Carmen Fernández, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 8, Opinión
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Infiltrados

Por Carmen Fernández / Ilustración: LaRataGris

Nos camuflamos entre la masa, a veces mimetizándonos con los colores del gentío. Gritamos con ellos, lloramos con ellos, nos abrazamos con ellos. Pero somos infiltrados. Somos camaleones sociales. En ocasiones nos reconocemos entre nosotros: una explosión de alegría a destiempo, una mirada perdida más allá del verde, una impasible indolencia ante la injusta y arbitraria decisión en el juego… Somos infiltrados. No nos gusta el fútbol. Hay fumadores sociales, bebedores sociales y también nosotros, lo futboleros sociales. Y no se crean que esta inexplicable apatía deriva del desconocimiento de las reglas de Cambridge, todo lo contrario, poseemos una cultura teórica balompédica que muchos ultras quisieran. Eso sí, sabiduría a la fuerza. ¿Han intentado alguna vez sintonizar en la radio nocturna una emisora que no hable de fútbol? Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que encontrarla. Así que algunos futbolescépticos nos dejamos acunar por el suave balanceo de las ondas y nos dormimos con discusiones bizantinas sobre si la Roja debe jugar o no con falso nueve, si éste es el último mundial de Xavi o la magia cabalística de si a España le va mejor con un 4-3-3, un 4-4-2 ó un 4-1-3-2. Pero somos infiltrados, no nos gusta el fútbol. Queremos, pero no podemos. Queremos, pero no entendemos. Muchos de nosotros carecemos de un pasado infantil de partidillos en la calle, la portería son dos latas, somos cuarenta pues jugamos veinte contra veinte, lágrimas porque la madre de Miguelín no le deja jugar pues tiene asma, malditos mayores, todo por el equipo, cinco raspones en la rodilla y una brecha en la ceja… Queremos, pero no tenemos. Y si en algún sitio se vio fútbol era allí en el duro asfalto, en esa pelota ajada, en riadas de niños corriendo. Si alguna vez hubo fútbol fue en los pies de esos gamberretes sucios y chillones. Si dicen que existió fútbol fue en ese pasado que amarillea con olor a naftalina.

Hoy, el llamado deporte rey no existe, se ha convertido en business, se ha institucionalizado y profesionalizado hasta el punto que no se ven niños jugar en los parques sino a padres vociferando a su futurible campeón, te lo he dicho mil veces que tienes que pegarle con la parte externa regulando la potencia y levantar el pie al impactar el balón y meter la cadera para generar el efecto. Solo los infiltrados percibimos esa mirada infantil agobiada, frustrada y cansada. Y eso nunca debiera verse en el rostro de un niño. No queremos, pero vemos. Somos futbolescépticos porque no podemos adorar a una tropa de inmaduros tatuados corriendo tras una pelota por mucho arte y genio que tengan esos recortes y pases. No podemos. No entendemos que se hayan gastado miles del millones de dólares en organizar el Mundial de Brasil (el más caro de la historia) en un país de favelas y miseria. No entendemos.

Para nosotros, los infiltrados, (y parafraseando a Del Toro) un partido de fútbol es un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de gol quizás, algo muerto que parece por momentos vivo aún, un sentimiento suspendido en el tiempo, como un insecto atrapado en ámbar.

Caminamos junto a vosotros, vestimos vuestros colores, nos camuflamos entre la masa porque queremos al menos ser, esa mano agarrada, ese salto eufórico, esa mejilla besada, absorber y contagiarnos de esa infantil alegría ante la explosión de un GOOOLLLL. Pero no podemos.

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