Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 8, Opinión, Tonino Guitián
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Posteridad

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

A la selección española de fútbol la tengo en un pedestal romano. En posturas un poco incómodas, pero en un pedestal al fin y al cabo. Al principio pensaba que todos los jugadores eran iguales: ese uniforme tan poco favorecedor, que les hace parecer como empleados de una ferretería, resulta disuasorio. Pero como todo el planeta se fija en ellos como gladiadores modernos, me impuse averiguar cuál es el atractivo que poseen.

En primer lugar, los futbolistas no tienen nada que ver con los gladiadores. Entran al campo con la misma actitud de quien va a enfrentar una lucha a sangre, de acuerdo, pero los futbolistas no mueren en el campo. “¿Querrías que los jugadores se jugaran la vida ante el público?” –me preguntará alguien preocupado por mi estado mental. Y por supuesto que no quisiera por nada del mundo que tuvieran que hacer como en las películas futuristas, porque estoy seguro que más de un millón de billones de personas aceptarían sacrificar su vida por el sueldo que recibe un jugador de la selección y dejar a su familia en una buena posición económica después de muertos.

Los mundiales de fútbol sustituyen hoy a las formas antiguas de ejecución pública. Por eso, cuando un intelectual hace alabanza de este deporte, vomito indefectiblemente. Los romanos tampoco vieron el aspecto moral de los duelos a muerte. Los digerían con tranquilidad a pesar de ser una civilización muy avanzada. En otras culturas a los enemigos capturados no se les mataba al instante sino que los guardaban para poder comérselos en alguna festividad de triunfo. El fútbol, en su aspecto mundial, es una gran fiesta, pero los que mueren son los espectadores: mueren de asco, de miseria en una chabola, porque no tienen asistencia médica, de hambre o huyendo de su país en una barca hecha con palos. Todo esto el fútbol sabe reflejarlo siendo el único medio de salir con vida de una sociedad miserable hacia la prosperidad personal. Los jugadores de origen africano son liberados de sus cadenas. “Corro como un negro para cobrar como un blanco”, dijo Eto´o en una frase que debería colocarse en los futuros campos de concentración. Pero Eto´o no es Espartaco, y su revolución se reduce a follar y hacerse construir chalets con piscina climatizada (esto no lo he corroborado, porque pueden imaginar mi mueca de disgusto tecleando esta búsqueda en Google, así que me lo imagino). En su oropel de relojes horteras, cortes de pelo galácticos, vehículos de agente secreto con licencia para matar, los jugadores ven cómo la gente se despanzurra intentando vivir y les jalea con todo el odio que pueden destilar sus vidas de gusano patriótico. Yo, sin embargo, sólo siento amor por los jugadores. Un amor cristiano que me impide desear ver su sangre derramada en el césped. Y no lo deseo porque sé que Roma cayó y de aquellas ceremonias fúnebres no queda más que las ruinas del Coliseo y algún campo azteca lleno de maleza.

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