Humor Gráfico, Ivanper, Número 4, Opinión, Ramón Marín
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Unos que vienen

Por Ramón Marín / Ilustración: Ivanper

El gran filósofo existencialista Julio Iglesias esbozó en el último tercio del siglo XX la teoría circular de la humanidad, sintetizada en la idea central de que unos vienen y otros ya se van, que pronto adquirió notoriedad en los círculos universitarios mundiales. Aunque, en primera instancia, pudiera cavilarse que el pensador en cuestión trataba de indagar en la esencia de la condición humana, en el sentido de que la vida sigue igual a pesar de las vicisitudes que el individuo afronte, una lectura sosegada de la obra cumbre de Iglesias revela la hondura de su preocupación intelectual por los procesos de la inmigración, por el transcurrir por el mundo en busca de horizontes perdidos donde la vida se haga tan soportable como feliz. En ese proceso deductivo, se infiere que quienes vienen son los que llaman a la puerta de Europa, quienes buscan en nuestra miseria social un poco de esperanza que llevarse a la boca. Los que se van serían los nuestros, que ya no encuentran ni las migajas en el territorio maldito de la crisis y deambulan por otras tierras de progreso donde se farfulla inglés, noruego o alemán.

El pensamiento de Iglesias (Julio, que no Pablo) arranca con la sublimación de lo obvio: “Unos que nacen, otros morirán. Unos que ríen, otros llorarán”. El individuo se presenta en la vida que otros dejan y lo hace sin saber que será el relevo de quienes han construido el mundo en el que vivirá y, por lo tanto, tiene un compromiso por continuar su legado. Nacemos a la vida sin saber qué es la vida, como si fuéramos “agua sin cauce, río sin mar”. Ahí es donde reside la fuerza primordial de este filósofo maltratado por la historia. La vida nunca puede ser igual para quienes disfrutan de “penas o glorias, de guerra o paz”. La segunda idea-fuerza que se advierte es la de que “siempre hay por quien vivir y a quien amar, siempre hay por qué vivir, por qué luchar”. Analicemos el detalle y comprobaremos que lo que nuestro filósofo pretendía señalar es que hay un sentido en la vida, aunque no lo advirtamos tan a las claras, siempre hay una consecuencia a lo vivido y “al final, las obras quedan, las gentes se van”. He aquí la almendra del debate. El eminentísimo filósofo deja clara la vocación del sujeto por dejar su huella en la historia (las obras), aunque las circunstancias de la realidad le impulsen a abandonar ese proyecto y marcharse adónde sea para alcanzar el estado de la felicidad efímera. Las gentes se van allí donde el futuro sea menos intempestivo.

La teoría elucubrada por Iglesias apunta la idea de la transitoriedad, de que estamos en el mundo como de chiripa y tenemos una razón para encontrar una respuesta en los demás a nuestros deseos vitales. Estamos hoy aquí, pero mañana quién sabe dónde comeremos la sopa. Creemos estar anclados a la tierra y ser propietarios del suelo que pisamos, que algunos prepotentes denominan nación, y no percibimos que esa tierra y ese suelo son una cesión de la naturaleza que disfrutamos en usufructo hasta el día del Juicio Final. Ponerle puertas al Norte solo sirve para que el Sur anhele derribar las murallas de la fortaleza para disfrutar el bienestar que, hasta hace apenas un cuarto de hora, disfrutábamos como socios privilegiados del primer mundo.

La última parte del trasfondo de la filosofía iglesista refleja, sin embargo, la pesadumbre de la civilización moderna por los ideales brumosos del éxito y del fracaso. “Pocos amigos que son de verdad… Cuanto te halagan si triunfando estás, y si fracasas, bien comprenderás: los buenos quedan, los demás se van”. ¿Necesariamente son mejores quienes se atornillan a la tierra?, ¿por qué se van los que se van si lo bueno está aquí?, ¿se van por considerarse inferiores o por espíritu aventurero, como proclaman las huestes de Peperolandia? Este filósofo de tres al cuarto más valdría que se dedicara a cantar al amor en la oreja de las pijas cuarentonas. Me da a mí que ganaría más parné.

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