Artsenal, Humor Gráfico, Número 4, Opinión, Xavier Latorre
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Vampiros

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

En Europa han germinado las propuestas neonazis. Aunque los protagonistas de este remake cinematográfico lo nieguen explícitamente todos pescan en el mismo caladero. En sus redes capturan a catetos apaleados por la crisis que creen que sus problemas económicos se derivan de una beca de comedor al hijo de un inmigrante. Olvidando que, por ejemplo en España, con el rescate del agujero provocado por Miguel Blesa en Bankia podría comer gratis su hijo durante toda su vida.

El recuento de votos en la UE ha sido una pesadilla, ha sido como hacer un censo de estúpidos descerebrados. Esos tipos creen que la culpa es del que llegó hace años a trabajar sin hacer ruido porque nos interesaba comprarle su mano de obra barata, venderle el piso de segunda mano por el triple de su valor, endosarle el coche viejo, contratar a su mujer de chacha a precio tirado y escolarizar a su hijo pequeño en medio de la nada para que no cerrara el colegio de un pueblo chiquito. Ahora los servicios prestados se pagan no sólo dejándolos encerrados en casita sin curro y atiborrados de deudas, sino también demonizándoles. Al parecer, ellos son los culpables de todo y no el que ha dejado aparcado su dinero en Suiza. Con esos impuestos su hijo desempleado tendría derecho a una jugosa beca y él mantendría cerrada esa boquita que no cesa de insultar al vecino nacido en otro sitio.

La crisis ha abonado el terreno. El estercolero ha sumado nuevas hectáreas. En Francia gana la hija de un neonazi que dice que el señor Ébola –el apellido de un virus– les ayudará a controlar la inmigración. En Dinamarca también vencen unos indeseables que incluso se permiten insultar a sus vecinos suecos por mostrarse tolerantes. Más abajo, unos alemanes han obtenido un eurodiputado diciendo que el continente europeo es blanco, lavado con Persil. En Grecia, los de Amanecer Dorado mantienen una de sus principales sedes en la cárcel donde viven recluidos por angelitos. Los racistas fineses, que han sacado menos de lo esperado, añaden a sus fobias al musulmán a los homosexuales. El líder de la potente extrema derecha holandesa habla de Eurabia para meter el miedo a una población que teme toparse con un fontanero magrebí que le soluciona una avería, mientras respira aliviado al ver cómo un defraudador fiscal con corbata le birla los ahorros. Los integristas húngaros han pedido un registro de los judíos en la administración con la peregrina excusa de la seguridad nacional. En Austria, el líder del FPO, dice que no es racista porque come kebabs con una mano, mientras con la otra agita a las masas hacia el odio étnico. Y en el Reino Unido, la culpa de todo la tienen los inmigrantes incluso de la UE, por eso se plantea salirse de ella. Están hartos de que españoles e italianos les trabajen casi gratis.

En nuestro país tenemos un amplio catálogo de medidas populistas contra esa “gentuza”: intimidación al extranjero, autoexclusión de la sanidad, complejo de culpa y, guerra sin cuartel a las políticas de integración. Para un político es más rentable inaugurar un kilómetro de AVE que atender debidamente a un kilómetro de sin papeles enfermos: lo han denunciado un centenar de ONG y asociaciones. Nuestro mundo prefiere mirar las ofertas de Media Markt que cubrirle las espaldas a un enfermo crónico. Ahora el ministro de Interior, que reza en el Valle de los Caídos por la salvación eterna, va a condenar a los sin papeles a no poder hablar siquiera desde los locutorios con sus familias. Ello podrá facilitar las redadas masivas, y las consiguientes expulsiones. En Valencia, un repugnante exconseller de Inmigración acaba de ser condenado por embolsarse fondos destinados a la Cooperación Internacional. A eso se le llama solidaridad con uno mismo.

En Inglaterra, que lo sepan los que menosprecian al inmigrante, nuestros hijos deambulan por cocinas inmundas fregando platos. Hablan en cámara lenta, excepto cuando lo hacen con sus padres para disimular; están a punto de quebrarse, tras currar más de diez horas seguidas; sueñan con escapar pero a otro sitio, porque creen que en España no les quieren e incluso les han dejado sin médico de cabecera. Se han convertido en los propios fantasmas de sus compatriotas necios: son inmigrantes, “unos holgazanes vampiros que nos chupan la sangre. ¡Habrase visto!”

 

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  1. Adrián Silvestre dicen

    Si alguien en un país que no es el suyo, que tiene que aprender tu lengua, tus costumbres, tu burocracia, sin amigos, sin ayuda , sin recursos , te “roba el trabajo” es que de verdad tienes un problema.

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