo. Dos hombres caminaban por las hileras de objetos: “ya me volvió a engañar el chino de los coj…” Con un grito desgarrado, el emperador tiró al suelo la bandeja derramando su líquido por el suelo. Poco a poco su furia se fue transformando en abatimiento y pidió consejo al viejo sabio. –No dejaremos que esto ocurra, construiremos una fortificación infinita, una muralla que nos proteja del mundo. Ningún extranjero, ningún diablo blanco profanará nuestro imperio. Somos los hijos del Dragón.

Esta historia nos la contó Shaiming mientras colocaba bandejas plateadas en la estantería junto a las flores de loto. Después de investigar un poco nos dimos cuenta que ningún dato encajaba y nos miramos sonriendo: nos había contado… un cuento chino.

 

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