Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 3, Opinión, Tonino Guitián
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¿Unas gachas, don Miguel?

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

La gente asume dos formas de viajar: informándose de las costumbres del país que visita o imponiendo su personalidad sin complejos. Los españoles estamos acostumbrados a recibir la visita de esta segunda modalidad y gracias a ello hemos modernizado nuestras costumbres adaptándolas a nuestro particular atavismo; por ejemplo: en un campo nudista alemán, difícilmente encontraríamos esa enorme cantidad de pajilleros que pululan en las playas nudistas hispanas. Nosotros somos así, modernos pero sin abandonar nunca nuestra condición de atrasados cavernícolas, algo que nos encanta mostrar con orgullo.

Decía Segre que los distintos temperamentos en Europa se podían medir mediante los avisos colocados en varios idiomas bajo las ventanas de los viejos trenes internacionales. El categórico “Nicht hinauslehnen” destinado a los habitantes de un país que ama las órdenes. El ruego –no prohibición– del “Prière de en pas se pencher” desde el que se contemplan tres siglos de galantería y savoir-faire y el consejo de “te aviso que te romperás el cráneo, crearás un problema a la compañía ferroviaria e interrumpirás la paz del paisaje con un chorro de sangre”. El básico “E pericoloso sporgersi” y basta porque eres de un pueblo demasiado inteligente y emotivo para que yo te explique los 754 casos que pueden presentarse si asomas tu mística cabeza fuera de la ventanilla. En español no existía, primero porque los trenes internacionales se detenían en nuestra frontera y, seguramente, por la inutilidad de impedir a un español que haga su real gana.

Nuestra condición de alegres pajilleros despreocupados que despreciamos las precauciones que toman los habitantes de otros países europeos nos ha llevado, con gran regodeo, a exportar a Europa personajes como el modernísimo Rodolfo Chikilicuatre. Y si ese señor con tupé y guitarra de juguete puede competir en musicalidad en un certamen internacional, ¿qué motivo en la Tierra puede impedir que probemos con Cañete? Él sabe que los distintos raciocinios no chocan entre sí. Sabe que en Alemania puedes decir que Nuremberg fue una monstruosidad jurídica, que la inflación del marco fue un engaño universal o que Merkel es más fea que Ribery, porque te darán la razón y te preguntarán si en España hay necesidad de prismáticos, maquinaria pesada y te pedirán algunas tarjetas de visita. Cañete viaja a Europa con sus avanzadas ideas feministas que le obligan a la galantería de quedarse sin palabras ante una mujer, aunque esté debatiendo con ella a vida o muerte por la supremacía de su muy cuestionable partido. No es un fanático; metido de lleno en empresas propias cuyas alargadas sombras llegan hasta el paradisíaco Luxemburgo, acude disfrazado de funcionario al que se le ha encomendado una misión patriótica, es decir, de dinero, armado con un pequeño cañón de juguete. Le podríamos encontrar en cualquier circunstancia racial hispana que se precie: comiendo las gachas de Cela, paseado por su chofer, caminando por la playa enfundado en un Meyba, acomodándose el cinturón y los genitales, jugando al mus en el casino, durmiendo la siesta en su despacho, asombrándose de que en Grecia aún se bautice a las mujeres Afrodita. Los fotógrafos se darán bofetones para sacar su artística foto junto a cualquier funcionario europeo, porque Cañete es fotogénico a rabiar. Es un Panzer IV de color azul, dispuesto a sentarse en cualquier sillón del parlamento sin complejo alguno. Vino para quedarse, y permanecerá entre nosotros en ese sinfín de pasillos por donde circulan los políticos de pro, esperando un hueco; y si no lo encuentra, para permanecer sentado en nuestro subconsciente colectivo hasta que un psiquiatra nos lo quite de encima.

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