Cipriano Torres, Número 1, Opinión
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Yo también tuve una caja B

Por Cipriano Torres

Nunca creí que las cartas que recibía de mis amigos en vacaciones, cuando el verano en el pueblo se hacía insoportable sin ellos, sin aquellas charlas tirados en la yerba, mirando los fulgores de Córdoba en la lejanía, fumando los primeros cigarrillos, con la conciencia pidiéndote explicaciones porque deberías de estar estudiando el examen de mañana, que para eso te viniste de Granada a la Laboral, terminarían un día atadas en fajos de sentimientos. Creo que jamás volví a leer aquellas cartas, pero sabía que tampoco podría tirarlas porque eran cachos de mí, retratos de un instante, y que si algún día juntábamos la cara A que yo recibía de mis amigos con la cara B que ellos iban acumulando con las que yo les mandaba formaríamos el puzle de aquella época de tanto vaivén, de nuestra juventud convulsa, de los primeros titubeos como escritor.

De eso hace muchos años, agigantados por una memoria apenas indomable que convierte las cosas, las personas, lo que pasó o no pasó, y lo que te gustaría que hubiera pasado, en colas de lagartija que tú, según convenga, pones o quitas. Pero en lo escrito apenas hay margen para el error, aunque sí para la interpretación. Quiero decir que un día, en una de esas visitas a la casa de mis padres, husmeando en mi habitación, en la parte de arriba del armario, en vez de encontrar lo que buscaba encontré lo que tenía que encontrar, igual que una noche, buscando lectura, me acerqué a la estantería y la mano se fue como guiada por una corriente de aire al lomo de Cien años de soledad, libro que había intentado leer sin éxito en al menos tres o cuatro ocasiones, las mismas que volvía a su lugar con una sensación de derrota hasta que esa noche, con el libro en la mano, se me erizó el pelo sabiendo que había llegado el momento de Gabriel García Márquez, y me bebí aquel prodigio como aún me bebo los arrastrados versos de miel dura en la voz de Leonard Cohen, encogido y feliz.

Era una caja de cartón duro de color violeta. Ni siquiera la recordaba. Mientras la abría supe que las cartas que había dentro, atadas por lazos y por veranos, estaban allí y no en mi casa de Madrid porque era en verano cuando nos escribíamos los amigos que nos separábamos esos meses. Me senté en la cama, quité la tapa, desaté uno de los nudos y abrí una de las cartas. Al instante reconocí aquella caligrafía, aquellas mayúsculas que sabían a letra antigua de amanuense ensimismado, y al instante, como si acabara de recibirla, me convertí en el joven que entendía de qué se hablaba allí como si de nuevo fuese la respuesta que esperaba a mi carta enviada hacía unos días. La cerré de inmediato. No quise seguir leyendo, ni esa ni otras. Sólo vi los remites, el nombre de quienes en aquel momento tanto fueron para mí y hoy, salvo un puñado que aún permanece a mi lado, se esfumaron en la memoria. Había nombres que no acerté ni a ubicarlos en el tiempo. Pero ni así se me ocurrió romper aquel tesoro. Era una cara de mí, justo la que apenas ve uno porque es la que ven los demás. Até las cartas de nuevo, cerré la caja de nuevo, y volvió a su lugar, encaramada al armario de mi habitación en la casa de mis padres.

De nuevo me olvidé de la caja y de las cartas con el paso de los años. Hasta que un verano, cuando vi que mi cuarto estaba lleno de trastos y bolsas acumuladas para despejar otras habitaciones, me acordé de ella. Palpé arriba, en el armario. Nada. Cogí una silla y me subí para ver mejor. Nada. Mamá, ¿dónde está la caja que tenía en el armario, con mis cartas?, pregunté, pero tuve la sensación de que mi voz apenas bajaba las escalaras, atravesaba el pasillo, y llegaba a la cocina. Bajé yo. Sorprendida, como si le preguntara por la momia de Tutankamón que teníamos emparedada desde hace siglos, me miró, apretó los labios, movió la cabeza y me hizo saber que ni sabía de lo que hablaba. Se lo volví a explicar, ahora con detalles, hasta que algo parecido a una repentina lucidez le vino a la boca. Las quemó tu hermano.

No dije nada. No pude decir nada. Me agarroté. Seguro que con el despliegue de gestos que acompañan a estas tragedias particulares, mirada fija, espantada, boca lela, con el labio flojo, y sin saber si gritar, darme cabezazos, o buscar al cabrón de mi hermano y rematarlo a balazos gritando para que todo el mundo supiera de su corazón perverso y retorcido. Es que había que limpiar, me dijo el simplón sin darle importancia. Me desalmó. Y no lo maté. De hecho, todavía vive.

Así que no se ponga chulito el PP. Yo también tuve una caja B.

En Villanueva Mesía, Granada, cuando el sol a esta hora de la tarde dora el lomo de los chopos

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