Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 5, Opinión
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Juego de tronos

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

Érase una vez un reino lejano, muy lejano, situado en los confines del Gran Mar y al filo de las Tierras Negras. El dominio era regentado por un apacible y campechano monarca perteneciente a una antigua dinastía de cazadores de elefantes. El rey había sido entronizado con el voto de su pueblo soberano para poner fin a las Guerras Fratricidas, que provocaron, durante años, odios irreconciliables. El acuerdo fue sancionado con la promulgación de la Carta Mágica, redactada por un grupo de sabios y nigromantes reunidos para tal fin en la villa y corte. La Carta atribuía al monarca el Dominio directo al reconocerle el derecho a una parte de los frutos o a un canon.

El pueblo, por su parte, retenía el Dominio útil, que comprendía todas las facultades sobre algo, salvo las reservadas al Dominio directo. Acordados así ambos dominios, los apasionados, gentilicio que recibían los habitantes del Reino de La Furia, vivían todo lo felices que consentían sus humildes trabajos y sus diversas convicciones: una choza en la ciudad, otra cerca del Gran Mar y un carro tirado por uno o dos caballos, según de ancho fuera el bolsillo de su amo. Durante años, y de forma incesante, la prosperidad que disfrutaban los apasionados de La Furia se vio amenazada por la fuerza de las armas de los ikurriños, pobladores de Acantilado del Norte, que aspiraban a constituirse en un régimen inspirado en la Unión de Repúblicas del Voz-Ka o en la República Popular del Todo a Cien. Tierras bravas que ejercían un gran poderío en los Siete Reinos. Pero los apasionados ejercitaron la paradoja y resistieron, con serenidad y templanza, los ponzoñosos y desestabilizadores envites de Acantilado del Norte durante largos años, hasta que los ikurriños, cansados ya, replegaron sus ejércitos ante la imposibilidad de una victoria. “Todo menos volver a las Guerras Fratricidas”, decían los apasionados. En paralelo al conflicto de Acantilado, se sucedían asonadas, algaradas y pronunciamientos en los propios cuarteles de La Furia invocando una intervención militar en Acantilado. La protesta militar desembocó en un intento de golpe de Estado, con carros de combate, catapultas y generales en las calles, que fue desbaratado a golpe de teléfono por el propio rey vestido de uniforme. “Todo menos volver a las Guerras Fratricidas”, decían los apasionados.

El rey, los sabios y nigromantes y el pueblo soberano empezaron a lucir las primeras canas y terminaron de criar en paz las primeras generaciones de apasionados demócratas. La prosperidad económica afloró en el reino de La Furia. La nueva era necesitaba de resultados económicos, y los apasionados, expertos en picaresca, del boom hicieron burbujas. Los maravedíes empezaron a correr por las calles a la par que se acometían las grandes obras públicas hasta que se agotaron las calzadas por asfaltar y los hospitales por estrenar. Los sabios y nigromantes fueron relajando las costumbres y el pueblo aguzando el ingenio mientras el virus de la Peste Corrupta anidaba en el corazón de los envidiosos. Esto fue conocido como la I Década Infecta. Diez años de desempleo después, una nueva burbuja de ladrillo y cemento, inflada por los especuladores y los prestamistas, asoló de nuevo al reino. La II Década Infecta evidenció algunas deficiencias en la Carta Mágica y muchas en la vigilancia, aplicación y desarrollo de las leyes por parte de la vieja estirpe de legisladores. La corrupción alcanzó proporciones de pandemia, salpicó a todas las familias políticas y a la familia del monarca, y el desempleo azotó un sinnúmero de hogares soberanos. Los apasionados perdieron chozas y carros, derechos y libertades, y el reino se sumió en grandes tinieblas. Mientras tanto, en la Tierra del Cava, los Señores Culés acariciaban un viejo sueño de independencia y convocaban un plebiscito aprovechando la inercia de los enfaldados de la Gran Whiskania. La monarquía, avejentada, se debilitaba acosada por la crisis, la corrupción y las luchas internas. Los cirujanos trataron de resucitarla a base de bisturí, pero el descalabro del bipartidismo connivente agravó la enfermedad. El rey, con la salud deteriorada y mermado su afecto, abdicó en el príncipe con la intención de renovar las instituciones y el usufructo. En las calles y plazas del reino, los republicanos se apresuraron a ofrecer sus servicios… Y hasta aquí puedo contarles. Este cuento, hijo mío, tal y como lo viví te lo cuento. Yo… ya formo parte del pasado. ¡Viva la Reypública!, gritaban los apasionados, siempre tan precavidos y contradictorios.

 

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