Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 4, Opinión, Tonino Guitián
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Viajar

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

El progreso consiste en crear dificultades, para después tener la molestia de resolverlas. El progreso consiste en instituir la indisolubilidad del matrimonio, para luego inventar el divorcio. Los más retrógrados y amantes de las prohibiciones y consignas conseguirán que el divorcio sea ilegal para estabilizar la sociedad, en vez de ilegalizar el matrimonio. De esta manera obtienen a miles de personas viviendo a disgusto e inventando cualquier tipo de truco para evitar una convivencia imposible.

Cuando vivía en pensión en Madrid, mi patrona era una anciana francesa que había pasado la primera guerra mundial en Alemania, siguiendo a un joven amor que conoció en Niza. Vivir con un documento histórico te enseña muchas cosas. Me dijo que en aquella época no se necesitaban papeles ni había que pasar controles para cruzar la frontera. De todos modos, la frontera entre Alemania y Francia siempre ha sido muy poco clara, moviéndose según uno de los países tuviera tiempo y dinero para conquistar unas tierras u otras. Ninguna frontera, en realidad, ha estado muy clara si no la acompaña un accidente geográfico lo suficientemente importante como un mar o una cordillera. ¿Asombrado por este hecho? ¿Te preguntas cómo se respetaban entonces las fronteras? Supongo que siguiendo una vieja norma de convivencia que dejó de existir cuando se inventaron los ascensores: neutralizar al vecino. Ignorarlo y hacerte ignorar, para evitar lo que los antiguos llamaban “Acérrima proximórum odia”, los terribles odios entre gentes cercanas. Terminados los derechos, terminados los deberes. La gente pasaba de un lado a otro y la realidad iba nivelando la existencia de ambos países. Francia fue un país donde se necesitó mucha gente de fuera para modernizarse y crecer, y entre mucha gente de todo tipo, les entró también un Modigliani de Italia, un Van Gogh de Holanda o un Picasso. Pero una frontera no es una solución, es un nuevo y grave problema. En las casas de vecinos vuestros niños, “que son unos ángeles y parecen principitos”, traban amistad fulminante con los niños, “gentuza”, de los demás. Pero como terminarán por pelearse todo vuelve a la normalidad, dejando la convicción a vuestros vecinos que no se puede congeniar con tus hijos porque son “gentuza”. Separados por alguna valla o por guardaespaldas, esos niños se hubieran odiado sin necesidad de conocerse. Esa manía de querer regularlo todo es la que aviva la imaginación de que detrás de las fronteras de algunos países existe la felicidad total. No se puede poner en duda que en algunos países cuesta menos morir de hambre o de enfermedades, pero hambre ha habido en todas las épocas y los éxodos se realizaban con un protocolo distinto que no se sabe si es desesperación o ignorancia. Lo que sí nos ha quedado claro es la crueldad de determinados países, que abogan por la colocación de navajas en las alambradas o por aplaudir al casposo locutor de radio que asegura que con el Islam no se mete nadie porque no se atreven mientras que el cristianismo está siendo atacado con fobias irracionales. Tales refinamientos de pensamiento sólo pueden cristalizar después de muchos años sin haber tenido que salir de un radio de cincuenta metros, ni para buscar trabajo, ni para disfrutar conociendo los modos de vida de los demás, detrás de una valla que protege y mantiene intacta la imbecilidad propia disfrazada de algo que maquilla casi todos los defectos y que se llama orgullo patrio.

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