Alaminos, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 7, Opinión
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China, del sueño al insomnio

Por Juanma Velasco / Ilustración: Jorge Alaminos

Lo chino abruma. Esencialmente por lo ingente, pero también por lo contrapuesto a lo propio, por lo insondable, por lo ignoto, por lo expansivo. Abruma y empequeñece porque desconocer es uno de esos verbos a los que uno teme sin paliativos, uno de esos verbos inasequibles que me aproxima considerablemente más a ninguno que a dos.

China personifica uno de los ejemplos más contumaces de mi ignorancia a pesar de mi curiosidad endémica por acumular saberes y datos inútiles, como apuntan cronistas que le ocurría a Franco. Qué frustración parecerme en algo al caudillo. Por fortuna para mi autoestima soy notablemente más alto que él, menos, bastante menos belicoso y algunas dicen que hasta más guapo.

Qué sé de ella, de China. Si bien debo reconocer que un poco más ahora que he ocupado quince minutos de mi tiempo en releer algunas superficialidades chinas en Googleland, si me pongo exigente conmigo mismo he de reconocer que no tengo registrado el nombre de un sólo grupo musical chino, ni la denominación de otra montaña que no sea el Shisha Pangma, con las que debe haber en un territorio cuya altitud media supera los 2000 metros y su extensión equivale a 19 Españas, datos ambos de los que ya tenía constancia antes de surfear por el oráculo, eh. Un trío de ríos, cero lagos, ninguna cadena de supermercados, conjunto vacío en lo que concierne a tenores, violinistas y alcaldes ¿hay alcaldes en China?

Tan sólo conozco el nombre, y aun me equivocaría al escribirlas, de apenas una docena de sus ciudades (existen 160 con más de un millón de habitantes), no sé quien ocupa la presidencia del Partido Comunista y me sigue sin acudir el nombre de una sola actriz, el de otro baloncestista distinto a Yao Ming, ni, tristemente, el de un sólo científico. Y habitan aquel ecosistema mil trescientos millones de habitantes, o por ahí anda el siempre mitificado censo chino, como para que existan, en proporción, veintisiete veces más jugadores de basket y científicos que en España. De estos últimos imagino que el diferencial será todavía mayor en favor del país asiático por razones demasiado obvias para consumir espacio.

En mi época de bosquejo como persona, en esa inopia alegre de la infancia en que lo mítico se confunde con lo alarmante, lo legendario con lo heredado, cuando todavía no me habían crecido ni los pelos de la lengua, recuerdo que la frase que la Historia le atribuye a Napoleón y que bien pudo haber brotado de alguno de sus escribas, cuando China despierte, el mundo temblará, me producía una simbiosis entre admiración y desasosiego, una destemplanza en mis hábitats de niño repletos de incertidumbres inocentes.

China entonces, también ahora, como un país al que temer, uno de esos candidatos a provocar la tercera Guerra Mundial, el país del que se me hacía creer que todos eran iguales, por buenos comunistas, y en su lugar yo percibía la igualdad fisonomista de lo étnico.

No y sí se equivocó Napoleón, o su escriba. Efectivamente China no sólo ha despertado sino que se ha convertido en el país con los ojos más abiertos del planeta. Y con los brazos más largos y eficaces, en vigilia permanente, consciente de que sin ellos, sin China como dispensadora de productos de primera necesidad para afrontar el día a día, la vida activa en la Tierra se extinguiría a las tres semanas entre una epidemia de confusión al faltar desde baterías para móviles hasta módems, desde neumáticos hasta cristales para gafas, desde bolas chinas hasta abanicos.

El insomnio continuado en el que se desenvuelve el país de los primeros inventos le ha permitido imponer al mundo conocido un dominio subliminal, acentuado por el hecho de que casi ha conseguido sacudirse la dependencia de la tecnología norteamericana y europea para mantener su nivel productivo.

Sin embargo pudo equivocarse Napoleón en lo de que el mundo temblaría, al menos en la manera que él pronosticó. Sabedora de su potencial, China ha diseñado un imperialismo sui generis, larvado pero persistente, consistente en colonizar el mundo a fuerza de adquisiciones de toda condición: financieras, empresariales, agrícolas, inmobiliarias. Una parte sin cuantificar del planeta lo va teniendo China escriturado a su nombre. Y lo ha obtenido, además de por sus excedentes de población y su despensa de recursos naturales, poniendo en práctica la filosofía confucionista que se cimienta en algo parecido a exigirse mucho a sí mismo y esperar poco de los demás en evitación de disgustos.

Esta China, sí no da que temblar todavía, sí da que pensar que, llegado el momento preciso, pueda perpetrar un golpe de estado planetario en clave de proverbio y monopoly y declarar, unilateralmente, la ruina general de las naciones, a Confucio como único dios y a Mao como su profeta.

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