Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 5, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla / Ilustración: Lombilla

Margarita, está linda la mar y el viento lleva esencia sutil de azahar…

Estimado Gurb:

Permíteme que te llame Margarita. Y no es que hoy me haya levantado poético, no; lo que pasa es que tengo miedo de que nos ocurra como a Pedro J. Ramírez…, y no sé si me explico. Así que, para evitar que el Gobierno retire la publicidad institucional de nuestra revista, y presione además a las empresas del Ibex 35 para que hagan lo mismo, te hablaré en clave. Agudiza por favor tus siete sentidos alienígenas para interpretar correctamente esta carta.

Pues bien, como te decía, Margarita de mi alma, te voy a contar un cuento:

Éste era un rey que tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha del día y un rebaño de elefantes, un kiosko de malaquita, un gran manto de tisú, y una gentil princesita, tan bonita, Margarita, tan bonita como tú. Una tarde, la princesa vio una estrella aparecer; la princesa era traviesa y la quiso ir a coger. La quería para hacerla decorar un prendedor, con un verso y una perla y un Iñaki y una flor. Las princesas primorosas se parecen mucho a ti:

cortan lirios, cortan rosas, cortan astros, prevarican y malversan. Son así.

Pues se fue la niña bella, bajo cuerda y sobre el mar, a cortar la blanca estrella que la hacía suspirar. Y siguió camino arriba, por la cara y más allá; más lo malo es que ella iba sin permiso de papá. Cuando estuvo ya de vuelta de los parques del Señor, se miraba toda envuelta en un dulce resplandor. Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho?, te he buscado y no te hallé; y ¿qué tienes en el pecho que corrompidísimo se te ve?». La princesa no mentía. Y así, dijo la verdad: «Por amor a mi marido fui a cortar la estrella mía a la azul impunidad». Y el rey clama: «¿No te he dicho que el azul no hay que tocar? ¡Qué locura! ¡Qué capricho! El Señor se va a enojar». Y ella dice: «No hubo intento; yo me fui no sé por qué. Por las olas por el viento, por el Nóos fui a la estrella y la trinqué». Y el papá dice enojado: «Un castigo has de tener: vuelve al cielo y lo robado vas ahora a devolver». La princesa se entristece por su dulce flor de luz, cuando entonces aparece sonriendo el Buen Jesús (porque es que era una monarquía muy católica, claro). Y así dice: «En mis campiñas esa corruptela le ofrecí; son mis flores de las niñas que al soñar piensan en mí».

Viste el rey pompas brillantes, y luego hace fusilar a cuatrocientos elefantes a la orilla de la mar. La princesita está bella, pues ya tiene el prendedor en que lucen, con la estrella, verso, perla, plusvalías y flor…

Total, que al final el rey, harto de tanta cursilería modernista, abdicó, se lio con un elefante que había sobrevivido y se fue a Botsuana a cazar alemanas salvajes. Más tarde, claro está, llegó el juez Castro y nos metió en la cárcel a Rubén Darío, por pesado, y, a mí, por esquizofrénico agudo.

Por lo tanto, Margarita, ya que lejos de mí vas a estar, guarda, marciano, un gentil pensamiento al que un día te quiso contar un cuento. En fin, tú ya me entiendes…

Tuyo afectísimo:

José Luis Castro Lombilla

Post scríptum:

Hoy, como podrás comprender, no hay post scríptum.

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