Deportes, Número 8, Reportaje
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Los goles de la miseria

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♦ Brasil vive la esquizofrenia de un mundial lleno de lujos mientras buena parte de la  población malvive en favelas

                                  Por Redacción de Gurb. Jueves, 26 de junio de 2014

Brasil va ganando sus partidos del Mundial con comodidad y ya huele a campeón, pero el Gobierno brasileño y el presidente de la FIFA siguen en la picota. La distancia entre los hinchas y los manifestantes que participan en las protestas se acentúa cada vez más. Se sintió la adrenalina en las gradas durante el primer partido del torneo que ganó la canarinha, pero el malestar de los brasileños por la deplorable situación económica del país se palpa en las calles. Desde que la FIFA le concediera a Brasil la organización del Mundial en el año 2007, el país oscila entre la euforia y la depresión. “O una de dos, o Brasil queda fuera del Mundial al principio o gana el campeonato”, opina el maestro de deportes Pelé da Praia, que imparte clases de voleibol en la playa de Ipanema.

Bajo el lema “No habrá mundial de fútbol”, desde hace un año activistas protestan contra los altos gastos del megaevento deportivo. Están convencidos de que los cerca de 10 mil millones de dólares que ha costado el Mundial se deberían haber invertido en los sectores de educación y salud y no en estadios y proyectos de infraestructura. Sin embargo, después del primer gol del delantero estrella Neymar algo ha quedado claro: el Mundial llegó a Brasil, aunque transcurre algo diferente a cómo se había planeado.
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Las manifestaciones contra el aumento de tarifas de los autobuses comenzaron en el año 2012 en la ciudad de Natal, capital de Río Grande del Norte, cuando el gobierno de la ciudad anunció un aumento repentino de veinte centavos por pasaje. La primera manifestación tuvo lugar el 29 de agosto y reunió a cerca de 2.000 personas. Esta primera protesta fue duramente reprimida por la Policía. Al día siguiente, 30 de agosto también hubo manifestaciones pero aquella vez no se produjeron enfrentamientos con la policía. Con la presión popular, en septiembre los 6 concejales dan por revocado el aumento de la tarifa del autobús. El 13 de mayo 2013, la municipalidad de Natal volvió a aumentar la tarifa haciendo que la gente volviera a manifestarse en las calles, con enfrentamientos con la policía y detenciones de estudiantes. Desde entonces las movilizaciones han ido en aumento y cada vez son más numerosas.

En lo deportivo, destaca la estrella de la selección brasileña Neymar da Silva Junior. “Neymar ha salvado a nuestro país”, escribió el periodista Ricardo Noblat en su blog para el diario brasileño O Globo tras el partido inaugural. Eufóricamente, citó un fragmento del himno futbolístico del famoso poeta brasileño Carlos Drummond Andrade: “El salto de júbilo del jugador es un triunfo sobre la triste ley de la gravedad”.

El 12 de junio Neymar hizo saltar de alegría a 200 millones de brasileños en el partido inaugural contra Croacia, pero apenas dos días antes una huelga había hecho colapsar el tránsito en la capital del país.

Luces y sombras durante la gala de inauguración. Las demoras en la construcción de los estadios mundialistas y la ampliación del aeropuerto habían suscitado los peores temores entre los brasileños. La rabia acumulada se descargó durante la fiesta inaugural del mundial. Durante 36 segundos la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, y el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, fueron abucheados delante de las cámaras.

También en Río de Janeiro los fans se sumaron al abucheo: “Fuera Dilma”, decía un manifestante en Copacabana, “Si Brasil pierde el mundial, quizá también Dilma pierda las elecciones presidenciales del 5 de octubre”.

Por motivos políticos, algunos manifestantes incluso apoyaron al equipo contrario, algo que causó desagrado a los hinchas de la “seleção”. Cuando en la fiesta al aire libre en Copacabana algunas personas festejaron el gol de Croacia y abuchearon a Neymar, la policía tuvo que intervenir para separar a ambos grupos.

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También en Sao Paulo la Policía tuvo que disolver manifestaciones con el uso de la fuerza. La distancia entre la población y los líderes políticos se acentúa cada vez más. Sindicalistas, miembros de los “sin techo” y del bloque negro marcharon por calles abandonadas y se enfrentaron a los agentes. Una pancarta que colgaba del balcón de una casa resume en pocas palabras lo que muchos brasileños piensan: “La protesta tiene lugar en la urna. Fuera Dilma, sí habrá Mundial”.

Como ocurrió hace un año durante la Copa Confederaciones, los manifestantes repudian los excesivos gastos en las obras del Mundial, estimados en 11.000 millones de dólares, y exigieron redirigir los fondos hacia la sanidad y la educación. Un centenar de personas, muchos de ellas del colectivo anarquista Black Bloc, vestidos de negro y con el rostro cubierto, rompieron señales de tráfico, semáforos y montaron barricadas en llamas en una céntrica avenida. En la protesta, cinco periodistas resultaron heridos según el portal de noticias G1 de Globo.

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En un mensaje a las 32 selecciones nacionales que disputan la Copa, el Papa Francisco, un apasionado del fútbol, manifestó tener esperanza en que “además de la fiesta del deporte, esta Copa del Mundo se transforme en una fiesta de la solidaridad entre pueblos”.

La organización de la Copa representa un enorme desafío para Brasil, que pretende asentar su estatus de potencia emergente y al mismo tiempo espantar de una vez por todas el fantasma del Maracanazo que sufrió en 1950 tras la inédita derrota en la final ante Uruguay.

Pero retrasos en las obras, sobrecostos y promesas incumplidas de infraestructura de transporte han convertido el mundial en una experiencia agridulce.

Muchos imaginaban que el día de la inauguración del Mundial de Brasil 2014, dos años antes de los Juegos Olímpicos Río de Janeiro 2016, el gigante sudamericano iba a encontrarse en un éxtasis económico. La fiesta del fútbol iba a servir para demostrar al planeta el poderío brasileño. Pero no ha sido así. Desde el año pasado, la nueva clase media de Brasil formada por esos 40 millones de personas que dejaron de ser pobres en los 12 años de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), comenzó a protestar en las calles para pedir comer más de una vez al día, aquel anhelo del ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva. Los que critican por derecha e izquierda a la presidenta Dilma Rousseff y a su antecesor, se sumaron a las protestas. En octubre próximo Rousseff buscará una peleada reelección.

Una joven enarbola la bandera de Brasil durante un partido del mundial. Foto Efe

Una joven enarbola la bandera de Brasil durante un partido del mundial. Foto Efe

La economía brasileña ha dejado de ser la estrella latinoamericana. Algunos analistas e inversores financieros ahora promueven a México, sobre todo a partir de las reformas educativa, fiscal y energética aplicadas por el presidente Enrique Peña Nieto. Aunque sigue sin despegar y los índices sociales, que en el último decenio empeoraban (mientras en América del Sur iban mejorando), siguen sin progresar. Al mismo tiempo que el índice de pobreza en Brasil se reducía a la mitad, al pasar de 36 a 18% entre 2005 y 2012, en México se elevaba de 31 a 37 por ciento.

La economía de Brasil crecerá este año 1,5%, según se estima en el informe que esta semana difundió el Banco Mundial. No se logra superar el índice de 3% desde 2010. Atrás quedaron los años dorados de Lula, en los que la economía crecía entre 4 y 6% y con inflación baja.

La Policía brasileña reprime una protesta ciudadana contra el mundial.  Foto Efe

La Policía brasileña reprime una protesta ciudadana contra el mundial. Foto Efe

Mientras tanto, la organización del Mundial no parece ser la solución a los problemas de Brasil, según demuestra la historia de otros países que fueron sede de la Copa.

Pero tampoco es cierto que Brasil ha pasado de ser “o melhor do mundo al pior”. Por lo menos eso opina el economista colombiano José Antonio Ocampo, profesor de la Universidad de Columbia y coautor de un libro sobre la última crisis mundial con el Nobel Joseph Stiglitz: “México y Brasil crecen lentamente, pero a Brasil le ha ido mejor a lo largo de los últimos 20 años, pese a la ventaja de México de acceso al mercado de EE.UU”. Ocampo destaca que el gigante sudamericano ha mantenido su política industrial gracias al apoyo del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (Bndes), aunque también sufrió la subida del valor de la moneda (el real) hasta el año pasado.

Brasil no es un país pobre, pero sí un país con muchos pobres: casi el 30 % de la población sufre necesidades. También es donde más desiguales existen del mundo: durante mucho tiempo se confió solamente en el crecimiento como arma contra la desigualdad, descuidando las políticas de redistribución.

El portero Iker Casillas lanza una pelota durante un partido con el Real Madrid. Foto Marcial Guillén

El portero Iker Casillas lanza una pelota durante un partido con el Real Madrid. Foto Marcial Guillén

Sin embargo, después de 30 años de estancamiento social, entre 1970 y 2000, parece que existen avances alentadores gracias a una combinación de política social innovadora, urbanización de barrios pobres, movilidad en el mercado de trabajo y universalización de la educación.

Los indicadores sociales son concluyentes. Entre 2001 y 2006 hubo un descenso en las desigualdades. La renta per cápita de los más pobres subió del 10 a 11 % según estudios recientes. La pobreza se redujo en casi 10 puntos (de 38,2 % en 2002 a 29,6 % en 2006) lo que supone 11,2 millones menos de pobres.

Un joven durante una protesta ciudadana en Brasil. Foto Efe

Un joven durante una protesta ciudadana en Brasil. Foto Efe

Estos avances se deben no son solo consecuencia de la política social. Una macroeconomía ordenada, con un crecimiento moderado en un contexto de baja inflación, movilizó las fuerzas del mercado incorporando trabajadores al mundo de los ingresos laborales. Para bajar la desigualdad y la pobreza, además de crecer y ampliar el volumen de trabajo, se requieren políticas para que suba la participación en el ingreso de los más pobres. En Brasil el 57 % de los brasileños viven en una familia que recibe algún tipo de ayuda, lo que representa un alto grado de cobertura de la política social. Un 23 % de los brasileños viven en un hogar al que llega el “Bolsa Familia” un plan social puesto en marcha por el gobierno brasileño, el más grande del mundo. Bolsa en portugués significa Beca. El programa Bolsa Familia llega a más de 11 millones de hogares, unos 45 millones de personas. Alcanza a un 25 % de la población con un costo relativamente bajo: 0,4 % del PBI brasileño. Implica transferencias monetarias sin condicionalidades a familias en situación de extrema pobreza (60 reales para quienes no tienen ingresos) y transferencias de 20 reales más por hijo hasta un máximo de tres, a condición de escolarización, vacunas, y chequeos prenatales. El primero (sin condicionalidad) apunta al corto plazo, a la urgencia.

El segundo contempla romper con la pobreza inter-generacional a través de una inversión familiar en salud y educación. Contra las críticas más tradicionales, la evidencia indica que el plan no tuvo impacto negativo en el mercado de trabajo. Los beneficiarios tienen mayor participación en el mercado de trabajo que los no beneficiarios.

Contra lo que se cree, en las favelas no viven los más pobres, sino los trabajadores de clase media y media baja (en la jerga, sectores C y D) que necesitan estar cerca del mercado laboral para obtener ingresos.

Los programas de renta mínima como el Bolsa Familia tienen mucho mayor impacto en el norte del país que en Río, porque allí la pobreza es extrema y el mercado laboral muy débil.

Favelas en la ciudad de Río. Foto Efe

Favelas en la ciudad de Río. Foto Efe

La segunda forma de atacar la exclusión es la urbanización de los barrios más humildes.

Los barrios de favelas más populosas y peligrosas son Rozinha, Morro do Alemao, o Vidigal (con la mejor vista de Río, sobre el morro de San Conrado, mirando a Ipanema, Leblón y el Pan de Azúcar). En ellos es normal encontrarse con retenes de seguridad narcos y jóvenes con armas en medio de la calle, hay una normalización de la violencia. Las favelas están incrustadas en Río, muy cerca de las más famosas playas, y viven en ellas cerca de millón y medio de personas, el 30 % de la población de Río.

Leo Messi. Foto Efe

Leo Messi. Foto Efe

Un economista de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), Jürgen Weller, explica por qué Brasil crece poco: “Tiene problemas estructurales, muchos cuellos de botella. El país no ha solucionado si lo resolverá con inversión pública o privada. La pública sola no alcanza. El modelo que llevó al crecimiento de Brasil en la década pasada ya no tiene impulso. El empleo no crece, el salario ya no sube tanto, el crédito crece menos, con lo que la demanda interna, que fue el motor del crecimiento, se debilita”. También es cierto que el desempleo sigue bajando, pese a todo, hasta el 4,9%. Sin llegar a la escasez de divisas de la Argentina y Venezuela, Brasil también sufre la suya porque la mayor demanda de los años anteriores elevó las importaciones.

Uno de los efectos concretos de la Copa del Mundo en la economía brasileña podría ser precisamente un aumento del consumo en este mes de certamen, entre la llegada del turismo extranjero y el entusiasmo que suele generar un espectáculo así en el público local. Claro que esta vez muchos brasileños sorprenden al mundo con su oposición al show del fútbol. Además, la influencia puede resultar negativa en cuanto a la caída de la productividad. “El impacto de la Copa del Mundo en los días laborales, el sentimiento y el consumo de los hogares es un comodín para la actividad del segundo trimestre”, señala un informe del banco JP Morgan.

Un estudio específico de otro banco, Goldman Sachs, sobre el Mundial concluye que los países que han organizado la Copa han crecido en los cuatro años anteriores al certamen a un promedio menor que Estados Unidos, tomado como referencia al ser la primera potencia global, y muchos menos que los países que iban a resultar campeones en el torneo. Al parecer suele darse la casualidad, o no, de que los países que terminan dando la vuelta olímpica habían tenido un incremento de la renta per cápita mayor al norteamericano en esos cuatro años previos. De ser así, entonces la verdeamarela no debería consagrarse este año.

Manifestación de jóvenes antisistema en Río de Janeiro. Foto Efe

Manifestación de jóvenes antisistema en Río de Janeiro. Foto Efe

Goldman Sachs también identifica algunas relaciones entre el índice bursátil de los países campeones, subcampeones y anfitriones. En el caso de los primeros y los locales, tras los últimos mundiales en general han subido las acciones en el primer mes posterior al campeonato, quizá por el efecto de entusiasmo que genera la victoria o el orgullo de organizar un espectáculo semejante ante la mirada del planeta.

En cambio, en los países que pierden la final del Mundial suelen caer las acciones no solo en el primer mes sino en el primer año posterior a la derrota. Si es por la desazón o no de los inversores, muchos de ellos fanáticos del fútbol, no se sabe. Pero parece mejor para la política y la economía de Brasil que no vuelva a ocurrir otro Maracanazo.

Pese a las quejas de ciudadanos brasileños de que la inversión pública en la organización del Mundial podría haberse destinado a otros fines sociales, la consultora Deloitte destaca en un informe el impacto positivo en la economía. Calcula que se inyectaron 63.000 millones de dólares entre 2010 y 2014: unos 50.000 millones por un aumento de la producción de bienes y servicios y 2.000 millones por el turismo. Es decir, que el PBI de 2010 aumentó 2,1% por la Copa desde entonces hasta ahora. “La Copa del Mundo de Brasil significa para el país la modernización de su infraestructura, mejoras en la hotelería, mejoras en los servicios aeroportuarios, de redes viales, de telecomunicación y otras que modificarán la forma de vida en las ciudades anfitrionas principalmente”, destaca Deloitte.

¿Eso alcanza para dar ritmo a la economía de Brasil? Sigue siendo el país latinoamericano que capta más inversión extranjera directa de la región, por su mercado interno gigante, pero también por su potencial exportador. Sin embargo, el país parece que no termina de despegar.

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