Humor Gráfico, LaRataGris, Número 4, Opinión, Rosa Palo
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Uno de los nuestros

Por Rosa Palo / Ilustración: LaRataGris

Miércoles tarde. Mientras yo escribo la columna, Maya trastea en la cocina. Después, Maya sube a planchar ropa. La oigo tararear algo de Chopin cuando la emprende con el cuello de las camisas, porque Maya es (era) profesora de música. Pero, para poder vivir, hace ya mucho tiempo que sustituyó el piano por la plancha.

Maya salió de Rusia en busca de algo mejor para ella y su familia, porque cualquier cosa era mejor que la miseria. De vez en cuando me cuenta cosas de su país, de su familia, de las ilusiones que tenía, del miedo a empezar de cero, de cuánto le costó aprender español. Maya y yo nos llevamos un año y una vida entera de diferencia. Pero esa diferencia puede acabar en cualquier momento, porque mañana puedo ser yo la que se largue si nos quedamos aquí sin trabajo. Porque después de estudiar, de trabajar, de haber sido buenos chicos, de haber hecho todo lo que nos han dicho, algunos se han quedado sin nada. Porque hoy nadie nos asegura que no seamos uno de nosotros el que tenga que cambiar de lengua, de oficio, de vida, que no sea uno de los nuestros. Y ya hay muchos de los míos (demasiados) que han tenido que volver a empezar en un lugar diferente. Una aventura sin un ápice de romanticismo ni de heroicidad, que la emprendes con el único fin de intentar sobrevivir en otro lugar porque no puedes hacerlo en tu país. Como Maya. Como tantos otros.

Maya sigue planchando y yo hago un alto en la columna para ver las noticias. Leo: “Unos 500 inmigrantes acceden a Melilla tras saltar la valla en una de las mayores entradas”. La misma información que leí hace unos días, la que volveré a leer dentro de unos pocos más. Da igual: todavía no se han enterado de que ni los muros ni las cuchillas pueden contener el hambre. Ni tampoco se han dado cuenta de que la valla ya no se salta en una sola dirección. Pero no se preocupen, que dicen ellos que es bueno que los españoles salgamos al extranjero, que irse al extranjero enriquece. Por favor, cuéntenme, o mejor, cuéntenles a los que se han ido dónde está el enriquecimiento. Sí, es muy enriquecedor cambiar una licenciatura por trabajar limpiando baños, cambiar una casa por una habitación compartida con dos desconocidos, cambiar una comida en familia por un plato de guiso en el comedor social, cambiar un domingo con los niños por un paseo solo en una ciudad fría y antipática. Tan enriquecedor como tener una soga al cuello.

Ahora hay otro monte Gurugú en los Pirineos. Pero ellos no lo saben porque nunca lo cruzan, sólo lo sobrevuelan. Y, cuando nos ven desde ahí arriba, las personas les parecemos hormigas.

 

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