Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 5, Opinión
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Tú la llevas

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

España es nombre de mujer. De otra manera no se entiende que los ciudadanos que ocupan el territorio y que son administrados vayan a cambiar de Jefe del Estado sin poder ejercer el derecho a discrepar. En estos momentos el Estado Español se me antoja, pues, como aquellas féminas medievales que pasaban de la tutela del padre a la del marido sin haber llegado a ser persona jurídica ni tampoco física –no hay que olvidar que no todos los seres humanos son personas–. Un 2 de junio un señor mayor y achacoso sale por televisión diciendo que se va, que abandona su puesto, pero que no nos preocupemos porque nos deja en buenas manos: las de su hijo. Todo atado y bien atado. Hace cuarenta años que el dictador Francisco Franco nos dejó a Juan Carlos como prenda y ahora es éste el que nos deja a su hijo con la misma intención: esta abdicación no es más que un doloroso recordatorio, una constatación de que los españoles aún no estamos maduros democráticamente hablando, a pesar de ser ya cuarentones. Como las mujeres medievales. Somos tropa, bulto.

No sé si habrán sido los resultados de las elecciones europeas (más del 50 por ciento de abstención; fracaso estrepitoso del bipartidismo; auge de los partidos republicanos); los achaques de salud del Rey; los escándalos y procesos judiciales de los que ha sido protagonista su familia o, sencillamente, la asunción de que su tiempo ha acabado –quizá todo ello a la vez–, el caso es que Juan Carlos I renuncia pero con la intención de que la Monarquía permanezca.

El rechazo de los ciudadanos a las instituciones y a la clase política es más evidente que nunca y el descrédito de la Corona, una condición ganada a pulso. Y eso a pesar de la protección de la que ha gozado la figura del Rey durante todos estos años. Si no, hagan memoria, a ver cuántos artículos han leído críticos no sólo con él, sino con cualquiera de los miembros de su familia; cuántos tertulianos han podido desvelar alguno de los secretos (secretos a voces) sobre su persona; cuántos periodistas han ido más allá de utilizar el adjetivo “campechano” para justificar los desmanes reales. Después del anuncio de la abdicación pareciera que el Rey ha muerto porque no ha habido casi ni una crítica sino la alabanza del grupo de corifeos de siempre, de esos que nos gobiernan o aspiran a gobernarnos.

El cambio en la Monarquía no es más que la constatación de que este sistema político no funciona, está obsoleto, oxidado, y de que se impone un cambio: un nuevo modelo para un tiempo nuevo.

No encuentro ninguna ventaja en cambiar un rey por otro, aunque este último sea más joven y esté sobradamente preparado. Pero ¿preparado para qué? ¿Tendrá Felipe VI la fórmula para acabar con las interminables y tristísimas colas del paro?, ¿para estrechar la brecha que separa la clase política de la clase trabajadora?, ¿para recuperar el crédito de las instituciones? Los españoles tenemos ante nosotros una oportunidad de oro para pronunciarnos pero sospecho que no la vamos a poder utilizar. Todo cambió para que no cambiara nada, una máxima que alimenta la Monarquía, cualquier Monarquía.

Los ciudadanos vamos a asistir, imagino que perplejos y resignados, a la coronación de Felipe de Borbón como un mal inevitable. Felipe, la princesa Letizia y sus hijas se convertirán en la Primera Familia del país, como dicen los cursis. Y lo serán a pesar de que Iñaki Urdangarin, cuñado de Felipe, yerno del Rey, está acusado de prevaricación, malversación, fraude y diversos delitos fiscales. A pesar de que Cristina de Borbón declarara ante el juez 579 veces “no me acuerdo”, “no me consta”, “no lo sé”. A pesar de que el propio Rey tuviera a su amante durmiendo en un chalé a un paso de la Zarzuela para hacerlo todo más fácil. A pesar de que la reina Sofía funda la tarjeta de crédito cada Navidad en las tiendas de lujo de Londres. A pesar de que Felipe se haya casado con una mujer divorciada y a pesar de que ahí acabe todo signo de modernidad. Cada vez la Corte española se parece más a la de Mónaco: amantes, escándalos, hijos ilegítimos y chanchullos de toda índole. Y ahora que la princesa Charlène va a ser madre no de uno sino de dos herederos, no habrá quien les tosa. Ella, como España, que es un nombre de mujer, no tiene otra función que engendrar herederos.

 

Ilustración: L'Avi

Ilustración: L’Avi

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