Artsenal, Editoriales, Humor Gráfico, Número 8
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Menos samba y más trabajar

Ilustración: Artsenal

Gurb

Editorial

27 de junio de 2014. El gobierno brasileño ya sabe que el Mundial de fútbol no le ayudará a mejorar su imagen como país, ni a convencer a la comunidad internacional de que se encuentra en plena transformación hacia una gran potencia económica, no sólo regional sino también planetaria. Los líderes brasileños temen que todos sus esfuerzos por dar una imagen de modernización del país queden en nada después de que los medios de comunicación internacionales hayan centrado el grueso de sus reportajes no en los flamantes estadios que se han construido, ni en las nuevas autopistas o aeropuertos, sino en la dura realidad de un país relativamente atrasado que vive aún en la pobreza. Para colmo de males, los informes económicos revelan que Brasil dejó hace tiempo de crecer a un ritmo vigoroso e incluso podría estar entrando en recesión.

Ilustración: Artsenal

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La preocupación que sienten la presidenta Dilma Rousseff y otros funcionarios brasileños por el impacto propagandístico que pueda tener el campeonato es lógica. Por ello se esfuerza en tratar de minimizar la importancia de las manifestaciones callejeras masivas, en buena medida espontáneas, de quienes están protestando en contra de la voluntad del Gobierno de priorizar las obras públicas faraónicas exigidas por la FIFA (más de 10.000 millones de dólares) antes que la educación, la salud o la vivienda. A estas alturas el pueblo brasileño sabe que la injusticia social, la brecha económica entre clases, es el problema más grave para el país, más incluso que la reputación internacional de Brasil, que quedará irremediablemente dañada tras este Mundial y ni siquiera un eventual triunfo de la selección local en el campo de juego les serviría de consuelo.

El Gobierno brasileño, en un error colosal, cree que, a la larga, el prestigio que les reportará organizar un Mundial de fútbol o los Juegos Olímpicos justificará los costos económicos enormes que tendrán que asumir. Sin embargo, este discurso no ha calado en la ciudadanía, que ve cómo la pobreza se extiende por las favelas, mientras los precios suben, los salarios bajan y la calidad de vida es cada vez peor. Millones de brasileños malviven cada día con apenas unos euros. La organización de un evento de estas dimensiones supone un riesgo y no necesariamente trae riqueza y prosperidad a un país. Tenemos el caso de Grecia, donde la organización de unas Olimpiadas supuso la construcción de grandes estadios y otros complejos deportivos que han quedado como monumentos al optimismo exagerado de dirigentes ambiciosos y al derroche innecesario. Una vez terminada la competición, pocos son los ciudadanos que aprovechan estas instalaciones y lo que sí queda es una factura pública colosal que, a base de impuestos, siempre tienen que pagar los mismos: los ciudadanos. Los griegos aún despotrican de sus juegos olímpicos, que solo trajo corrupción y malversación de fondos públicos. Para países ricos como Alemania y el Reino Unido organizar un mundial de fútbol puede suponer un costo que para ellos puede considerarse razonable, pero los estados más pobres se ven obligados a comprometerse a gastar montos inasumibles en su esfuerzo por mejorar el nivel de organización de los anteriores juegos.

El régimen comunista chino desplegó una cantidad inmensa de recursos durante la pasada Olimpiada, recursos que aún no están suficientemente aclarados por la falta de transparencia que se vive en aquel país, pero Brasil es una economía emergente aún por madurar donde (para desconcierto de un gobierno que creía que el fervor futbolero le eximiría de tener que rendir cuentas de su gestión), el pueblo se ha rebelado en las calles contra el despilfarro. Brasil sigue siendo un país en vías de desarrollo que está muy lejos del nivel de vida del primer mundo y en el que muy pocos servicios públicos funcionan a la altura de Europa occidental, América del Norte o el Japón. Si bien se ha convertido en la séptima potencia económica del mundo, el 18,6 por ciento de su población (alrededor de 40 millones de personas) sigue viviendo en la pobreza. Además, es uno de los países con más desiguales del mundo, ya que el 20 por ciento de la población rica goza de una renta media 21,8 veces mayor que el 20 por ciento más pobre. Por todo ello, organizaciones no gubernamentales como Manos Unidas piden intensificar la reforma agraria abandonada en los últimos años y abogan por una apuesta decidida por parte del Estado por la agricultura familiar y agroecológica, especialmente en la región semiárida; por reconocer y respetar los derechos de los pueblos indígenas y comunidades tradicionales; y por defender a la Amazonía de los grandes proyectos extractivos guiados únicamente por el interés económico.

El gobierno brasileño ha sido tramposo y torticero a la hora de enviar un mensaje triunfalista a la población y a estas alturas ya se puede decir que ha engañado al pueblo al venderle el sueño de la prosperidad por la simple organización de un Mundial cuando la realidad social que se impone es bien distinta. Y como si los dolores de cabeza provocados por el Mundial ya no fueran más que suficientes, tendrán que prepararse para los Juegos Olímpicos de 2016 que, siempre y cuando no ocurra nada imprevisto, tendrán lugar en Río de Janeiro.

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