Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 5, Opinión
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Como el 7 de La Roja

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Hacía muchos meses, varias temporadas ya, que no daba pie con bola. Pero jugaba siempre. Ningún entrenador se atrevía a sentarlo. Butragueño, machacaban sus admiradores, “te puede resolver un partido en cualquier momento”. Pero no lo hacía desde ni se sabe cuándo. Eso sí, alguna vez lo logró, es cierto, y ya sabemos el incalculable valor que tiene el pasado cuando nos interesa recordarlo. Cara cerúlea, lo teníamos de inmaculado blanco madridista o con la camiseta roja de la selección semana tras semana, miércoles, domingos y fiestas de guardar. Hiciera calor, nevase o cayesen chuzos de punta, el dorsal 7 era suyo. El delantero se retiró en México en 1998 pero para el fútbol de élite su carrera murió al menos un lustro antes.

Empezar hablando de fútbol para escribir de un rey es una frivolidad salvo que el protagonista se llame Juan Carlos de Borbón, ese tipo campechano, reconocido practicante de deportes que no lo parecen, quien vive estos días el trance de pasar a mejor vida, literalmente hablando, después de un larguísimo reinado viviendo de rentas. Igual que le sucedió al rubio merengón. Sale el lunes por televisión y lee unos papeles en los que, resumiendo, está escrito que: está muy orgulloso de haber servido a su patria y a nosotros, sus conciudadanos; considera que tiene que dejarlo porque no hace falta abusar; nos deja a su hijo en el mismo despacho que ha ocupado él. Y lo suelta así, a quemarropa, como hace cada noche Paco Marhuenda en Twitter con las portadas de ‘La Razón’: regalo desasosegante, ineludible y cierto. “Buenas noches: aquí os dejo la portada de ‘La Razón’ de mañana”; “Buenos días, os dejo a Felipe VI como vuestro rey para los próximos 40 años”.

Seamos crédulos, cándidos incluso. Comulguemos con ruedas de molino y reconozcamos el papel trascendental del Rey para frustrar el golpe de Estado el 23-F, pese a que el pacto de silencio urdido por los dos grandes partidos ponga seriamente a prueba nuestra inteligencia y nuestra buena fe. Demostremos nuestra generosidad y asumamos como bien empleados esos 39 años a los pies del coronado, los mismos, por cierto, uno detrás de otro, que se perpetuó el diminuto dictador. Obviemos la ristra de cacerías de elefantes y amantes bandidas (rubias, morenas, operadas o sin retocar…; al Borbón no se le conocen manías en este campo del conocimiento), negocios dudosos, amistades peligrosas y salidas de pata de banco. Vale. De acuerdo. Si hay que cerrar los ojos, yo seré uno más. Hemos soportado con la nariz tapada y la boca más o menos sellada nuestra dosis de monarquía, ¿pero por qué regla de tres nos toca aguantar ahora al niño y su séquito prolijo e inmarcesible? ¿Qué razón de peso se puede invocar para negar un referéndum a través del cual el pueblo decida si quiere mantener los privilegios de esta casta anómala? (Mis disculpas, ya salió el término de moda: soy así de previsible). No me vale la respuesta “la Constitución”; los libros se editan, se corrigen, se actualizan y, cuando no sirven, se guardan en una caja.

Su tarea, nos alecciona a diario la prensa, la diaria y la que le gustaría serlo, en un bombardeo masivo por tierra, mar y aire, es modernizar la institución, revestirla de una pátina actual acorde a los nuevos tiempos. Optimista la Casa Real, dispuesta a una tarea hercúlea: nada menos que combatir un oxímoron. Porque, ¿hay algo más alejado de la modernidad que el Rey y el Príncipe vestidos de Geyperman con sus chaquetas repletas de chapas y ‘pines’ de colores? ¿Es ‘trendy’ el posado familiar en Mallorca que se estilaba al inicio del solaz veraniego en los años a.d.U. (antes de Urdangarin)? A mí me da mucha grima esa imagen del Rey en los toros recibiendo una ovación de su amado público y respondiendo saludo en mano. Las estampas de cacería no son más edificantes, con los animalillos colocados como si durmieran la siesta y los amigotes del monarca rifle en mano y sonrisa de oreja a oreja. Lo de las hijas haciendo ver que trabajan, una en La Caixa y la otra no se sabe bien dónde, eleva la grima al estado de arcada. Y qué decir de los desfiles castrenses, pura naftalina. Si la monarquía tuvo alguna utilidad, ya no veo qué sentido puede tener en este siglo. Y aunque los cerebros del CIS y sus encuestas dictaminen que la monarquía sólo es el principal problema para el 0,2 por ciento de los españoles, incluso los enfermos de hepatitis quieren una solución a sus hemorroides.

Buen viento y barca nueva, don Juan Carlos. Y aprenda de Butragueño: hace diecinueve años que dejó el Madrid y su hijo se busca la vida en el Moratalaz.

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