Chema Gil, Dani García, Humor Gráfico, Número 1, Opinión
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Sufrir la corrupción en silencio, como las hemorroides, y sin Hemoal

Por Chema Gil / Viñeta: Dani García-Nieto

En España la corrupción, además de ser sistémica –es decir, una conducta amparada, impulsada y protegida por la casta política, judicial, financiera y mediática– está bien vista por una importante porción de la sociedad. Sí, buena parte de la ciudadanía tiene unas tragaderas inabarcables. Si nos fijamos en la Comunidad Valenciana observamos que, pese a las informaciones publicadas durante años sobre las conductas en las que han incurrido los políticos, la mayor parte de esa sociedad ha seguido votando a tales individuos y al partido político que les ampara. Al renovar la confianza en las urnas, estos tipejos se han sentido avalados por sus conciudadanos, por aquellos que en cualquier sociedad decente y con vergüenza los debiera haber puesto fuera de las instituciones. Así, al final, quienes han sido puestos fuera de circulación han sido algunos periodistas que denunciaron la mierda en la que –los políticos, los partidos y sus palmeros– habían convertido las instituciones valencianas. En la Región de Murcia ocurre exactamente lo mismo, por cierto, ambas regiones gobernadas durante lustros por el Partido Popular. Ya sé que decir que los ciudadanos son cómplices de los corruptos no es políticamente correcto, pero hay que decirlo sin pelos en la lengua; la mayoría de valencianos y murcianos –como en otras regiones con situaciones similares– han demostrado en los procesos electorales que les gusta tener corruptos gobernándoles en determinadas instituciones.

En Murcia acabamos de cambiar de presidente, Valcárcel se va a Bruselas (sólo espero que allí no gestione nada porque ha dejado su región hundida); pues bien, su sustituto, un señor de bigote que se llama Alberto Garre, es de los que cuando se han denunciado irregularidades en la gestión pública de su propio municipio, cometidas por sus compañeros y amigos de partido, se ha entregado a la defensa de los mismos y a insultar a los periodistas que investigaban la cuestión… tiempo llegará –en breve– de que se conozcan más cosas de Alberto Garre, nuevo e inefable presidente murciano.

Desde los partidos políticos y entidades del sistema, cuando el escándalo es tan mayúsculo, están obligados a decir algo; en definitiva, cuando son pillados con el carrito del helado, sueltan siempre una verborrea barata y vacía con discursos tales como “vamos a declarar públicamente nuestro empeño en propiciar una política franca, que permita hallar un marco previo, que garantice unas premisas mínimas, que facilite crear los resortes que impulsen un punto de partida sólido y capaz (…)” y bla, bla, bla (Serrat en Algo personal).

España es país de corruptos y de ciudadanos que los aplauden y el ejemplo lo tenemos al observar cómo muchos de los medios de comunicación tradicionales –sus directores y gestores– son cómplices por haber callado, disimulado y hasta ocultado lo que sabían, a cambio de cuatro perras o por compartir saraos y fiestas. Muchos jueces y fiscales son cómplices, unas veces porque han preferido no llevar casos así, en otras ocasiones por investigar insuficientemente y otras por dejarse llevar por su ego y simplemente buscar titulares y cámaras, para luego eternizar investigaciones en las que, a lo peor, entran en el mismo saco culpables o inocentes a los que se mantiene, durante años y años, sin sacar nada en claro, corrompiendo –así– la más mínima idea de una justicia justa. Los bancos y cajas de ahorro, actores principales de la inmundicia económica y social en la que se ha convertido este país, hundidos por responsables políticos, al final han sido rescatados con dinero público, mientras se ha dejado caer al vacío a los ciudadanos; eso –en mi opinión– es corrupción.

La Justicia no sólo no funciona sino que, con sus dilaciones indebidas, victimiza más a las víctimas y hace que los culpables al final se vayan de rositas; eso –en mi opinión– es corrupción.

Cuando un Gobierno cambia todas las leyes que equilibran las relaciones entre trabajadores y empresas, eliminando derechos laborales y pensando exclusivamente en el beneficio de los empresarios, los mismos que luego aportan dinero a las cajas ‘B’ de los partidos políticos, eso –en mi opinión– es corrupción.

Votar a los mismos partidos y a los mismos políticos que hemos visto, incluso detenidos, pasar por prisión y seguir en sus cargos públicos, presentándose a elecciones municipales, eso –en mi opinión– es corrupción. Esta última conducta es la peor, porque pone de manifiesto el envilecimiento al que la sociedad puede entregarse.

Así pues, los valencianos o los murcianos –por seguir con los dos ejemplos manejados en este artículo– que han sido, son y serán cómplices de los corruptos no deben quejarse, deben asumir las consecuencias de lo que votan. Quienes han votado a tales políticos y partidos, incluso sabiendo lo que se sabía de ellos, deberían sufrir las consecuencias en silencio, jodidos y sin crema que calme el dolor.

….¡Leches! Como en el anuncio de las hemorroides.

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