Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 5, Opinión, Tonino Guitián
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A favor de la monarquía

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

Lo más injusto de ceñir una corona real es que el trono sea hereditario. Principalmente, porque el candidato al trono, por mucho que se le llame “candidato”, no puede elegir a sus súbditos ni el país que más le guste, sino que son imperativos impuestos, más por obligación institucional que por verdadera devoción. De manera que no podemos pensar en alegrías cuando a un nuevo monarca le toca la fastidiosa tarea de sufrir la ceremonia de coronación, casi siempre en contra de sus verdaderos deseos.

Demasiado duros con la monarquía han sido los que han hecho chufla de las infidelidades de Don Juan Carlos. ¿Ignoran acaso que sus galanteos se solucionaron por vía diplomática y que, por mucho que se gustaran, la noche de bodas los novios tuvieron que cumplir con su obligación marital por contrato de trabajo, el reinado? En ese momento, la desgana, lo desconocido y hasta una cierta aversión física, se apoderan de la noche de bodas topándose los novios con sus propios demonios en el lecho nupcial. Sin duda Doña Sofía sufrió una especie de violación salvaje de la que, en casi todos los casos, queda el rencor y la repugnancia por el resto de la vida.

Así que por un lado, tenemos como jefes del Estado a personas que quizá hubieran deseado ejercer sus largas carreras aristocráticas eligiendo el cubierto indicado en las cenas de gala de Copenhague y no en Madrid y, por otro lado, sabemos que están abocados a unas estrictas normas contra el desenfreno físico actual, aceptadas y bendecidas tanto por el poder laico como por el eclesiástico, sin contar el poder de Ana Rosa.

Luego está la cuestión del pudridero del Escorial. Es un tema que encuentro detestable ya que el resto de los humanos estamos exentos de pasar por un lugar tan escatológico al que los monarcas tienen que resignarse. Una mujer joven como Letizia sabe, desde que contrae matrimonio, que sus huesos se limpiarán en el mismo lugar que sus antecesoras. No debe ser nada fácil levantarse por la mañana y ponerse guapa, sabiendo que su último destino será ese lugar tenebroso. Sería más llevadero si unas lacayas la maquillaran, pero no, las azafatas ya no maquillan a las señoras, si acaso alguna esteticienne de palacio.

También los monarcas españoles han dado muestra de una alegre predisposición a los deportes. Destacan tanto en ejercicios de equipo –como don Iñaqui– como en competiciones donde es necesario hacer una gran inversión material, un velero o un gran equino. Pero el rango aristocrático siempre empaña sus victorias que no pasan de ser meras anécdotas poco jaleadas por, como dicen despectivamente los franceses, le reste du monde. Tampoco la etiqueta les permitiría alzarse con una victoria que deprimiera a los equipos de otros países sin provocar un incidente de envidia diplomática.

Otro asunto no menos pequeño es la corte española. Creíamos que nos habíamos librado de ella durante el Francisco, pero no, ese reducto de prohombres y promujeres cargados con pesados títulos nobiliarios permanece ahí, sin hacer más caso a las servidumbres de la monarquía que aparecer con vestidos pasados de moda en bodas y funerales, haciéndose ceder el paso en un ascensor por la Reina de Inglaterra o ganándose la vida honradamente como el Conde Lequio, usando esa herramienta de trabajo que tienen los nobles en el interior de una conocida vedette de la pantalla.

Es por eso que nuestros reyes prefieren la compañía de sus primos lejanos en Oriente Medio, Inglaterra o con el club Bilderberg, desafectos de sus parientes más cercanos que reclaman –sólo el ADN podría revelar si lo que aseguran es cierto– que las vaginas de sus madres fueron regadas con esperma ilustre y que eso conlleva alguna compensación comparable con las de las coristas que aseguran tener documentos preciosos sobre actividades más personales de miembros regios. ¡Ignominia, descrédito y destierro caigan sobre ellos si inventan estas historias para aprovecharse de nuestros monarcas y salir en las revistas!

Llegados a tal punto de frustraciones, horrores vitales, ataques envidiosos… ¿no es injusto e intransigente que el hecho de heredar ese complicado título provenga únicamente del azar de haber nacido, por esas casualidades del universo, en el seno de una familia real? ¿No sería más beneficioso para ellos que fuera algo democrático? Los príncipes tendrían el completo respeto de la gente si pusiera la Corona en manos de un referéndum para que los ciudadanos decidamos si los queremos o no como monarcas. Los demás nobles dejarían de conspirar, porque al poner en cuestión la voluntad popular ellos mismo se pondrían en entredicho. La gente común no estaría escarbando en sus vidas íntimas ni buscarían fotos de ellos en pelota picada para su solaz y diversión, porque serían como unas personas más en una playa. Podrían practicar deportes en sus ratos libres y todos celebraríamos sus hazañas como el gol de Pirri. Y no sólo eso, sino que además, la nuevas generaciones no se quedarían con la sensación de que esta institución tan coactiva e indeclinable huele muchísimo a algo parecido a un apaño heredado del franquismo.

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