Cipriano Torres, Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 7, Opinión
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Los chinos la tienen pequeña

Por Cipriano Torres / Ilustración: Luis Sánchez

Cuando todos los chinos salten a la vez, a la mierda, se acaba esto, la Tierra se trastabilla y se va al carajo. Esa sí que es una amenaza, incluso más terrible que la que siempre acompaña a los habitantes de la China, ese país lejano, exótico, del que apenas conocemos más que cuatro tópicos interesados, pero insisto, si los chinos saltaran a la vez caeríamos todos como chinos, la hostia, dice el amarillo asentado en España aunque es un asentamiento raro, un asentamiento chino. Se dice que los chinos nos comen por patas, que se comen al mundo, que son el futuro. Y lo creo. Seguro que será así. Hace unos años, en 2012, viajé a Ghana, el país africano en la barriga occidental del continente, en pleno trópico, un país en desarrollo casi atropellado, que tiene levantadas las tierras entre Accra, la capital, y Kumasi, la segunda ciudad del país, por ver si algún día terminan la autopista. Yendo en trotró, furgonetas colectivas para grandes trayectos, uno se hace una buena idea del país, de sus gentes, amables, simpáticas, educadas, serviciales con el extranjero pero no serviles. En uno de esos traslados se me pusieron los ojos como un racimo de bananas recién cogidas cuando vi, casi sin darme tiempo a retratar la visión, el anuncio en una gigantesca valla publicitaria del restaurante de un tal Ling ubicado en el enorme complejo hostelero Peps Lodge de Kumasi, y allí se veía, en mitad de aquel dispendio de promoción, un resumen fotográfico de lo que podríamos encontrar, la barra de un elegante y solitario bar, una habitación de hotel confortable, y a dos blancos que parecían disfrutar de una comida agradable, quizá la que cocinaba el tal Ling en el wok que se ve en la foto central, con su sombrero de un blanco impoluto sobre su cabeza.

¿A dónde quiero llegar? Al tópico. A la realidad. Los chinos se comerán al mundo por patas. Ya han empezado. Es lo que tiene tener vocación de imperio. Y ya conocemos cómo se las gastan los imperios, del romano al yanqui. ¿Por qué asumimos con normalidad la invasión cultural, económica, política, artística, o gastronómica de los americanos del norte, y no hacemos ascos a los abrevaderos y pesebres de bebida y comida basura, al modelo de vida que propaga el cine de las grandes factorías al servicio de los valores de aquella sociedad, y nos inquieta y alarma la invasión imparable que llega de Asia, irrumpe en Europa, y alcanza África con una fuerza tan devastadora como la de cualquier imperio que se precie? Por eso, porque seguimos el patrón marcado por los actuales dueños del mundo, cada vez menos influyentes, cada vez más acorralados por el empuje del nuevo huracán asiático, y porque aunque son unos hijos de puta, como todo imperio que en el mundo fue, son nuestros hijos de puta. Los entendemos. A estas alturas los entendemos, y hay quien se ha tragado de verdad que ser feliz es repantigarse en el sofá ante la tele rodeado de un bosque de latas de cerveza y unas cuantas cajas de pizza mientras se ve el partido de tu equipo favorito.

Tendría que haberlo dicho antes. No me gustan los chinos. ¿Cómo puedo decir que no me gusta algo que no conozco? Pongo un ejemplo. El Gobierno de su gracioso líder, el máximo bribón del PCC, Xi Jinping, ha puesto en marcha otra putada, la de convertir a los pensionistas que quieran ganarse una calderilla extra, medio euro al cambio, en delatores callejeros. Es fácil. Sólo tienen que echarse a la calle, en las grandes ciudades, y mirar. Es decir, vigilar al resto. Y denunciar lo que les parezca raro. Eh, que nadie empiece a cortarse las venas tan pronto. Eso ocurría en la España de la posguerra en pueblos y ciudades y el régimen del canalla gallego no daba ni un chusco de pan blanco. Me paro un poco, leo lo que llevo escrito y lo tengo claro. No tengo ni idea de China. Hablo de oídas, de la imagen que dan los medios, de las leyendas que circulan, de lugares comunes. Pero es que nos lo ponen muy fácil. ¿O es que alguien ha visto a un chino en un cine, tomando una cerveza en el bar de abajo, pidiendo por la calle, o en un lugar que no sea el chino de la esquina donde te venden a ti si te descuidas? Que no, que Usun Yun no es china, coño, que es de Utrera, Corea del Sur. Y que sí, que por mucho que chinito no quelel, los chinos la tienen pequeña.

En Villanueva Mesía, Granada, horas antes de la Proclamación. Y sin saber qué ropa llevar.

 

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