Alaminos, Cipriano Torres, Humor Gráfico, Número 8, Opinión
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Cosa de señoritas

Por Cipriano Torres / Ilustración: Jorge Alaminos

El fútbol es universal porque la estupidez es universal. Así arranco, dando coces intelectuales a un deporte en las antípodas. Leo que la frase es de Jorge Luis Borges, pero no lo sé, no la he leído en ningún libro o entrevista suya, aunque todos sabemos que el bonaerense es capaz de decir eso y otras cosas, como Claudio Coelho es capaz de llenar internet y sus primas con citas de un empalago que ni pinchándote se baja el estallido de azúcar. Dicho esto, discrepo con esa mole de la escritura y el pensamiento universal. Flamenco que me siento hoy. No creo que el fútbol sea estúpido así, al peso. A mí no me gusta, ni ahora ni nunca, ni de chico ni de carlancón, ni por ser más fino que un lirio ni más basto que una azada. No me emociona. Esa es la cuestión. Seguro que es otro de los placeres populares que me pierdo, igual que me pierdo el placer de ser romero, nazareno, costalero, aficionado a los toros o socio de una peña de andarines. Sí he visto en reunión de trogloditas conscientes, y en acción, para berrear y ponernos hasta el culo de cervezas y comidas de alto colesterol, algún partido de La Roja, y es verdad que en el momento en que el balón se coló por aquel agujero contrario y daba la victoria a “los nuestros”, grité como un energúmeno y en el delirio de la noche me subí a un coche, asomé como tantos otros la jeta por la ventanilla, y enarbolé la bandera por las calles, atronadas por ciudadanos tan eufóricos y asilvestrados como yo. Puro teatro.

Pero se acabó. Jamás, y digo jamás tan serio como dijo el ex monarca Juan Carlos I que lo suyo no se volvería a repetir, he puesto la tele para ver en casa, solo, un partido de fútbol, como sí lo hago para ver un informativo, una serie, o una película. Eso sí, he pisado el césped, y nada menos que en un estadio de bandera, el Santiago Bernabéu. Actué para el pajarraco gallego, para el malandrín, para el tío Paco, para el hijo de puta que manejó este país a golpe de rosario y taconazo militar. Apenas recuerdo la edad que tendría, y si fue estudiando en la escuela de formación profesional Virgen de las Nieves, en Granada, donde me preparaba para tener un futuro próspero como maestro mecánico –de coches– o estando en la universidad laboral de Córdoba, una red de centros del régimen ideados por el falangista Girón de Velasco donde los hijos de los obreros, familias pobres, pudimos dar el salto a la otra universidad. Lo que sí recuerdo eran los nervios que tenía aquel muchachito en mitad de un estadio apabullante, y eso que este zoquete sin el don de la gracia gimnástica, sólo era un puntito en el macramé de huevones que, con música de Mozart, se movían formando figuras que se dibujaban y se deshacían en medio del campo para honrar al caudillo por la gloria de España.

Sé que cuando entró al estadio el diminuto líder y ocupó el palco presidencial, la ola de un murmullo atronador invadió el césped, y mis pies temblaban porque ya no había vuelta atrás y teníamos que demostrar ante el generalísimo, nuestro benefactor, lo agradecidos que estábamos de la forma más sencilla y natural, como gimnastas fortalecidos en una España de paz y prosperidad. Menuda responsabilidad. Me sentía gotita de un mar al que todo el mundo miraba. Y, como le pasa a muchos actores antes de decir la primera frase de su texto, no recordaba nada, no recordaba si era con la derecha o con la izquierda, si el pie se adelantaba al compás de la mano o tenía que tirarme al suelo en los primeros acordes de aquella música tan rara que en el Bernabéu sonaba igual que en los ensayos en Granada, una música que salía metálica y chillona de unas bocinas colocadas por todas partes. Sobrevivimos a la actuación y fuimos recompensados por la gloria de un aplauso unánime.

Si aquella amañada, efímera y diluida gloria compartida la viví como un triunfo, qué no sentirán los futbolistas al escuchar que los estadios se vienen abajo gritando sus nombres como se grita a un dios que llegó para salvarnos. Esa parte sí la entiendo, la de la emoción, aunque ya digo que no fui llamado a la comunión de esta iglesia –o sea, de ninguna–. Pero ni un paso más. Pisar el césped del Santiago Bernabéu cuando era un adolescente que demostró ante Francisco Franco por cojones su inmensa gratitud haciendo figuras geométricas a ritmo de Mozart es lo más cerca del fútbol que he estado. Pero eso ni es fúrgol ni es ná. Eso es cosa de señoritas.

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