Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 5, Opinión
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Los viejos tiempos

Por José Antequera / Viñeta: Adrián Palmas

Tras la histórica abdicación del Rey, sonada, mundial, podríamos caer en la tentación del chiste fácil sobre las muletas tullidas del monarca, el por qué no te callas o sus devaneos adolescentes con Corinna. Pero los que vamos para viejos, los que aún echamos de menos el vinilo y nos hacemos un lío a la hora de enviar un guasap, nadamos ya a contracorriente y miramos con nostalgia el final de ese tiempo tan feliz, como dice la canción horterilla. Miramos atrás con cierta añoranza porque tantas cosas que han formado parte de nuestras vidas, con el reinado de Juan Carlos, se nos pierden en el túnel del tiempo, ya para siempre. Se perderá en la memoria el día que la palmó Franco, un día grande porque los niños no fuimos al colegio; se irá borrando el recuerdo de la gloriosa movida, un despelote fenomenal con primeras novias de cabellos cardados, chaquetas con hombreras y Tierno rulando porrillos; quedará atrás la prodigiosa música de aquellos años, enamorado de la moda juvenil, sombra aquí, sombra allá, maquíllate, maquíllate; se perderá sin remedio el espíritu de la Transición, todos a una en pos de la democracia, libertad, libertad, sin ira libertad; se diluirá el frenesí por Almodóvar, el Woody Allen manchego que manhatanizó España con sus comedias libertinas y posmodernas; se desvanecerán para siempre aquellas Navidades alegres de gambón barato, champán pobre y Martes y Trece, las uvas navideñas entre Raphael y Pantoja, las campanadas de un país que despertaba de la pesadilla franquista, la empanadilla de Móstoles y Juanqui allí, en la tele, tan envarado como campechano, tan de guiñol como necesario, echándonos el sermón de la montaña como ese abuelo al que nadie escucha, dándonos la brasa con el mismo rollo de cada año, soltando aquello de “me llena de orgullo y satisfacción”.

Se nos van tantas y tantas cosas: su tejerazo amañado que fue un thriller formidable; su televisado puñetazo en la mesa con el pijama de rayas bajo el uniforme; su histórica frase de “he cursado a los capitanes generales de las regiones militares la orden siguiente…”. Se nos irá olvidando, con los años, el reinado de la concordia y del consenso, los pactos de la Moncloa, la España en color que dejaba atrás el blanco y negro falangista, el primer divorcio, el primer beso gay, los primeros pechos levantiscos, la Estrada, la Cantudo y la Vera, tres eran tres las hijas de España, el comunismo capitalista de Carrillo, los gruñidos trogloditas de Fraga, el socialismo ingenuo, utópico, feliz, el Felipe de puño en alto, orgulloso y gitano (empezó con el cambio y nos dio el cambiazo y luego se vendió al capital y más tarde a Gas Natural, pero ésa es otra historia).

Fue un reinado de vértigo, 40 años de cara tras 40 años de cruz, OTAN de entrada salida, el Mercado Común, las Torres Kio (que alguien las enderece de una vez, por Dios santísimo) el AVE, el IVA, la EXPO, el milagro español a pelotazos, los regateos del Bribón, los cinco tours de Indurain, las Olimpiadas, Freddie Mercury a capela con la gorda, amigos para siempre lairo-lairo-lairo-lá, el peor Aznar imaginable, el zapaterismo decepcionante. Esto no ha sido solo un reinado, ha sido una odisea griega con Suárez haciendo de Ulises, una travesía azarosa desde el medievo de la dictadura hasta la posmodernidad, desde las sombras a la luz, y con él se entierra el invento del café para todos, las autonomías tan falsas como provechosas, la Constitución del 78 y la idea misma de España, que se nos va a la mierda, ahora sí.

El Camelot juancarlista no seduce a los troskos de Podemos, que ven en el Rey a una especie de franquito chocho y demodé. Los jóvenes, siempre tan equivocados. Si pudiera los pondría un rato en el 36, para que supieran lo que es un dictador. Es cierto que el Rey se nos ha quedado revenido y trasnochado, como la Constitución, como la democracia, como esta España agónica y bostezante. Es cierto que el monarca ha ensuciado su hoja de servicios en los últimos días de reinado y que ha pasado de señor del trono a tronista, de rey saliente a rey salido con tanta amiga entrañable y tanto safari, más Urdangarín todo el día empalmado, un yerno que iba para príncipe y ha devenido en sapo, como en un cuento gótico de los Grimm. Pero, y sé que esto que voy a decir no es políticamente correcto, sucede que cuando veo a ese Rey achacoso y reviejo trastabillándose con unas muletas, cuando contemplo a ese Rey decrépito que ha perdido el amor de su pueblo, ya de otra época, ya de otro mundo, veo a un país ropavejero, decadente, senil, y no puedo dejar de preguntarme cómo hemos cambiado tanto, cómo envejecimos tanto, ni dejar de sentir cierta nostalgia por un tiempo feliz que fue mi tiempo, mi época, una época de paz y prosperidad que no volverá jamás. Fue bonito mientras duró, eso lo sabemos los de mi generación. Lo que nos depare el destino, el contradiós que se nos viene encima, el guerracivilismo sin cuartel, produce vértigo. Qué digo vértigo: pánico.

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