Editoriales, Número 7
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El camino de las reformas

Gurb

Editorial

20 de junio de 2014. “Dejen que China duerma, porque cuando despierte, el mundo temblará”. Las palabras de Napoleón se han cumplido proféticamente y hoy China, el país que durante siglos fue denominado el gigante dormido, ha despertado por fin. Y ruge. Ruge con la fiereza de un dragón que hace temblar al mundo. Atrás quedan los siglos que China pasó ensimismada en su cultura milenaria, ajena al mundo, autárquica. Atrás queda la época en que fue colonizada y sometida por las potencias occidentales. Hoy China se ha abierto al mundo y expande sus tentáculos y su poder por los cinco continentes. Según un reciente informe del Banco de Santander, China es ya la segunda potencia económica mundial, el primer exportador global y el Estado con las reservas financieras más importantes del mundo. China, que en el pasado inventó la pólvora, el papel y la brújula pero que durante siglos permaneció aislada y oculta tras La Gran Muralla, ya no solo exporta jarrones de porcelana y será en las próximas décadas el imperio emergente que dominará los destinos del planeta. En poco años, será la primera potencia económica del mundo (Shanghái ya es el mayor puerto de mercancías de la Tierra) y también militar. De allí nos llegarán los principales avances médicos y tecnológicos del siglo XXI y su avanzada tecnología le permitirá competir de tú a tú con Estados Unidos en la carrera espacial para llegar a Marte y colocar una sonda en 2018. Los chinos ya dieron muestra de su poderío durante los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, donde cosechó un total de cien medallas, 51 de ellas de oro, encabezando el ranking deportivo a nivel planetario. El mundo quedó asombrado ante el despegue de un país que apenas unas décadas antes, y pese a su férreo régimen comunista, parecía sumido en la Edad Media. Sin embargo, China no solo tiene luces, sino también sombras inquietantes. Su revolución tecnológica e industrial no le ha salido gratis y hoy la contaminación de su territorio alcanza niveles alarmantes. Son frecuentes las imágenes de televisión de ciudadanos chinos paseando en bicicleta pero protegidos por una mascarilla antipolución. La Organización Mundial de la Salud estima que la contaminación del aire ha contribuido a la muerte de siete millones de personas por esta causa en todo el mundo. La situación medioambiental en China es tan grave que el primer ministro Li Keqiang llegó a anunciar una “guerra contra la contaminación”. Las emisiones contaminantes no solo se dejan sentir en China sino que, debido a su brutal ritmo de crecimiento económico, perjudican a países situados a cientos de miles de kilómetros. China es un coloso con un peso demográfico brutal en el mundo (uno de cada cuatro habitantes es chino) pero puede llegar a ser un problema, una amenaza para la estabilidad mundial, si el gobierno de Pekín no se apresura a emprender las reformas necesarias. Cientos de personas son encarceladas cada año por oponerse al régimen pseudocomunista del PCC, un monstruo que con más de 71 millones de afiliados es una de las mayores asociaciones humanas del planeta. Deng Xiaoping, máximo líder chino desde finales de los años 70 hasta su fallecimiento en 1997, impulsó una serie de reformas económicas que supusieron la entrada en China de inversiones de empresas extranjeras y la creación de corporaciones privadas dentro de la propia China. Esta apertura económica de las tres últimas décadas ha alterado la base ideológica del Partido, que ha ido abandonando las ideas comunistas tradicionales representadas por el pensamiento de Mao Zedong y asumiendo como válido el modelo económico capitalista. Pero China debe emprender el camino de las reformas políticas, las reformas democráticas cuanto antes, como premisa imprescindible para seguir manteniendo el nivel de crecimiento económico de los últimos años. Los habitantes del campo que migran a las ciudades frecuentemente son tratados como ciudadanos de segunda por el sistema de registro hukou y la política de un niño por pareja o hijo único es una aberrante medida de control de la población que está vigente en China desde 1979. A menudo los derechos de propiedad son escasamente protegidos y los impuestos desproporcionados afectan a los ciudadanos más pobres. La posición de China como superpotencia emergente de las próximas décadas exige que en ese país se asienten instituciones verdaderamente democráticas, que se celebren elecciones libres y que se apueste por un respeto escrupuloso a los derechos humanos. Ésta es la gran asignatura pendiente de China. El hostigamiento a líderes disidentes, la censura en Internet, los problemas de un sistema judicial arcaico y las restricciones a la libertad de expresión y manifestación son algunas de las preocupaciones de la comunidad internacional respecto al régimen de Pekín. En la ONU, China mantiene su posición privilegiada como miembro permanente del Consejo de Seguridad, haciendo uso de su derecho de veto, lo que bloquea una y otra vez la toma de decisiones. El hecho de que un país con tales carencias democráticas pueda influir en el foro en el que se deciden los destinos del mundo supone ya de por sí serias e inquietantes amenazas.

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