Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 7, Opinión
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Lo que sé de China

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

La idea que tengo de China la adquirí en mi niñez con la lectura de ‘Viento del este, viento del oeste’, la historia de una joven, Kwei-Lan, y de su distinguida familia. Fue un descubrimiento y una delicia leer esa primera novela de Pearl S. Buck, escritora estadounidense que obtuvo el premio Nobel de Literatura y también el Pulitzer. Narrada en primera persona, con un lenguaje sencillo y cercano, S. Buck me transportó a los primeros años del siglo XX, a un país exótico y desconocido, para contarme la vida de la joven protagonista a la que un matrimonio concertado, como manda la tradición, precisamente le cambia la vida y el destino. Esas lecturas marcan e informan porque me ilustraron sobre un ignoto país en el cual se les venda los pies a las niñas para que no midan más que la hoja de un cerezo; sobre la meticulosa ceremonia del té; sobre concubinas que cuando son repudiadas se quieren suicidar engullendo unos carísimos pendientes de jade… Costumbres y ritos todos ellos desconocidos para mí hasta entonces. Pero lo mejor de todo era que todas esas vicisitudes les pasaban a otras mujeres, mujeres de otros sitios, de otras culturas, muy, muy, lejanas.

Otra percepción que tengo de China y de sus habitantes me llegó por vía materna. Gracias a mi progenitora, intuyo que son aventureros y que por eso se enrolan en los barcos, generalmente, como cocineros. Allá por el año 1960, el portaaviones ‘Saratoga’ atracó en Mallorca, en cuyo paseo marítimo había un kiosco donde trabajaba una guapa jovencita, que era mi madre. Ella siempre nos contó que de ese portaaviones bajaron dos chinos que le pidieron matrimonio y que, incluso uno de ellos, obtuvo los papeles para desposarla y todo. A sus hijas nos da mucha risa esa historia. Sobre todo porque mi padre le corrige una y otra vez: “que no eran chinos, que eran filipinos”. A ella le da igual. Eran cocineros chinos y bebían mucho. Y no hay quien la apee de esa idea. Pues buenas son las madres, firmes como un portaaviones.

Una tercera imagen me la proporcionaron unos amigos holandeses que pasaban el verano en la playa de mi pueblo. La pareja tenía por costumbre cenar en un restaurante chino de Castellón el primer día de vacaciones. No sé cómo unos vecinos de la muy cosmopolita Amsterdam venían buscando sol y playa y precisamente esos rollitos de primavera de la calle la Vieta y no otros. Jamás tuvieron el mal gusto de comentar nada sobre las ausencias de gatos y ancianos chinos en la zona. Además, pagaban ellos. En eso se notaba que eran extranjeros… y cosmopolitas.

Después de los restaurantes, llegaron los bazares y con ellos la cuarta noción. Hasta que llegó la crisis (año 2007 ADLC), ir al chino a comprar fiambreras era una costumbre un poco esnob: “quedamos, tomamos un café y nos damos una vuelta por el chino, a ver si han repuesto unas lamparitas muy graciosas que vi el otro día”. Era un género tan barato y abigarrado que incluso daba un poco de repelús adquirirlo. Por eso al pagar, con calderilla, hacíamos el gesto de levantar el meñique. Ahora (año 2014 DDLC) mis hijos irían descalzos y sin calzoncillos si no fuera por los chinos. Benditos sean.

La quinta y última intuición que tengo sobre China me la regaló un ilustre empresario valenciano, Juan Roig, cuando dijo aquello de que los chinos practican la cultura del esfuerzo y que había que aprender de ellos para ser competitivos. Eso sí, la petición la hizo el mismo día en que anunció que su empresa había aumentado los beneficios (un 19%) por cuarto año consecutivo. Y en plena crisis. Es evidente que en la firma de Roig ya trabajan como chinos.

Poco más puedo decir de esa cultura milenaria que nos invade como los jacintos de agua o el mejillón tigre. Sólo que cuando me ducho escudriño compulsivamente la planta de mi pie para ver si en algún lugar tengo un código de barras que empiece por 690, 691 o 692. No se rían. ¿Cuánto hace que no se miran la planta del pie?

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