Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 8, Opinión
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Son las siete de la mañana. Es la puta realidad

Por Lidia Sanchis /  Ilustración: L’Avi

Hay algo conmovedoramente literario en los perdedores, quizá porque la mayoría de nosotros nos identificamos con ellos. Son como un arquetipo en el que nos vemos reflejados porque sabemos que en ese club sí que nos admitirían sin poner reparos. La felicidad, el éxito, nos parecen sospechosos incluso obscenos. O tal vez adolecemos de otro pecado capital: el de la envidia. En cualquier caso, la mera idea de triunfar, y que el triunfo se prolongue demasiado tiempo, es agotadora. Un destello, una chispa, una pequeña satisfacción, son soportables, incluso se agradecen. Pero, ah, amigos, llegar a lo más alto; que las mujeres y los hombres se postren a tus pies; que no puedas andar dos pasos sin tener que detenerte a firmar autógrafos o a inmortalizar el encuentro con el admirador… eso resulta irritante y molesto. Por eso dicen que allá en la cumbre se está solo: no porque el paraíso sea muy pequeño y no haya sitio para dos, sino porque no se quiere compañía.

La historia de España refleja claramente esta tendencia al fracaso. En el siglo XVI estaba a la cabeza de las naciones civilizadas pero precisamente entonces empezó su decadencia. Todo lo que sube, baja, diríamos por resumir y por ahorrarnos unos cuantos siglos de decepciones.

Y, casi sin quererlo, estamos ya en el siglo XXI y algunos triunfos nos contemplan, sí, pero entre nosotros se ha vuelto a instalar el pesimismo. La crisis, diríamos también por resumir, tiene la culpa de ese sentimiento aunque parece que los españoles lo llevamos grabado en el ADN. Después de años de bonanza; de adosado y viajes al Caribe; de chalet en la sierra y visitas a Nueva York; de Liceo francés para los niños y clases de golf para el abuelo, llega la crisis y nos pone a todos en su sitio. Como diría mi admirado Fernando García Tola, son la siete de la mañana. Es la puta realidad.

En medio de tanta caída, de tanto fracaso, algún momento de éxito nos hace olvidar que vivimos a crédito y que los sueños se han evaporado. Y si ese chispazo, ese espejismo, se repite una o dos veces, nos sentimos los dueños del mundo. Como pasa cuando admiramos a esas mujeres guapas, que por el milagro de la simetría y la armonía de sus rostros y de sus cuerpos, engaña a nuestros sentidos y nos hace pensar que “por dentro” es igual de hermosa. Un ejemplo que sirve lo mismo para los hombres. El fútbol no es más que una metáfora de la vida colectiva. Ellos ganan y nosotros ganamos. Ellos pierden y nosotros perdemos. En algunos momentos ha sido dulce la derrota y aún más dulce el triunfo. En estos, sin embargo, el fracaso ha sido un “usted no sabe con quién está hablando” que nos ha devuelto, cabizbajos y avergonzados, a nuestro sitio. Al “chopped” y al tintorro. Porque estamos hablando de fútbol y del papel que ha hecho la selección española en el Mundial, ¿no?

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