Alaminos, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 8, Opinión
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Goles son amores

Por Juanma Velasco / Ilustración: Jorge Alaminos

Casi siempre suelo dudar de mi propia opinión. Escéptico como me he o me han vuelto, en ocasiones juzgo adecuada una actitud, una decisión y al poco resuelvo acertada la contraria. Acostumbra a mediar entre lo contrapuesto la aparición de nuevos argumentos que me desmoronan, sin sentimiento de culpa, la presunción primera. Para cambiar de principios, procuro no regirme por las hormonas del capricho sino por la plasticidad del conocimiento, o de la ignorancia, que de ambas variedades cosechamos.

El Mundial de Brasil me despierta esa dualidad dubitativa que ayer me posicionaba del lado del acierto de su celebración y mañana en el de su derroche organizativo. Convengo conmigo mismo, sin disyuntiva alguna en este caso, que el objetivo primordial de cualquier gobierno debiera ser la erradicación de la pobreza. Sin subterfugio alguno, sin engaños, sin manipulación en las cifras, dando el trigo necesario para que la prédica no quede sólo en intención. Dar de comer al hambriento no debiera remitirnos al Evangelio. La frase debería figurar como punto número uno de cualquier programa político. De cualquier país. Incluidos los supuestamente desarrollados, España entre ellos. No concibo otra prioridad aunque soy consciente de que el concepto mismo de prioridad es quebradizo según quien lo perpetra.

Lula apostó rabiosamente por abolir la penuria y aunque no pudo llegar a descatalogar de la condición de pobres a todos y cada uno de sus compatriotas, si consiguió que algunos millones de desfavorecidos de cuna tuvieran acceso a lo básico y aun más allá. Sin embargo, su tesón no fue suficiente para erradicar las bolsas de pobreza que todavía resisten en las trincheras de la evolución de aquel país que en términos macroeconómicos ya se ha convertido en la sexta potencia económica terráquea si atendemos al PIB.

Pero cuando el dinero se multiplica, la desigualdad también. La Historia de la humanidad está repleta de ejemplos de imperios cuyo principal activo para su hegemonía residió, y reside en los actuales, en la consolidación de una aristocracia económica tan sólida como minoritaria y en la existencia de una amplia clase desfavorecida con escasos mecanismos para dejar de serlo y servir de mercancía a aquélla. La teoría del ochenta-veinte, del noventa-diez. Según potencias. Me consta que un número respetable de brasileños se ha incorporado a la clase media durante la última década, una clase media-baja; pero quienes no lo han conseguido reivindican esa equiparación y lo han manifestado a través de lo que no deja de ser una variedad de la demagogia: el rechazo de plano, violento en demasiadas ocasiones, a la organización del Mundial, un evento de carácter planetario que desde la superficialidad de lo estético y lo fastuoso le ha reportado a Brasil grandeza y presencia ante el mundo pero que a los descamisados (no todos viven en favelas) les ha soliviantado el ánimo al grito de primero lo primario y después el fútbol.

Construir estadios futuristas, infraestructuras para su acceso, entibar la red turística parecen acciones destinadas a generar prosperidad más allá del presente futbolístico. Pero una parte notable de la sociedad brasilera no lo ha percibido de igual modo hasta el punto de que no sólo los desarrapados se echaron a las calles para evidenciar su miseria sino que un amplio movimiento solidario se puso de su parte tanto en la protesta verbal como incluso en las algaradas callejeras. Sigue siendo demagógico el argumentar que los cinco mil millones de dólares que se maneja como cifra oficial del coste de la remodelación y construcción de los doce estadios sede hubieran podido paliar las necesidades básicas de una buena parte de los brasileños necesitados, pero también se antoja sonrojante la inversión cuando los presupuestos no llegan para paliar las carencias esenciales de un segmento significativo de la sociedad. Dudando voy, dudando vengo… Entiendo que cuando los gobernantes de Brasil asumieron el compromiso de organizar Mundial y Juegos Olímpicos, estaba también en su ideario que estos faraonismos deportivos servirían como plataforma en la que sustentar un futuro colectivo más próspero. Sin embargo, esta visión no era compartida por los grupos de oposición activa que tomaron las calles durante los meses previos al Mundial porque estimaban que los favorecidos estaban siendo los de siempre, los grandes empresarios y promotores que continuaban pagando salarios ridículos en comparación con sus beneficios. Pero cualquier gobernante sabe que si protestar cansa, hacerlo sostenidamente extenúa. Como suele ser habitual, a Dilma Rousseff le ha bastado con hacer alguna concesión menor para disolver las manifestaciones. Y es que rara vez los intentos de revolución consiguen ya no derrocar sino siquiera minar el sistema establecido donde el capital es el único emperador. Pero lo que más ha contribuido a sofocar las revueltas ha sido la intervención del más reputado antidisturbios, ese balón rodante que tiene por objeto alojarse en la portería del rival. Y ese balón está, por el momento, siendo cómplice de la selección brasileña. Por ese motivo, por lo frágil y lo contentadizo de la naturaleza humana, las protestas si no han desaparecido íntegramente ya no forman parte de los noticiarios del mundo.

Cuentan sus próximos que Dilma besa cada noche, con fruición, la foto de Neymar que preside su mesita de noche.

 

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