Artsenal, Humor Gráfico, Número 8, Opinión, Xavier Latorre
Comentarios 2

Barra libre

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Un Mundial es una fuente inagotable de deuda ilegítima. De repente llega un organismo podrido, regido por dinosaurios corruptos, y te hace supuestamente el gran favor de designarte para que le montes un festival por todo lo alto. Luego la FIFA, con Joseph Blatter a la cabeza, se hará cargo de recaudar los derechos televisivos. En la inauguración, para quedar bien, sueltan unas palomas para mostrar que el fútbol es el símbolo de algo trascendente. Durante la celebración se suceden los fastos con el máximo lujo posible para demostrarles a los nativos que el castigo divino se extiende más allá de los límites de sus favelas. Cuando se clausure el invento les dejarán los estadios, las autopistas, los metros, las zonas ajardinadas, para que las vayan pagando los brasileños de a pie a cómodos plazos. Quizá no lo puedan ni mantener, y en unos años aquello se transforme en un descomunal monumento al despilfarro premeditado.

Es lo mismo que hizo en Valencia el tío Bernie –el entrañable abuelito albino–, dueño de la Fórmula I. El dichoso Ecclestone, acusado de sobornos y atropellos económicos de todo tipo, irrumpió a toda máquina en medio de una campaña electoral. Le apetecía un circuito a pie de yate, alrededor de una dársena para agasajar a unos ricos con mujeres de alquiler, jóvenes y exuberantes. A cambio les prometía portadas de periódicos y una audiencia gigantesca a nivel mundial (que luego los valencianos haciendo el primo volvieron a pagar por segunda vez a través de la arruinada Canal 9). La FIFA, en este mundial, permite a su anfitrión que además de fútbol cuele algún reportaje promocional de las playas brasileñas, de la historia de la samba o de la afición carioca sonriente en los estadios recién inaugurados. Algún telediario se atreve a mostrar imágenes de las protestas de los que no admiten que les metan un gol por toda la escuadra a su maltrecha economía.

Los que cortan el bacalao futbolístico ya se prestaron a mantener unos mundiales en 1978 en Argentina para mayor gloria de unos militares que en el descanso de cada partido acudían raudos a aplicar la picana a algunos detenidos víctimas de la tortura. Los sádicos generales sonreían en el palco. Un jugador de la selección argentina se negó a jugar con la albiceleste por problemas de conciencia. Nadie recuerda hoy su nombre. Allí, muchos, como si fueran árbitros miopes no vieron nada raro. Había que festejar el gol de uno llamado Matador y basta.

Los mundiales son un mercado de la carne. En las sedes de esa feria internacional se presentan las últimas novedades en goleadores natos. Allí mismo, a la salida de un córner, se liquidan los stocks de jugadores de países emergentes –vendidos por traficantes depredadores– que quieren fichar por uno grande del primer mundo y viajar a Europa en una patera de oro. Son los gladiadores del nuevo circo televisivo que de aquí a unos días se enfundarán otro uniforme plagado de logotipos estampados de compañías aéreas árabes, de países feudales o de alguna multinacional en pleno proceso de expansión. En ese mercadillo ambulante, al que asisten millones de televidentes, se aprovecha todo: los mordiscos, los himnos, el torso desnudo de un hombre anuncio de Madeira, las lágrimas de desolación al ser eliminados, los spots de refrescos, las declaraciones del ídolo caído, la gomina, los disfraces de la peña que pueblan la grada, las novias de los jugadores desfilando por una pasarela VIP, las historias de superación, la inoportuna lesión de una superestrella o la canciller Merkel aplaudiendo el gol de un turco con pasaporte germano…

A Brasil le llevará años pagar ese espectáculo, como a Grecia le hundió en la miseria una Olimpíada a destiempo. La próxima cita será en Qatar, otro pozo ciego de corrupción: una monarquía absoluta que no respeta ni siquiera a sus propios súbditos. Pero todo da igual, ¿cómo vamos a perdernos una prórroga o una tanda de penaltis en el bar de la esquina con los amigos del alma? El señor Blatter nos ha programado el verano y nosotros la mar de contentos. Juguemos todos a creernos que ese gran negocio del Mundial es un deporte sin más.

2 Kommentare

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *