Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 7, Opinión
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Carta a Gurb

Por J.L.Castro Lombilla / Viñeta: Lombilla

(Futurible epistolar. Año de nuestro Señor Mao de 2039).

Estimado Gurb:

Hace veinticinco años que Felipe VI, éste sí, el Breve, se coronó Rey. Y quién le iba a decir a él, con lo contento que estaba, que unas pocas horas después de la ceremonia, se iba a proclamar en España la República… ¡La República Popular China!, naturalmente. Y todo ocurrió de la manera más tonta, ¿te acuerdas, Gurb? Felipe, con la cosa de que era un día especial, y por no estar solo, decidió llevarse a toda la familia y hasta a los criados, las camareras, los jardineros, los palafreneros, los domadores de elefantes, los payasos tristes, los proctólogos alegres, y todos los demás servidores de palacio, y claro, Juan Carlos I, que por cosas de la etiqueta no podía ir, vio el cielo abierto y decidió irse de paseo con una vicetiple de Múnich muy lista que no sólo sabía cantarle alegres fandanguillos en bávaro y darle suaves masajes en el periné, sino que, además, la muchacha sabía que la capital de Madagascar es Antananarivo y otras cosas todavía más difíciles de saber. El caso es que entre unos por una cosa, y el otro por otra cosa, el Palacio de la Zarzuela se quedó abandonadísimo. Y entonces pasó lo que solía pasar en España por esas fechas cuando un local se quedaba vacío: que un chino montó una tienda de todo a cien. Qué cara puso el rey Felipe VI cuando llegó, con su corona y todo, el pobre, y vio que un enorme cartel amarillo con letras rojas anunciaba que aquello ya no era el Palacio de la Zarzuela sino el bazar La Pilila Feliz, regalos, camisetas, zapatos, bolsos, pantalones, juguetes, limpieza, hogar, complementos, bricolaje, diputados… Como se había quedado sin palacio, el rey Felipe no tuvo más remedio que irse al exilio y, lógicamente, se puso a llorar como una magdalena rellena de cebolla. Su madre, Sofía, lógicamente, le dijo eso que suelen decirle las madres a los reyes llorones: «Llora como mujer, lo que no has sabido defender como ornitorrinco». Y la reina Letizia, lógicamente también, aprovechó para comprarse un masajeador de pies para la ducha con piedra pómez incluida para quitar las durezas y callos que sólo costaba tres euros con cincuenta. ¡Una ganga! Y lo que hemos prosperado desde entonces, ¿eh, Gurb? Gracias a la laboriosidad y al espíritu emprendedor que los chinos supieron contagiarnos, se acabó el paro en España y todos comenzamos a trabajar felices veinticinco horas diarias. Qué Revolución Cultural tan estupenda hicimos al prescindir de esos incómodos convenios colectivos que tanto dificultaban nuestro crecimiento económico encareciendo costes y enturbiando las relaciones laborales. Y qué bien nos guió desde entonces el Gran Timonel de la metrópoli, ese partido único que desde la Gran Muralla supo colonizarnos discretamente, siempre con una sonrisa cargada de dientes irregulares en los labios. ¿Recuerdas, Gurb, cómo consiguieron, sin apenas esfuerzo, impedir que los jueces españoles pudieran detener a las autoridades chinas responsables del genocidio tibetano en los años ochenta y noventa del siglo XX? ¡Qué gran visión de futuro la de Mariano Rajoy y su obsequioso gobierno aceptando las recomendaciones del nuevo Líder mundial! Una vez proclamada la República Popular China, dimos un Gran Salto Adelante y cambiamos nuestra obsoleta Constitución por el sagrado Libro Rojo de Mao…

Veinticinco años ya, Gurb, y parece que fue ayer cuando felices por pertenecer a una patria grande y munificente todos comenzamos a inyectarnos azafrán en polvo en nuestras venas para ser un poco más amarillos. Hasta tú, que tan obstinadamente verde eras, con el paso del tiempo vas adquiriendo un cada vez más patriótico verde limón. Feliz, pues, veinticinco aniversario de nuestra República, Gurb.

Tuyo afectísimo:

José Chen Wang Castro Lombilla

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