Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 7, Opinión
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Fu Manchú, mi suegra y el Club Bilderberg

Por Francisco Cisterna / Viñeta: Gatoto

Primero fueron los restaurantes silenciosos que proliferaron por los rincones; después, los coloristas bazares del todo a cien en cada esquina, y, ahora, la deuda española que atesoran en sus manos es tan oronda que se consienten sibilinas llamadas capaces de reformar jurisdicciones universales. Los chinos telefonearon a García-Margallo con un móvil Made in China, más veloz y más barato que los fabricados en occidente, y consiguieron que los jueces españoles se olvidaran del Tíbet por decreto. “No Tíbet. No deuda. No comelcio, Malgallo” y colgaron con la seguridad de que tres noes chinos son un sí español. Cosas del idioma. “Malgallo”, claro, se asustó al pensar en los 1.350 millones de chinos que estaban escuchando al otro lado del auricular. Se asustó como tantos niños nos asustábamos al ver en el cine a Fu Manchú con su gorro de mandarín, sus finos bigotes y sus hipnóticas uñas de guitarrista hindú, conspirando contra la civilización occidental y la raza blanca. También se asustó porque sabe que los chinos hoy-son-ya, son-ya-hoy (no sé, pero me suena a mandarín), ya-son-hoy… vamos que son la primera potencia económica mundial.

Confucio decía: pon el esfuerzo siempre por encima de la recompensa, y la Asamblea Popular socialista con economía de mercado ha puesto a una pila de chinos a producir a destajo por un par de cuencos de arroz sin leche. Con esa filosofía y esos salarios no hay competencia posible ni sindicalista que sobreviva. Ni, mucho menos, cristiano en sus cabales que lo soporte. ¿Qué pasará dentro de 10 años cuando salgamos de la crisis que nos azota el trasero con disciplina de institutriz alemana? Yo se lo diré: que nos daremos de bruces con los flagelos de la gripe amarilla de la productividad, que amenaza con aviarnos en progresión geométrica. Sí me lo permiten, tengo una teoría al respecto, llámenme conspiranóico, pero es mi teoría. Todo esto de la crisis, efectos aparte, esconde en su trasfondo un intento por inocularnos el virus de la competitividad. El Club Bilderberg se ha echado a temblar como un flan chino al saber que los nietos de Mao pulverizan las previsiones sobre el PIB con dos años de antelación. Les crecen los yuanes más que a España los parados. Y están dispuestos a comerse la cosecha mundial de arroz de un bocado, a beberse las reservas de petróleo de un trago –los estómagos chinos no son los nuestros–, a liquidar las minas de hierro de una tacada y a terminar con todo lo que vuele, corra, ande, salte, pese, mida, vivo o muerto, blando o duro, vegetal o mineral. Poseen la mayor parte de la deuda estadounidense. África es casi suya, y América del Sur está en camino. ¿Cómo metemos en vereda a los mimados trabajadores occidentales ante la hemorragia de competitividad que se avecina? ¿Cómo explicarles la gran “desmentira”? ¿Cómo les decimos que el Estado del bienestar era un cuento chino ligado a las bonanzas económicas? Todas las respuestas a estas preguntas las recoge el Club Bilderberg en un documento secreto intitulado “La amenaza China: cómo convertir a la población en esclavos arroceros. Una solución meditada”. Su letra la están escribiendo en nuestras carnes: renuncia escalonada al Estado del bienestar, mitigación o desaparición de derechos laborales, acceso selectivo a la educación en función de la materia gris o de los billetes azules, sanidad gratuita para plusmarquistas olímpicos, pensiones para matusalenes, trabajos chatarra para robots con derecho a engrase de mecanismo y lavado exterior una vez al mes, y muchas más que ustedes ya padecen. Y pensar que hace dos días nos reíamos con los chistes amarillos… se nos van a quitar las ganas. Pero todo esto, créanselo, viene a cuento del disgusto que tiene mi señora. El sábado me pidió que fuera a casa de su madre en plan bricómano, y me dijo, además, que estrenara el martillo de los chinos, regalo de su progenitora por navidades. Llegué a casa de mi suegra con la ilusión del lampista aficionado y me lance sin miramientos, martillo en mano, a recomponer dos sillas del comedor desencoladas. Al primer golde de brazo, la cabeza del martillo saltó por los aires, con tan mala suerte, que fue a rebotar en la ídem de mi suegra, –que la tiene dura, dicho sea de paso–, y en la trayectoria aniquiló una porcelana de Lladró y dos ceniceros de Murano. Imagínense la situación, cristales y porcelanas por los suelos y mi suegra derrumbada en el sillón con un pepino de gazpacho y muy señor nuestro adornándole el occipital. Y, ahora, tengo que pagarle los analgésicos porque el seguro no los cubre. Y, digo yo, martillos así, también sabemos fabricarlos nosotros. ¿Por qué no lo hacemos? Todo es ponerse.

Aviso para navegantes. Si mi suegra engancha al chino que montó el martillo, le desencola la cabeza. Seguro. Los chinos no conocen a mi suegra.

 

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