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El horizonte incierto de la izquierda

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♦ Desde el momento mismo en que Iglesias ganó 5 escaños en las elecciones europeas se convirtió en el enemigo a batir

♦ La nueva izquierda ya no se basa solo en aquellos principios, casi bíblicos, del marxismo

Por Redacción de Gurb / Fotografías: Efe. Viernes, 13 de junio de 2014

La izquierda española se encuentra inmersa en un profundo proceso de atomización y fragmentación que no se conocía desde los años 30 del pasado siglo. Todos los expertos coinciden en que los grandes partidos como el PSOE caminan sin remedio hacia la reformulación de sus principios, cuando no directamente hacia la refundación, y que el propio militante, el simpatizante, se pregunta qué es ser de izquierdas hoy en día. La irrupción de formaciones de base ciudadana como Podemos, o el modelo de los círculos participativos, asamblearios, locales, ha supuesto un antes y un después en nuestro país. De momento, la desunión y el desconcierto parecen dos buenas palabras para definir en qué momento se encuentra la izquierda española.

Los movimientos de base radicales, sobre todo los más jóvenes, exigen descentralización en la toma de decisiones, listas abiertas, total capacidad de participación, y sobre todo más representación de los ciudadanos en la toma de decisiones. Exigen política con mayúsculas.

El panorama para los próximos años, en este momento, es muy difícil de pronosticar. El escenario, teóricamente al menos, ha cambiado de forma esencial, y se abre una época convulsa y de cambios profundos para los partidos tradicionales de la izquierda. Nuevos proyectos, nuevos principios acordes con los problemas del siglo XXI. Capacidad de ilusionar. Por otro lado, los nuevos partidos propugnan una democracia directa autogestionada por los círculos y todo lo que no sea eso, los valores de lo que ellos consideran “la casta”, el antiguo régimen, en palabras de Pablo Iglesias (el líder emergente de Podemos), ya ha quedado obsoleto, huele a viejo.

La desunión y la fragmentación en múltiples partidos de corte socialista recuerda a épocas pasadas. De nuevo la izquierda está incapacitada para ponerse de acuerdo y la gran pregunta es: ¿Hacia dónde va esta izquierda? Todavía es pronto para saberlo. Pero lo que es seguro es que en un futuro no muy lejano probablemente será otra cosa, algo muy distinto a lo que estamos acostumbrados a ver.

Una encuesta da a Podemos 58 escaños en el Congreso para las próximas elecciones, lo que le situaría por encima de IU y como tercera fuerza en el poder. El PP ganaría los comicios, si bien perdería 60 escaños. El PSOE se desplomaría confirmando que aún no ha tocado fondo.

El líder del  PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba. Foto:  Efe

El líder del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba. Foto: Efe

La crisis económica, los planes de ajuste, la deuda, la hegemonía neoconservadora en Europa y la ausencia de alternativa socialdemócrata han traído una crisis política sin precedentes. La quiebra de legitimidad del modelo político nacido en la Transición de 1978 y la consecuente crisis de los partidos que lo idearon y que lo han dirigido han abierto una importante brecha en el corazón del sistema. Al mismo tiempo, instituciones que hasta ahora parecían intocables como la monarquía caen en picado en las encuestas de opinión pública. Buena parte del electorado de izquierdas ha perdido la fe en el sistema (el PSOE, principal referente, tampoco le ha ayudado a salir de la pésima situación económica) y los sondeos auguran que el 50% de la población se abstendría en las próximas elecciones generales. El bipartidismo ha saltado por los aires y Podemos (sin olvidar a IU) empieza a seducir al votante de izquierdas. La renuncia del PSOE a plantear una alternativa contundente a la austeridad de la Troika y a la repolitización de la sociedad generada por la irrupción del movimiento 15M han abierto una ventana de oportunidades que puede ser aprovechada por muy diferentes alternativas políticas.

El problema que se plantea, tal y como formula Jaime Pastor, profesor de Ciencias Políticas en la UNED especializado en nuevos movimientos sociales, es “cómo llenar este espacio vacío”. “Está claro que ninguna de las organizaciones políticas actuales es capaz de cubrirlo. Es verdad que IU puede absorber una parte minoritaria de este hueco, pero es evidente que la formación que lidera Cayo Lara todavía refleja parte de la vieja forma de hacer política mientras hace unas alianzas muy contradictorias”, señala Pastor.

Mientras que la izquierda parlamentaria trata de reaccionar poniéndose el vestido de partido abierto a la ciudadanía, en la calle los movimientos sociales han ido tejiendo una red de asambleas, complicidades y convergencias respecto a los puntos mínimos de cualquier programa que quiera llamarse regenerador. Pablo Iglesias, politólogo, presentador y miembro de la Fundación CEPS, ha irrumpido como un líder carismático entre tanta crisis moral y económica, tanta falta de referentes y tanta desidia por parte de los diferentes gobiernos que han pasado por Moncloa. Iglesias Turrión es licenciado en Derecho (promoción de 2001) y en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Militó en la Unión de Juventudes Comunistas de España (UJCE) desde los catorce hasta los veintiún años y es vocal del Consejo Ejecutivo de la Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (Fundación CEPS), la cual, según sus estatutos, se dedica «a la producción de pensamiento crítico y al trabajo cultural e intelectual para fomentar consensos de izquierdas». En 2001 participó en el movimiento antiglobalización, donde defendió la desobediencia civil como forma de lucha, y su tesis doctoral versó sobre este tema. En enero de 2014 presentó, junto con otras personas y colectivos, el movimiento ciudadano Podemos, con vistas a concurrir en las elecciones europeas y en cuyas primarias abiertas ciudadanas fue elegido cabeza de lista de la candidatura. El pasado 25 de mayo Iglesias cosechó un resultado electoral espectacular y fue elegido eurodiputado por dicha candidatura, que logró 5 escaños en el Parlamento Europeo. Desde ese mismo momento está considerado por los partidos tradicionales como el enemigo a batir, el hombre que puede “comerles la tostada” por su carisma, su facilidad para conectar con la ciudadanía y su oratoria fluida y contundente.

Un joven destroza un cajero automático durante una manifestación antisistema. Foto: Efe

Un joven destroza un cajero automático durante una manifestación antisistema. Foto: Efe

Iglesias es el clásico ejemplo de político con tintes mesiánicos que nunca ha faltado en la izquierda española. Antes que él estuvieron Felipe González, Julio Anguita y otros muchos. No deja indiferente a nadie con su discurso incendiario, revolucionario, que en muchas ocasiones se ha tildado de “populista”. Mientras en Diario Siglo XXI alaban su currículum y su estilo «respetuoso con sus contertulios», en Periodista Digital le califican de «fabricante de miseria» y ponen en cuestión su actividad académica. Han sido míticos sus choques verbales con periodistas de la derecha clásica como Paco Marhuenda o Alfonso Rojo, quien en un programa de La Sexta, en un desvarío delirante, le llegó a acusar de amigo de los etarras y de haber cobrado 300.000 euros de regímenes autoritarios como el de Hugo Chávez. Desde el momento mismo en que Iglesias ganó 5 escaños en las elecciones europeas se convirtió en el enemigo a batir, en uno de los nuevos y prometedores valores de la izquierda, y ha tenido que soportar insultos, el más usado de los cuales ha sido “El Coletas”, como se le conoce despectivamente entre sus adversarios más o menos feroces.

“La izquierda debe hacerse pueblo y olvidarse de disputar el verdadero significado de la palabra izquierda al PSOE para poder convertirse en un bloque de oposición a las fuerzas políticas del régimen, a la casta política”, asegura Iglesias. El término casta, que no es invención del joven catedrático de la Complutense, sino que es tan viejo como la Antigua Roma, ya se utilizaba en este imperio para referirse a senadores o militares corruptos que tenían una especie de séquito que les prestaba apoyo electoral o protección, a cambio de dinero o especies. Como quiera que sea, Podemos puede convertirse en esa fuerza aglutinadora de todo el descontento social, y hasta hoy es indudable que la apuesta de esta formación se está desarrollando en ese sentido. Su discurso, plagado de terminología seudomarxista en clave revolucionaria ha conseguido movilizar a las masas (más de 1,2 millones de personas han dado su apoyo a Podemos tras solo cuatro meses de existencia) con la promesa de una vida mejor y un cambio profundo en las instituciones. Su apuesta decidida por la República y por el referéndum de autodeterminación en Cataluña ha cuajado entre los simpatizantes de Podemos, adelantando por la izquierda al PSOE, que hoy en día ha entrado en un colapso del que probablemente le costará años salir. La ruptura con la actual Constitución de 1978 se está viendo ya como una herejía entre los barones del PP, que se rasgan las vestiduras y han abierto una operación de acoso y derribo contra el recién llegado. No es casualidad que la nueva izquierda se apoye en movimientos antisistema. Si en la década de los 60 la izquierda se apoyó, sobre todo en América Latina, en la Teología de la Liberación y otras corrientes, en los últimos 10 ó 12 años ha ido aglutinando a movimientos como el ecologismo, el feminismo, el Antiglobalización o el pacifismo.

La nueva izquierda ya no se basa solo en aquellos principios casi bíblicos del marxismo. La socialización de los medios de producción y la dictadura del proletariado quedaron atrás como reminiscencias del pasado y ahora toca abordar otros problemas, los problemas del siglo XXI como el poder económico de las multinacionales y la banca que fagocita a la democracia, la falta de participación ciudadana en la realidad política de un país, o la destrucción del planeta por la mano del hombre y el calentamiento global. El empresario de antes, el patrón  con puro y monóculo ya no es única y exclusivamente el gran enemigo de la izquierda, sino esa temida palabra, “globalización”, que esquilma a los pueblos, a las personas y al planeta entero.

¿Pero puede ser esta izquierda utópica, joven, experta en el manejo de las redes sociales, una auténtica alternativa de gobierno al capitalismo salvaje? Ésa es la gran pregunta que se cierne sobre el futuro de la izquierda.

No es una coincidencia que en Europa la única izquierda que ha logrado gobernar sea la socialdemocracia o los partidos comunistas en coalición con ésta, una izquierda totalmente “centrada” y con un esquema económico ampliamente conservador, basado al cien por cien en el capitalismo, el libre mercado y la economía neoliberal, enemigos declarados de la izquierda más ortodoxa.

Desde posiciones conservadoras se critica que la izquierda es consciente de que el modelo económico que Marx propuso y predicó es inviable, y por ello “toma prestado” el modelo económico de otros, en concreto de la derecha, mientras ataca los defectos de ésta, que los tiene, pero pecando así de una grave incoherencia. Ese modelo económico, según la derecha, es el que ha dado prosperidad a más de 300 millones de europeos, los que lo han practicado, mientras se le ha negado a otros 300 millones (si incluímos a la Rusia europea), los que no tuvieron más remedio que confiar en el modelo económico marxista. En cuanto a la economía, la izquierda cree en un comercio más justo, un mundo económicamente más justo, pero no es capaz de dar las recetas exactas para lograr ese propósito sin renunciar a la prosperidad que todos deseamos.

Otra de las grandes contradicciones de la izquierda de nuevo cuño es su posición política, por momentos ambigua por momentos de apoyo rotundo, ante regímenes dictatoriales como el cubano o el venezolano mientras atacan sistemáticamente la política de la UE o a los Estados Unidos de América.

Estos postulados que no casan con una izquierda moderna y avanzada tienen especial acogida en los movimientos de extrema izquierda. En España existen, a día de hoy, un total de 116 grupos de este signo político. Todos ellos se aglutinan en torno a cuatro grandes movimientos: el antifascita; el antimilitarista, los antiglobalización y los ‘okupa’.

Juan Moscoso del Prado (Pamplona, 1966), doctor en Ciencias Económicas y Empresariales, diputado del PSOE desde hace diez años y miembro de la ejecutiva federal del partido, asegura que “para transformar la sociedad hay que gobernar, para gobernar hay que ganar elecciones y para ganar elecciones hay que contar con la izquierda y con los moderados, que inclinan la balanza. Yo formo parte de la izquierda que quiere gobernar”, afirma. El electorado cree hoy día no en grandes mayorías políticas sino en un concepto nuevo: “diversidad”. Moscoso aboga por reducir el peso de la “conciencia de clase” en el discurso socialdemócrata y potenciar el de la “ideología”. Y, a partir de ahí, buscar “grandes alianzas” con otros sectores. “Hay que asumir el hecho de que la época de dominio socialdemócrata ha terminado. Los progresistas en los países desarrollados se enfrentan a un reto de coalición”.

“Las clases, tal y como un día las entendimos, desaparecieron”, prosigue el diputado del PSOE, portavoz en la comisión parlamentaria para la UE. “Los ciudadanos ya no se definen por su situación en el mundo del trabajo. Se definen por muchos otros factores, distintos, y sobre todo por su capacidad de consumo, que se ha convertido en elemento identificador e igualador. Se han creado categorías de consumo, no de clase”. La socialdemocracia, sin embargo, se ha centrado en construir un discurso sobre el modelo productivo y de distribución de la riqueza y ha dejado en muy segundo plano la crítica al modelo de consumo. Una asignatura pendiente, admite el diputado, para el futuro.

“Hoy hay menos conciencia de clase, de grupo. Los partidos de izquierda tienen que olvidar el discurso de clases y captar apoyos en función de intereses y particularidades ideológicas. Hay que hacer más micropolítica. Dar respuesta a indignaciones concretas: la medioambiental, la social, la de las opciones sexuales…” El espejo en el que mirarse, el ejemplo de esa “modernización”, según el socialista, es el presidente de USA, Barack Obama.

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