Ecto Plasta, Humor Gráfico, Igepzio, Número 4, Opinión
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Siempre queda algo

Por Ecto Plasta / Viñeta: Igepzio

Vivimos en una sociedad intolerante. Si alguien tenía alguna duda basta con ver el efecto que los cinco escaños de “Podemos”, en las recientes elecciones europeas, han hecho entre los políticos (sobre todo de derechas) y en la prensa (a estas alturas de la película me voy a permitir la expresión) del Régimen. Algunas de ellas me han dado hasta miedo y me han hecho pensar (y no exagero) que el falangismo no es algo del pasado y que está esperando la oportunidad para saltar a escena. Habrá que volver a hablar, de nuevo, del Parte y no de informativos. Curiosamente a casi nadie, por lo menos en este país, le parece preocupante lo que ha pasado en Francia con el ascenso fulgurante de la ultra derecha a manos de Marine Le Pen.

El discurso repetitivo del PP y de su coro de voceros, que terminan por ser más papistas que el Papa, mucho más radicales, va poco a poco dejando un poso en la sociedad. No cabe la posibilidad de relajarse, el constante goteo de mentiras, medias verdades y eufemismos varios hacen que tengamos que tener activados (constantemente) nuestros filtros anti-propaganda. Sinceramente la labor resulta agotadora, pero necesaria.

Y este poso, esta propaganda que vamos absorbiendo, que en algunas cosas podría ser considerada anecdótica, en otras es más preocupante. Una de éstas últimas es la relacionada con la inmigración y la xenofobia que está empezando a aflorar entre la ciudadanía. A lo mejor es que siempre hemos sido racistas, pero políticamente correctos. Sin embargo, últimamente la gente ya no teme, o no se avergüenza, de soltar alguna proclama contra la inmigración ilegal. No es necesario irse muy lejos, basta con entrar en un bar, pedir un café y sentarse a escuchar. Seguramente a lo largo de la mañana aparecerá alguien, tremendamente ofendido, contando alguna historia relacionada con algún inmigrante que estaba en la cola del médico, pidiendo (perdón robar es la palabra apropiada) trabajo o cualquier variante que tenga que ver con extranjeros ilegales. Parece que ciertas personas no puedan acceder a disfrutar de unos derechos fundamentales mínimos.

Nos hemos creído que ya no hay dinero para todos, que la sanidad no puede ser universal, que los inmigrantes abusan, que nos roban los trabajos, que vienen a España en busca de asistencia médica y un sinfín de historias similares.

Mientras todo esto sucede, seguimos abusando de los países en vías de desarrollo, miramos a otro lado cuando entran en guerra porque nos favorece un ambiente bélico que lleve inestabilidad a ciertas zonas en las que los recursos naturales están controlados por las grandes corporaciones y no por los gobiernos, que cambian cada 5 minutos o que son, simplemente, dictaduras. Poco nos importa que esas guerras y esa inestabilidad causen hambre y que la gente que la sufre prefiera jugársela saltando una valla o haciéndose a la mar en una patera.

Dicen que la primera persona que se comió una ostra tenía que tener mucha hambre. Lo mismo puede aplicarse a la que deja el lugar en el que nació y abandona a familia y amigos sin más garantía que la suerte para saltar una valla llena de cuchillas o embarcarse en una balsa. Hay que estar verdaderamente necesitado.

Es hora de recuperar nuestra humanidad.

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