Alaminos, Humor Gráfico, Número 4, Opinión, Paco Sánchez
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Un café con leche para Suli

Por Paco Sánchez / Ilustración: Jorge Alaminos

Sentado frente a un viejo vagón de mercancías apuraba un cigarro de liar y rumiaba nuestra derrota. Suiza no era para nosotros. Estaba claro que no nos querían allí. Nuestros sueños se habían derrumbado. Tras varias semanas recogiendo albaricoques en la Provenza francesa, donde nos trataron bastante bien, habíamos desembarcado en Martigny, haciendo autoestop y como polizones en los trenes, buscando ganar unas perrillas en verano para poder afrontar el siguiente curso en la universidad. Nos sentíamos parias. Algunos patrones nos miraban con desprecio y luego nos invitaban a irnos con un gesto de asco. Otros nos decían que si no teníamos una vivienda para alojarnos no nos iban a dar trabajo, pues no querían gente en su finca durmiendo al raso o en tienda de campaña. Otros nos mandaban directamente a la mierda y nos amenazaban con echarnos a la Policía. Pero lo que más nos dolía eran nuestros propios compatriotas que, afincados desde hacía muchos años en Suiza, nos trataban como locos e ilusos y nos conminaban a volvernos a España. Sí Gurb, lleva razón el dicho: puedes olvidar lo que te dijeron, puedes olvidar lo que te hicieron, pero no podrás olvidar cómo te hicieron sentir.

La tarde agonizaba en el Valais suizo, con sus picos espectaculares y arrebolados por el sol vespertino. Cabizbajos y sedientos entramos en un bar. Una camarera portuguesa nos oyó mascullar pestes sobre los suizos y sobre nuestras cuitas. Al momento apareció con tres enormes jarras de una bebida refrescante y nos dijo: “Ánimo, os invito yo”. Por fin una mano amiga, una palabra amable. Bebimos como camellos aquel líquido bendito y pensamos cómo podíamos corresponder al maravilloso detalle de aquella chica. Yo salí del bar y robé una rosa roja en el jardín de una casa de cuento de hadas, mientras mis compañeros intentaban escribir en mal portugués un mensaje de agradecimiento.

Allí, en la barra, dejamos nuestro improvisado regalo y desaparecimos. Los días siguientes, ya en Francia otra vez cogiendo melones y plantando fresas, a veces me despertaba imaginando la cara que habría puesto la joven portuguesa al ver la rosa y la nota.

Esas cosas no pasan en mi planeta, terrícola, entre otros motivos porque allí nadie es extranjero. Si estás allí eres uno más y punto. Nunca podré entender bien el concepto extranjero.

Gurb, ¿sabes cuál es una de mis canciones favoritas? Supongo que no. Es Le Métèque, de Georges Moustaki. En español sería El extranjero. En la antigua Grecia meteco significaba simplemente extranjero, pero la palabra no tenía el sentido peyorativo que tiene hoy día. Los metecos no eran considerados ciudadanos, pero en Atenas podían quedarse toda su vida y prosperar, mientras que en otras ciudades, como Esparta, se practicaba generalmente la xenelasia, expulsión general de extranjeros.

Vaya, pues una de mis canciones preferidas en España es El emigrante, de Juanito Valderrama. La oí el otro día en la radio. Ya sabes: “Cuando salí de mi tierra volví la cara llorando, porque lo que más quería atrás me lo iba dejando”.

Bueno Gurb, a lo que iba. En España y en Europa en general somos más Esparta que Atenas, y da igual el partido que gobierne, sea rojo o azul, sea rosa o gaviota. Ahora tenemos como ministro del Interior, que es el manda en esto de la inmigración, a un señor al que le gusta más poner medallas a las vírgenes que intentar comprender por qué tantas personas se juegan la vida cruzando el estrecho de Gibraltar. A Jorge Fernández Díaz, que así se llama, le conmueve más leer un librito que se llama Camino, que no dice más que chorradas, que ver a inmigrantes sajados por las cuchillas que ha ordenado poner en las vallas de Ceuta y Melilla.

Pues entonces, terrícola, ¿por qué no lo mandáis a Suiza una temporada a buscarse la vida con lo puesto, con una mochila y un saco de dormir? A lo mejor volvía a España con otras ideas. No sé, eso de pasarlo mal fuera de tú país tiene que remover un poco la conciencia.

Ya lo sé. Pero seguro que si alguna vez se va fuera de este país será para irse a Bruselas con más de 8.000 euros al mes en el bolsillo, más dietas. Yo me conformaría con que se tomase un café con un inmigrante subsahariano y le escuchase. Hace unos días, estaba yo tomándome una cerveza en un bar y se me acercó un chico senegalés vendiendo baratijas. Le dije que no quería nada. Luego me pidió por favor si le podía invitar a un café con leche. Tras tomárselo, le pregunté si había comido y me dijo que no. Mientras se comía un plato de ensaladilla no paraba de repetir la misma frase: “La vida es muy difícil”. Luego se llevó la mano derecha al corazón y me dio un abrazo enorme. A veces me despierto por las mañanas pensando en Suli y cuando veo a mi hija desayunar me pregunto si ese día podrá tomarse su café con leche.

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