Editoriales, Humor Gráfico, Igepzio, Jordi Marquina, Número 5
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El futuro de la Casa Real

Gurb

Editorial

6 de junio de 2014. España vive el momento más trascendente de los últimos cuarenta años de su Historia. El Rey ha abdicado y, aunque la sucesión está asegurada en la figura del Príncipe Felipe, la Monarquía está siendo seriamente cuestionada desde amplios sectores de la sociedad. Juan Carlos I deja el trono cuando su popularidad está en el nivel más bajo de todo su reinado. Recientes encuestas revelan que un 62% de los españoles consideran que el monarca hace bien en dejar su puesto, un dato que demuestra que El Rey Campechano, el baluarte de la democracia fundada con la Constitución de 1978, ha perdido el cariño de su pueblo. Atrás queda el fenómeno del juancarlismo, una etiqueta que se ha impuesto a aquellos ciudadanos que, sin ser monárquicos, han aceptado la figura del Rey que favoreció la Transición a la democracia de nuestro país tras 40 años de dictadura.

Pero todo eso ha dado un vuelco impensable en apenas dos años. La crisis económica, que se ha cebado con los más débiles haciéndoles perder la confianza en las instituciones, incluida la confianza en Juan Carlos, el órdago independentista catalán y los escándalos en Zarzuela, que han llegado a cotas de bochorno difícilmente imaginables, han puesto al borde del abismo la continuidad misma de la Monarquía y del propio Estado español. Hace solo unos años pensar que una infanta de España se podría sentar ante un juez de instrucción para responder de serias acusaciones de corrupción era poco menos que ciencia ficción. Hoy, ese acontecimiento que parecía imposible ha ocurrido y la infanta Cristina ha tenido que pasar por el vía crucis de bajar por la cuesta de la vergüenza, esa rampa de los juzgados de Mallorca que conduce hasta el despacho del instructor. El juez Castro parece dispuesto a desentrañar, hasta el final, las supuestas irregularidades fiscales cometidas en el desvío de fondos públicos del Instituto Nóos, cuyo administrador, Iñaki Urdangarín, duque de Palma y esposo de la infanta, también está a punto de ser procesado por graves delitos. Para los historiadores quedará el análisis de este nefando personaje al que ya se compara con otros validos del triste panteón borbónico que han jalonado nuestra agitada Historia desde la instauración de los borbones con Felipe V en 1700. El flaco favor que el duque de Palma ha hecho a su suegro, a la Monarquía y al país, anteponiendo sus intereses económicos y su ambición personal al interés común y al bien del pueblo, se recordará como una de las páginas más vergonzantes de la Historia de España, solo comparable a personajes tan siniestros como Godoy.

El descrédito que todos estos acontecimientos han traído a la Monarquía han precipitado la abdicación del viejo monarca, acosado por graves problemas de salud que le impiden moverse con facilidad y cumplir con su agenda nacional e internacional. Esta merma en la salud del Rey, unida a la vida si no disoluta cuanto menos dispersa que ha llevado en los últimos años, ha sido otro motivo de peso para su dimisión. Las amistades poco recomendables (Zarzuela ha sido una corte sin cortesanos, pero en la que no faltaban importantes empresarios de dudosa reputación) la falta de transparencia en las cuentas de la Casa Real, los yates regalados, el exceso de esquí y vela, los safaris para cazar elefantes, las amigas entrañables y cazadoras de fortuna que se han acercado a él en busca de fama y dinero, han empañado un reinado que durante casi cuatro décadas se había caracterizado por el buen hacer, la proyección internacional de España y el servicio a la patria. Parece que han pasado siglos desde aquella noche del 23/F (la que en realidad coronó a Juan Carlos como Rey) cuando se posicionó sin ambages al lado de la democracia frente a las metralletas de Tejero y los tanques de Milans del Bosch. Pero ya no es hora de nostalgias, el tiempo de Juan Carlos ha pasado y es el momento de analizar con rigor el papel de la Monarquía y la figura del sucesor, Felipe VI, de quien todos dicen es el heredero más preparado de la Historia de España. Puede que sea cierto, nadie discute sus carreras, sus másteres en Estados Unidos, su preparación militar y la habilidad de haberse casado por amor con Letizia, una periodista divorciada llamada a ser reina. Pero Felipe no tiene el carisma ni el olfato de su padre, Juan Carlos El Campechano, quien con su simpatía, su don de gentes y sus dotes para la diplomacia era capaz de sentar a cenar en la misma mesa a G. Bush (padre) y a Gorbachov días antes de la caída de la URSS. Felipe es una incógnita en un tiempo en que España se ha transformado y ya no es el mismo país de 1978.

Acabamos de celebrar unas elecciones europeas que han certificado la muerte del bipartidismo y el ascenso de formaciones como Podemos, cuyas bases, integradas por jóvenes militantes del 15M forjados en las calles durante la crisis, exigen una reforma en profundidad del Estado, además de un referéndum en el que el ciudadano se pronuncie abiertamente sobre el régimen político del que se debe dotar España. Monarquía o República. Ésa es la cuestión hoy, en un tiempo en que valores como el consenso y la concordia, que fundaron nuestra democracia, están siendo sustituidos por otros principios de nuevo cuño como el de democracia real y participación ciudadana. Quizá sea el momento de un referéndum para decidir el régimen político y el modelo de Estado que queremos otorgarnos. Quizá sea ésa la única opción que le queda a Felipe VI para recuperar la fe de su pueblo. Quizá sea la única posibilidad que le queda a la Casa Borbónica para que no pase aquello de que España, una noche, se acostó monárquica, y al día siguiente amaneció republicana.

Ilustración: Igepzio

Ilustración: Igepzio

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