Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 6, Opinión, Tonino Guitián
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Con plumas

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

¿Y si escribo sobre Pablo Iglesias, lee lo que pienso, se enfada, y comprometo todo mi futuro? ¿Y si por el contrario encuentra mi opinión llena de inteligentes aciertos y cuando sea investido presidente me llama para formar gobierno y ocupar el sillón del Ministerio de Defensa? Suena extravagante, pero nada impide que así suceda; el lema de su partido lo permite y no pocas personas han recibido la llamada de Moncloa para colaborar en un proyecto de gobierno. Alguna vez ha ocurrido que el presidente en funciones, en su amplio abanico de posibilidades, abandone su cargo y lo ceda a otra persona que considere mejor preparada que él. Si en vez de ser colaborador desinteresado de GURB cooperara con mis ideas a la construcción de un gobierno mejor y más justo junto a Pablo, tal vez en poco tiempo pudiera ser el representante de todos los españoles, comer con los empresarios del país y pasear mi ristra de trajes en variados tonos grises en el asiento de atrás de mi coche oficial. Y sería posible, porque gracias a la democracia todos podemos. Lo bueno de poder llegar a ser presidente es que no es como esas pesadas oposiciones en las que te tienes que acordar de la fecha exacta de la promulgación de la Constitución. De hecho, en el Congreso de los diputados se pasan horas enteras recordándose los artículos unos a otros. “Como bien dice el artículo de la Constitución tal y tal…”, declaman muy serios cuando quieren defender una propuesta, a lo que los opositores responden invocando otro artículo y así sucesivamente.

Y aunque estos artículos son lo único inamovible de la cosa política, se pueden variar durante un gobierno para que se ajuste a sus necesidades. De manera que, en realidad, no hace falta ni estudiar la Constitución para preservarla de intereses espurios, sino que uno puede actuar contra ella desde dentro para girar lo que llaman “el timón del país”. Al fin y al cabo el trabajo concreto de un presidente consiste en ilusionar a los ciudadanos, como si se tratara del animador de un crucero. Si el país va bien, hay que gastar el dinero en fastos y celebraciones deportivas alabando las capacidades gestoras para hacer crecer dinero de las chisteras del sistema, y cuando el país va mal, hay que gastar el dinero en fastos y celebraciones deportivas para estimular el motor del país, ajustando aquí y allá la licuadora de ciudadanos. Lo importante es la ilusión y hacer frases muy elaboradas para brillar en los plenos y sesiones. Soñamos, pero como dice una poeta: “Soñamos, “¡quisiera ser un pájaro!”, pero si el destino nos convirtiese en un pavo nos sentiríamos desencantados. En esto, Pablo Iglesias es como cualquier otro político. Su única diferencia es que a él el sistema no le gusta. Es decir, que donde otros políticos se ven con plumas exóticas y picos deliciosamente curvados él ve pavos. Otra cosa muy diferente es en qué clase de pájaro se ve reflejado Pablo Iglesias. Nosotros no podemos saber eso, porque pertenece al misterioso mundo de la psicología y los hechos, de manera que, en el arduo trabajo de hacer una autopsia de este candidato, es posible que perdamos nuestro tiempo porque Pablo Iglesias es aún un polluelo salido del cascarón del plebiscito europeo y aún nos queda mucho para que se transforme en un hermoso cisne o en un pato común. Mientras no sea en una gaviota, las dos opciones me parecen, al menos en el punto donde estamos, esperanzadoras.

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