Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 8, Opinión
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El fracaso

Por José Antequera / Ilustración: Adrián Palmas

El niño, algo giboso, cabizbajo y obeso, arrastra una bolsa pesada entre los árboles, mientras bota con desgana el balón de fútbol que le acaba de regalar su padre. Es temprano, un día claro y soleado, y en el parque apenas hay gente, salvo un viejo de boina calada dormitando en un banco y una mujer que recoge las heces de su perro con una bolsa. Ése será todo mi público de hoy, cavila el chaval, aunque bien pensado mucho mejor, cuanta menos gente menos testigos de la humillación. El niño va equipado con el uniforme de la selección nacional –botas a la última, pantalón azul, medias rojas hasta la rodilla, camiseta con el 6 de Iniesta a la espalda–, y se adentra poco a poco en el césped humedecido por la lluvia de la pasada noche. En silencio, con gesto adusto y amohinado, el niño cumple con el ritual de cada día: sacar de la bolsa la portería plegable de playa, montarla sobre la hierba y empezar la sesión de calentamiento. Hay que estar bien preparado para cuando llegue el señor entrenador. La brisa suave y fresca del mar agita las hojas de los árboles, emitiendo un sonoro murmullo que al niño le recuerda la muchedumbre enardecida rugiendo tras un gol. El niño ya ha ido unas cuantas veces al estadio, pero no termina de acostumbrarse al océano humano, le produce miedo y vértigo todo aquel gentío vociferando, maldiciendo, empujándose unos contra otros como bestias salvajes.

El niño sigue calentando brazos y piernas, pero llegado a un punto se aburre y se cansa, así que golpea el balón con la pierna derecha, blandamente, torpemente, y aunque pone los cinco sentidos en apuntar hacia la portería, la pelota caprichosa da en el palo y sale despedida fuera de la red. El niño casi puede escuchar los abucheos, las risotadas de los espectadores que irán a verle al partido del sábado, la tensión, los reproches, el miedo, la amarga sensación del fracaso. Frustrado, el niño hace un gesto de disgusto con la cabeza y corre en busca del maldito balón para volver a intentarlo de nuevo, aunque bien sabe que nunca lo conseguirá, que jamás será un buen jugador de fútbol, pese a que se aplica y hace todo lo que le dice el señor entrenador, acomodar el cuerpo hacia adelante, utilizar el empeine del pie para acariciar el cuero, golpear en seco en el punto justo de la pelota, como un latigazo, con decisión, con confianza, con valor. El niño, deprimido y confuso, llega hasta el balón, lo recoge con hastío, levanta la vista y ve acercarse al señor entrenador. Figura atlética, musculada, chándal negro con rayas naranjas, silbato colgando de la mano. Viene trotando como un león, viene dispuesto a todo y viene más enojado que nunca. El señor entrenador es un tipo alto con bigote y aunque no es mala persona a veces pierde de vista las cosas importantes. El niño lo acepta como es porque entiende que todo lo hace por su bien, porque todas las broncas, los castigos, las reprimendas no tienen otra finalidad que hacer de él un buen defensa central. El señor entrenador se acerca y mira fijamente al niño, con severidad, sudando, jadeando, como una pantera negra fiera y hambrienta.

–¿Has calentado ya, campeón?

–Sí, señor.

–Pues hala, gordo, a golpear el balón. A ver qué aprendiste ayer.

El niño coloca la pelota sobre la hierba, trata de dominar los nervios, un puño de acero le asfixia la garganta. Tienes que apuntar a la portería, concéntrate, hazlo bien esta vez, tonto, mete la maldita bola en la red. Toma carrerilla, dispara y vuelve a fallar. El mundo entero se le viene encima, se siente inútil, derrotado, aterrorizado, ya no puede más, pero el señor entrenador nunca se da por vencido, siempre quiere más, se le acerca haciendo aspavientos y le grita y le insulta, imbécil, capullo, torpe, gilipollas, gordo de mis cojones, eres necio como un mulo, no sé por qué pierdo el tiempo contigo, y le suelta un fuerte mandoble en la cabeza que le hace ver las estrellas, y le dice cosas aún más brutales que ningún ser humano debería decirle a un niño jamás. Enfurecido, fuera de sí, el señor entrenador pega un patadón a la bola, que vuela enloquecida por encima de los árboles, y se marcha maldiciendo y blasfemando entre dientes. Y el niño queda allí, solo, sentado sobre el césped, llorando y convenciéndose a sí mismo de que el señor entrenador no es un mal hombre porque lo hace todo por su bien, porque siempre piensa en su porvenir y porque, para bien o para mal, es su padre.

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