Carmen Fernández, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 5, Opinión
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Citizen Letizia (Ciudadana Letizia)

Por Carmen Fernández / Ilustración: LaRataGris

Una música de reminiscencias celtas. La cámara sobrevuela las montañas, ríos y bosques de un brumoso pueblo asturiano y en un zoom vertiginoso, se detiene en una casa de ventanas azules. Podría ser invierno, podría haber un trineo e incluso, con cierto esfuerzo, podría verse una placa con letras doradas. Rosebud. Tres niñas batallan con bolas de nieve y los ecos de sus gritos y risas reverberan en el valle. Soy la Reina de las Nieves. Una bandada de gansos emprende el vuelo. Fundido en blanco.

Treinta años después, en la Catedral de la Almudena, Letizia se atusa el felipevarela verde-agua y camina despacio del brazo de su esposo. Ya ha sido proclamado rey. Desde los bancos, nebulosas de los perfumes más poderosos del mundo la miran. Es la culminación del éxito, el triunfo y la gloria. Podría ser un día de junio. El aire cargado de incienso, los cantos de voces blancas y la luz tamizada por las vidrieras neogóticas podrían crear una atmósfera de mágica solemnidad. Él está sereno y orgulloso, toda una vida dedicada a ese instante y a ese cometido. Reinar. Letizia comprueba su peinado, no puede haber nada fuera de lugar. En algún sitio leyó que la vida es una obra de teatro que no permite ensayos, así era antes, ahora repite cada gesto en el espejo, comprueba los vestidos, ensaya ceremonias, el protocolo, la etiqueta. La vida es eso que transcurre entre ensayo y ensayo. Su cuerpo proyecta una sombra afilada y negra desde el plano en picado, y la tiara de flores de lis con brillantes y platino parece pesar demasiado. Aun así se mantiene erguida, mucho. Soy la Reina de las Nieves.

Un plató de televisión. Tres paredes de luces y colores chillones y un público que aplaude al son del regidor. El debate está artificiosamente encendido por el director que pide más intensidad a los contertulios a través del pinganillo. Un periodista con gafas en la mano intenta hacerse oír: −No es ni será buena reina. Y tuvo de quien aprender pero ella no quiso. Es ambiciosa y antipática. Los monárquicos no queremos una reina divorciada, republicana, atea y encima plebeya. No queremos a Letizia. –Pero qué dices hombre, si le va a dar frescura a una institución que está rancia y pasada. Por fin una mujer con cabeza que sabe pensar y no solo llevar la coronita de paseo. –Pues yo no quiero que me reine nadie, que ya está bien de dar caviar a vividores cuando el pueblo se muere de hambre. Queremos democracia de verdad. Y que el pueblo decida. −Nuestra Belén es la verdadera Princesa del Pueblo.

El cardenal continúa el sermón con voz hastiada y monótona. Y Letizia podría estar recordando sus días de instituto, su profesor de Literatura, sus noches de amigas, México, los telediarios, sus ideales. Un primer plano del rey. El sonido de órgano que no acalla las voces del exterior. Érika, la pequeña Érika. Podría estar reviviendo aquellos inviernos en Ribadesella con la abuela Menchu contando historias junto a la chimenea. ¿Cómo se construye una reina? Letizia estira los labios porque ahora toca sonreír. Soy la Reina de las Nieves, la reina de un desierto frío y desolado. Una reina no querida por los que quieren reino, y un reino no querido por los que quieren a Letizia. Ahora se escuchan los gritos más fuertes: abajo los Borbones, arriba la República, e imagina una guillotina en el altar mayor y la desea, desea que seccione el cetro y la corona, que corte por la mitad el collar de Chatones de la Reina Victoria Eugenia que es un yugo, las pulseras de Cartier que son grilletes, el felipevarela verde-agua…. y que la liberen. Podría también estar fantaseando con dos niñas rubias que batallan con bolas de nieve junto a la casa de ventanas azules de un brumoso pueblo asturiano, aunque el trineo hace mucho que yace olvidado y cubierto de polvo en algún rincón del sótano.

En lugar de eso estira los labios. La cámara sobrevuela sus cabezas y se pierde. Soy la reina de las nieves. Rosebud. Fundido en blanco.

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