Humor Gráfico, LaRataGris, Número 7, Opinión, Rosa Palo
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La china

Por Rosa Palo / Ilustración: LaRataGris

Sólo conozco a dos chinas: a la de mi barrio y a la de Puerta de Hierro. La de mi barrio vende chicles, pilas, dálmatas gigantes de cerámica y copias malas de cuadros de Botero; la otra, azulejos. Carísimos, pero azulejos. A Preysler le pusimos La China cuando llegó a España, que aquí somos muy dados a la metonimia: si todos los yogures son Danone, todos los asiáticos son chinos, que lo mismo tiene un vietnamita que un coreano que un filipino que un japonés. Y además, a ver quién era la guapa que podía llamarla por su apellido: mi abuela se refería a ella como la Prisli. En realidad, lo mismo le decía la Prisli que la putángana esa, hasta que llegaba mi madre y comentaba que más putángana era la Bordiú, que la Prisli por los menos se había quedado a sus hijos, pero que la otra se había ido a zorrear por ahí con el Rossi abandonando a los críos. Claramente, las conversaciones en casa estaban a la altura de las del Círculo de Viena. Si somos producto de nuestra educación, yo soy el resultado del empirismo consecuente.

Para que la pobre Isabel no tuviera problemas de identidad, Julio Iglesias le soltaba todas las mañanas “No eres china, eres filipina. Y LO SABES”. Pero Preysler, en el fondo de su alma de rosa de pitiminí, sabía que era una falsificación. Tan falsa como en las fotos de ¡HOLA!: photosopheada, clavicular, pomulosa, tersa, desgrasada en carnes y descumplida en años. Tan falsa que ya no distinguimos el original de la copia: cuando aparece junto a una de sus retoñas ¿quién es la madre y quién es la hija? Tan falsa que nos engañó durante años: en las revistas se nos mostraba misteriosa, insondable, lejana, enigmática. Pero llegó la televisión, abrió la boca y comprobamos que todo su pensamiento místico-oriental ser reducía a FENOMENAL. ¿Qué tal, Isabel? FENOMENAL ¿Y sus hijos? FENOMENAL ¿Cuál es su opinión sobre el tsunami que ha arrasado el sudeste asiático? FENOMENAL. Y se rompió el misterio.

Lo único auténtico que tiene Preysler es lo que el resto de las mortales tenemos falso, que nusotras ustedes nos apañamos con una camiseta de Carlin Klevin, un bolso de Bugo Hoss o una colonia de Jean Gaul Paultier. Y cuando notamos que miran el logo del bolso con ojos golosones, soltamos un “¡Pero si es de los chinos!”. Y si nos preguntan cómo estamos, jamás decimos FENOMENAL, sino TIRANDO. Porque, en el inframundo, todas somos muy genuinas.

Pero lo increíble de Preysler es que, a fuerza de ser falsa, se convirtió en auténtica. Si, como decía Agrado en Todo sobre mi madre, “una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”, Preysler soñó con ser un jarrón chino. Y lo ha conseguido, como Felipe González. Yo, en cambio, he soñado con ser una mujer de Modigliani –estilizada, ingrávida, de largo cuello– pero no hay manera. Más bien llevo camino de convertirme en una mala copia de un cuadro de Botero. Sí, esa copia, la que venden en los chinos.

 

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