Artsenal, Humor Gráfico, Número 8, Opinión, Ramón Marín
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El opio que no se fuma

Por Ramón Marín / Ilustración: Artsenal

Cuando la Iglesia dejó de ser una herramienta suficiente para controlar a las masas, los gerifaltes del momento tuvieron la ocurrencia de inventar el fútbol. En tiempos de revuelta social, siempre resulta aconsejable tener a mano algún instrumento de coerción silenciosa para narcotizar a los eventuales insurgentes y mantenerlos ausentes de esa realidad que amarga como un pepino, de ahí que a la mano que mecía la cuna no se les ocurrió otra maldad que obsesionar a la muchachada proletaria con las evoluciones aéreas de una pelotita de cuero sobre un campo de yerba verde que te quiero verde. No hace falta demasiada I+D+i para certificar que mientras los bobos solemnes se desgañitan en las gradas o en los sofás, maldiciendo a las señoras mamás de individuos vestidos de negro funeral, el Gobierno plenipotenciario tiene más allanado el camino para poblar el BOE de reales decretos, leyes y disposiciones que nos dejarán más tiesos que la mojama.

La prueba piloto funcionó a la perfección y en menos de lo que tarda en cantar un gallo el deporte que los pioneros comenzaron a denominar fútbol cuajó en la civilización occidental como la nueva filosofía del progreso. A la tarea de la divulgación intelectual contribuyeron pensadores de la talla de Di Stefano, Bobby Charlton, Panenka, Pelé, Cruyff y Maradona. Luego vino la cosa de la FIFA, que viene a ser como la marca blanca del Club Bilderberg, y puso orden, es decir, trazó la estrategia del gran negocio mundial que podía generar la presencia de veintidós gladiadores modernos detrás de una sandía de goma. Desde esas fechas infames hasta la actualidad de la Crisis Suprema, el fútbol se ha ganado la fama de nuevo opio del pueblo. Solo hacía falta que alguna mente supercalifragilisticoespialidosa imaginara la idea de la Copa del Mundo, como sublimación de la épica deportiva, y ya tenemos los ingredientes básicos para el mayor espectáculo del mundo, el nuevo circo planetario.

Cada cuatro años, los especímenes gloriosos de cada país se dan cita en un punto del globo para disputar la guerra más absurda jamás ganada. Este año, los anfitriones son una de las potencias del tema, Brasil, lo que garantizaba un éxito apoteósico. La FIFA quería fútbol, bossa nova, caipirinhas y mulatas y/o mulatos con déficit textil, porque no solo de pelotazos ha de vivir la sufrida afición. Pero lo que ninguna mente preclara previó fue la respuesta ética de una nación sumida en una profunda crisis social, con cientos de miles de trabajadores a pie de calle, en manifestaciones, paros, protestas y huelgas en defensa de un futuro que el agujero negro del mundial les ha robado. Las imágenes de la policía dando que te pego hostias a go-go y lanzando gases lacrimógenos a ciudadanos indignados y cabreados han dado la vuelta al mundo y dejan patente que, a veces, solo algunas veces, la dignidad de la humanidad aflora y queda por encima de los intentos perversos de los gobiernos por edulcorar la realidad.

Las algaradas del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo han dado a conocer, precisamente, la existencia de trabajadores sin techo, que desde hace décadas luchan por el acceso a una vivienda digna. Y los trabajadores de los servicios públicos paran máquinas para responder al despido masivo de trabajadores por el Gobierno de una Dilma Rousseff que prefiere invertir en hormigón que en el progreso de los ciudadanos. Por si faltaba poco, las revelaciones del periodista danés Mikkel Jensen sobre la desaparición de las calles de niños pobres, los meninos da rua, han acentuado el drama social de un Brasil que pretendía presentarse al mundo como un país emergente, una nueva China pero con corazón, y la cruda realidad ha jodido las fantasías animadas de ayer y hoy. Solo hacía falta que los campeones del mundo, los enviados de Rajoy para dominar el Universo, cayeran de rodillas víctimas de una prepotencia superlativa y un ego solo admisible para los genios que ya no somos (y tal vez nunca fuimos). En fin, otro verano ardoroso que morirá cuando llegue el otoño amargo.

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