Adrián Palmas, Humor Gráfico, Número 6, Opinión, Robert Fornes
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¿Dónde está la izquierda?

Por Robert Fornes / Viñeta: Adrián Palmas

Hoop está tumbado en el sofá, en el comedor de su casa, preparado para ver una película. Son las diez menos veinte cuando el anuncio de una crema para las hemorroides se interrumpe y aparece en su lugar el escudo del Gobierno de la Nación acompañado de la expresión “Comunicado urgente”. Una voz habla.

Atención, atención, este es un aviso a la población civil. Mantengan la calma, por favor, el pánico no les será de ayuda en estas peligrosas circunstancias. Las autoridades del país han decretado el estado de excepción. El mismo entrará en vigor a las 22 horas de hoy. Durante las próximas semanas, está terminantemente prohibido salir de sus domicilios sin la autorización previa pertinente, que sólo se expedirá por causas de máxima necesidad. Disponemos de informes que prueban la inminente invasión de nuestras calles por parte de una turba descontrolada de rojos. Estos especímenes son potencialmente mortíferos, así que es vital para su propia seguridad el no mantener contacto alguno con ellos. Estos monstruos son fáciles de identificar. Tienen varias cabezas que escupen proclamas Marxistas a voz viva. Son capaces de caminar por paredes y techos con el puño izquierdo en alto, y una pancarta sujeta en la otro mano, manifestándose sin parar mientras se hacen trenzas entre ellos, se quitan los piojos recíprocamente y tocan el bongo discutiendo cuál será la próxima casa a ocupar. El cabecilla de esta plaga es un ente peligroso en extremo. Atiende al nombre de Pablo Iglesias, luce coleta de chino malo de película de serie B y perilla a lo Steven Seagal desinflao. Habitualmente cubre su torso con camisas baratas de Alcampo, viaja en transporte público y se alimenta de bocadillos de chopped acompañado de kalimotxo. Por favor, es vital que se mantengan alejados de ellos, pues de sus bocas sólo se profieren falacias, utopías dañinas para la moral y el bolsillo; cuentos chinos basados en ideales de justicia social propios de lo más profundo de las entrañas de una cabra loca. Sus dedos segregan una toxina altamente dañina que hace al sistema locomotor buscar, de manera espasmódica, la urna más cercana para votar. Las autoridades les advierten que si son vistos en compañía de alguno de estos individuos, serán tomados como uno de ellos y tratados en consonancia con las Leyes militares que son de aplicación desde este mismo momento.

El estado de excepción será vigente por tiempo indefinido. Gracias por su atención, y por el amor de Dios, protéjanse de esta plaga inmunda.

Termina el comunicado y la sala de estar se sumerge de nuevo en la penumbra. Hoop mantiene la mirada clavada en la pantalla de televisión. No acaba de comprender la gravedad del asunto. Los rojos no son peligrosos, piensa. Los ha visto en la cola del paro, en los diarios, en el bar, en las tertulias de la tele. Gerardo, su cuñado, es uno de ellos. Son personas que tienden a discutir sin descanso sobre quién está, en la realidad, más a la izquierda. No se ponen de acuerdo ni por casualidad. Cada uno se precia de decir una cosa distinta, cuando en realidad, lo que dicen todos es, más o menos, lo mismo. Todos ellos se auto otorgan el título de “la alternativa de la izquierda”. Los grandes bloques, de una parte, utilizan el término izquierda con la boca chiquitita, con miedo a que el que les pone el dinero en las manos les suelte una colleja por despistados. Los demás, que no pillan cacho, y por lo tanto, tienen la reputación a prueba de Euros, se organizan en facciones pequeñas, antagonistas unas con otras, como los poblados galos de Asterix. A Hoop le recuerdan las luchas dialécticas clásicas entre el Frente Popular de Judea, el Frente Judaico Popular, y la Unión del Pueblo de Judea. Todos buscando al Mesías Brian. Llevan todos décadas buscando su identidad, zapato en mano, sin rumbo. Caminan como zombies en busca de carne, dando abrazos al aire en busca de un ideal que llene el espacio que dejó la socialdemocracia al correrse –sin placer, alguno, allá por los noventa– hacia la derecha. Hablan del Estado del Bienestar como si fuera una tía del pueblo que vino hace treinta años a coser a la ciudad y ahora quiere volverse al pueblo a acabar de arrugarse. Así es muy difícil ser peligroso. Letal, dicen. Ja.

Hoop apaga la televisión y se va al baño. Se sienta en el trono, se pone a pensar. Cree que la izquierda renovada está aún por llegar. Se intuye, a pequeños trozos, en cada una de esas facciones que tanto se disputan la legitimidad. Lo suyo –piensa él– sería que todos se pusieran de acuerdo en proponer un modelo de economía que estuviera basado en la cooperación, y no en la competencia, ¿no?. Un modelo basado en la solidaridad, en la búsqueda del bien para todos, y no en el beneficio económico de unos pocos. Piensa que no es tan difícil convertir la democracia en un ejercicio participativo e incluyente.Hoop cree que la ciudadanía, en el fondo, no puede ser tan gilipollas. Se enciende al pensar que no hay progreso posible cuando el planeta está siendo expoliado de manera sistemática. No puede haber avance social con tantos millones de personas muriendo de hambre, con continentes enteros hundidos en la miseria mientras el dinero –que es obvio que no desaparece– se acumula en las cuentas corrientes de aquellos que facilitan toda esa podredumbre mediante la extorsión y la corrupción. Hoop se encabrona al pensar que la pobreza es un negocio muy rentable para algunos.

En la soledad de su casa, Hoop proclama una diatriba desde lo alto del sofá. Vocifera que existen alternativas mucho más coherentes que esta capitalista carrera de autos locos que corren en círculos y no paran de contaminar. En su ensimismamiento, Hoop rechaza de plano tener que medir la felicidad de las personas por lo que son capaces de producir, por lo que son capaces de gastar, por lo que son capaces de contaminar. A Hoop se le han hinchado los hemiciclos. Ha llegado al punto en el que no hay marcha atrás. No va a consentir, pese a quien pese, que esta gran mentira de la crisis le apisone. Ni a él, ni a nadie. Y qué más da si los que lo intentan evitar tienen coleta, llevan camisetas reivindicativas al Parlamento o responden a las impertinencias del poder con un sonoro a la mierda.

Es que ésta no es una crisis económica –chilla por la ventana, en dirección a la plaza– es una crisis de actitud.

 

 

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