Alaminos, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 6, Opinión
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¿Sobrevivirá PODEMOS a PODEMOS?

Por Juanma Velasco / Ilustración: Jorge Alaminos

¿Podemos? ¿Otro orden es posible? ¿Se puede gestionar una sociedad sin que prime el interés particular de sus gestores frente al general de los individuos?

La humana, como todas, a pesar de estar considerada como la más avanzada de cuantas han pisado la corteza terrestre, con permiso de las alienígenas y la Rapanui, es una especie dada a conservar sus hábitos, sus tics, sus deformidades, sus lazos, sus apologías, sus sistemas rectores, sus contradicciones. La revolución tecnológica no ha venido aparejada de una, siquiera, evolución de los comportamientos, de los modos de interrelacionarnos. Nos sentimos por igual fuertes que frágiles, según coyunturas, pero la estancia en el planeta sigue presentándose corta en términos absolutos y la ambición continúa manifestando las misma coordenadas febriles que en Grecia, que en Roma, que cuando Fernando VII.

Las instrucciones son sencillas. Y repetidas en el tiempo. Uno, el líder, convence a otro para secundar una causa, la suya. Estos dos a un tercero, a un cuarto, a tantos como tengan a su alcance. Surge el núcleo primigenio. De él, a través del proselitismo, se amplía la red en la medida de la energía de los apóstoles, de la significación de la causa y de la capacidad de penetración social.

Una vez alumbrada la nueva etnia ideológica, se la bautiza, se la dota de reglas, de ética, de staff, de ideales y de metas. Sólo es cuestión de tiempo que la pureza fundacional comience a mostrar las abolladuras de la conducta humana y adelgace, mute, se desteche o, simplemente, desaparezca. La pureza, que la organización no tiene porqué.

No son demasiadas las organizaciones que resisten el paso de los eones de la Historia sin perder su inocencia gestacional, sin experimentar una o múltiples heladas de esas que retuercen troncos y principios. Y aunque me pese como individuo abonado a la libertad de elección de cualquier índole, debo reconocer que sólo las más autoritarias resisten con mayor solvencia el deterioro del transcurrir. La Iglesia, la masonería, los partidos políticos con líderes al uso. Y algunas otras que revistiendo una estructura participativa no dejan de ser, en esencia, asunto de pocos. La tiranía de lo oligárquico. La mano de hierro sigue pudiendo más que la mano tendida, el pulgar de uno más que las palmas de muchos.

Esta introducción con tintes metafísicos quería prospectar en la coraza estatutaria de PODEMOS, ese fenómeno electoral que ha conseguido, en tan sólo unos comicios, acelerar de cero a cien a la velocidad contagiosa de la esperanza.

¿Conseguirá PODEMOS, como organización, sustraerse a ese principio de erosión universal que amenaza, por su naturaleza singular y por la naturaleza predatoria de sus opositores (todos los que no son PODEMOS) con hacerla implosionar?

¿Será capaz PODEMOS de sobreponerse a su propio éxito y salir no sólo indemne sino reforzado con vistas a futuras citas tras someterse a un autocontrol riguroso de su índice de hormona del crecimiento?

Lo asambleario suele presentar mayores inconvenientes que lo totalitario. La presunta validez de todas las opiniones suele dar paso a la exteriorización de un exceso de utopías particulares que no precisamente, al fusionarse, consiguen generar una utopía conjunta y, paradójicamente, realizable.

Se han empezado a escuchar las primeras disonancias en el seno del partido que ha hecho estallar la burbuja impune de la comodidad electoral en la que se mecían un PP, eficaz en su control estricto de sus propias estructuras semibúlgaras, y un PSOE que deriva por entre la energía oscura de la pérdida de su identidad.

Parece que las bases se han levantado, o se han insinuado al menos, contra la casta del propio partido. Porque siempre hay una casta, inexorable, esa tan manida Casta de la que Pablo Iglesias Jr (II) abusa como abstracción y que él mismo protagoniza, con o sin afán de notoriedad (esa sutileza del narcisismo sólo la olisquearán sus más próximos). Una casta que rige y determina. Porque en cualquier agrupación reglada siempre existe el voto decisorio de calidad, porque finalmente acaba por prevalecer ese concepto de superioridad intelectual que algunos se arrogan, esa clarividencia que a algunos les hace creerse más hábiles, más determinantes, más sabios, más imprescindibles.

De la capacidad de PODEMOS para gestionar sus cuatro fuerzas fundamentales y hacerlas converger hacia el aleph de las expectativas ciudadanas dependerá que su progresión en las instituciones sea geométrica, aritmética o recesiva.

La euforia del despegue está tierna. O debería estarlo. El moho convivencial todavía no ha tenido tiempo de desgastar el glamour iniciático del romance partido-votantes. El lema implícito de que lo verde y lo luminoso pueden significar algo más que una declaración institucional vacía de contenido descubre, en boca de PODEMOS, un espacioso carril de aceleración cuya vista se pierde tras la primera colina con nombre de promesa.

Y aunque no todo sean praderas ni ventanales en PODEMOS, incluso desde su superávit de sombra populista programática, más de un millón de desencantados y creciendo, presienten que por fin la paloma puede retornar al arca de la dignidad con un ramito de olivo entre su pico.

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