Humor Gráfico, Igepzio, Jose Antequera, Número 7, Opinión
Deje un comentario

Chinito tú, chinito yo

Por José Antequera / Viñeta: Igepzio

Hace ya tiempo que los chinos cambiaron a Mao por el pantalón vaquero y la hamburguesa. La furiosa revolución roja que iba a arrasar el mundo en los sesenta ha terminado en un engendro híbrido capitalista/comunista, en un imperio de cartón piedra y todo a cien. La China que soñó Mao llena de millones de sonrientes chinitos uniformados con el mono de faena sumiso y gris ha devenido en una inmensa y atroz cadena de bazares que ha colapsado la economía mundial con sus chismes defectuosos, fútiles, inservibles. No hay nada más frustrante en este mundo que comprar un martillo made in China en una tienda todo a cien y ver cómo se parte en dos al primer estacazo. Lo cual demuestra que todas las revoluciones, sean del signo que sean, están abocadas al descalabro. Desde Jesucristo a Robespierre, desde Zapata a Fidel Castro, la historia de los movimientos revolucionarios es la historia de un fiasco tras otro. Eso debería tenerlo muy en cuenta Pablo Iglesias, que es nuestro Mao hispano, y hasta tiene un poco cara de chino mandarín con esos ojillos rasgados, la perilla ninja, la coleta confucionista y ese aire zen que saca de quicio a los tertulianos de la casta derechona. Pablo cualquier día, en un plató de la Sexta, se levanta de la silla levitando, se descalza ante Alfonso Rojo, ante Inda y ante Marhuenda, les hace la reverencia genuflexa y les suelta unos versos escurialenses por Mao que los deja tiesos.

El tiempo de las grandes revoluciones ya pasó, quizá porque las revoluciones se hacen en los callejones sin salida, como dijo Bertolt Brecht. De cuando en cuando nos llegan rumores de efímeras revoluciones, desde Egipto, Libia o Siria, por lo general revoluciones armadas por los hermanos musulmanes, en nombre del Islam, que es como salir de la tiranía del hombre para caer en la tiranía de Dios. A Vicente del Bosque le exigen una revolución en la Roja, pero Vicente es un marqués viejo y templado con el acero de Salamanca y ya no está para revoluciones. El Papa Francisco quiere hacer la revolución imposible de las sotanas, lo cual que no le dejan, mientras los republicanos españoles, por enésima vez, dejan la cosa para pasado mañana y ven, desde la barrera, cómo pasa otro carruaje real, otro Felipe más (y ya van seis), otra mano borbónica saludando al tendido entre flores de jazmín y vinillo de Jerez. Esta República española eternamente prometida se ha quedado aún más vieja que la Monarquía. Bien mirado, la vejez es el mejor bálsamo contra la fiebre revolucionaria.

Para lo único que sirve una revolución es para dejar un reguero de sangre, cadáveres, desaparecidos. Cambiarlo todo para que todo siga igual. ¿Qué ha sido del hombrecillo frágil de las bolsas que plantó cara a los tanques asesinos de Tiananmen? China, en su loca revolución comunista hacia el capitalismo, en su loca carrera comercial hacia ninguna parte, ha acabado en la ojiva nuclear, en la mascarilla para el humo negro de las chimeneas, en el arroz frito tres delicias (una mala paella sin colorante) y en las cárceles llenas de disidentes. Los chinos sueñan con poner un pie en Marte adelantando a los americanos por Júpiter, esquina con Recoletos, pero antes de plantar la bandera roja en el planeta ídem abren un todo a cien y aparcan la bicicleta. Yo al tendero de la esquina lo veo como un pequeño marciano que habla con la ele, cuatlo cincuenta, un ET con los dientes de oro que anda siempre tras un mostrador, sonriente y dócil, mientras tú te estás acordando de toda su dinastía Ming porque el superpegamento de alta potencia que te ha vendido no pegaría ni un sello en una carta. Han programado al inmenso pueblo amarillo como pequeños marcianos fabricados para una revolución de fraudes, tocomochos y mentiras, como robots humanos adoctrinados entre falsos marxismos y colosales desfiles militares. Les han colocado el chip del dinero, que es el sol naciente del nuevo mundo, y los han lanzado a la conquista de la Tierra, para que nos coman por los pies. Y mientras tanto nosotros, fatuos occidentales, nos reímos con sus malos programas de humor amarillo. A mí no me engañan, los chinos son marcianos. Una plaga de marcianos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *