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RTVV: corrupción eres tú

Por Lidia Sanchis / Viñeta L’Avi

Vivimos en un país en B y RTVV ha sido su profeta, el gran contenedor de la corrupción en la Comunidad Valenciana, que se ha extendido como un pulpo de tentáculos grasientos. Ni al mismísimo Papa respetaron estos sepulcros blanqueados, ni a su visita a Valencia en 2006, que fue como si el propio Dios te viniera a ver y Pedro García cobrara entrada para tan magno acontecimiento. Y vaya si la cobró. Medio millón de euracos dicen que se embolsó el ex director de la empresa pública, cien mil por cada onda de cabello engominado que le corona la testa. Por si ustedes se han olvidado, y no tienen un google a mano, les recordaré algunos datos. Con el número uno: el juez de la Audiencia Nacional, Pablo Ruz –el delgado con flequillo lacio– imputó a García y a otros responsables de RTVV por la adjudicación a dedo a empresas vinculadas a la Gürtel de la sonorización de actos con motivo de la visita del Papa Benedicto XVI. Sí, una frase muy larga, pero no se pierdan, que aún estamos en el número uno. Esto nada más quiere decir que unos jetas –de una empresa pública, no lo olviden– contrataron pantallas gigantes, micrófonos y altavoces, para un acontecimiento que iba a ayudar a poner a Valencia en el mapa, ay, ¡a una constructora! ¡No me digan que no se están haciendo pis encima de la gracia y el salero que tuvieron los gachós! Pues que sepan que ese meo les costó siete millones y medio de euros, de los cuales más de dos y medio se quedaron en los bolsillos de Correa, Crespo, Pérez y García (nada más adecuado que tener unos apellidos tan frecuentes para que acabes forrado y con casoplón en Rocafort: “¿A nombre de quién pongo el talón? Pues al de García. O Pérez. Creo que son hermanos, hijos de la misma madre, seguro”).

Con el número dos: RTVV compró tres documentales a la productora Triskel (nunca un nombre estuvo tan bien puesto), vinculada a Fernando Quintela, que fue director de Antena de RTVV, y pagó ¡cinco veces más que otras televisiones por los mismos productos! ¿Se imaginan al tal Quintela, si tuviera o tuviese melena, soltando aquello de “porque yo lo valgo”? Pues no vayan a por la tena lady todavía porque dos de esos tres documentales (de contenido poco plural, por decirlo finamente) ni siquiera se emitieron. Más de 150.000 euros por nada, para nada, para alguien.

Con el número tres: los 16 millones de euros que RTVV fue condenada a pagar a la antigua Mediapro ¡por no retransmitir el mundial de Fórmula 1 en 2012 y 2013! Un pufo en el que también está involucrado (y tan lucrado) Pedrito, el de las ondas al agua. Eh, que no lo digo yo, que lo dice la Justicia, esa señora con los ojos vendados, y por eso va el mundo como va. Se supone que la decisión de dejar de emitir el mundial de coches fue una medida de ahorro, pero García, el del pelazo, firmó unas condiciones tan deplorables, que –nos– ha acabado costando esos 16 millones. En total, 40 millones se han (hemos) pagado por los derechos de la Fórmula 1, un deporte, como bien saben todos los domingueros que se rascan la barriga frente al televisor, de “interés general”.

Son sólo tres números de un rosario largo de cuentas y las que nos quedan por rezar. En todo este viacrucis de saqueo y despilfarro, de delito tipificado y con penas de cárcel, ha habido, no obstante, pequeñas corrupciones que pueden pasar desapercibidas entre tantos ceros a la derecha. Les contaré una para acabar. Imaginen la escena: Francisco Camps, presidente de la Generalitat. Lidia Sanchis, redactora de Ràdio 9. Un pueblo de Castellón, en plenas fiestas. Camps, que va a inaugurar una piscina en ese pueblo. Varias unidades móviles que se desplazan hasta allí para dar cobertura al acto. El molt honorable que dice en su discurso, textualmente, que “esta piscina es magnífica porque en verano está descubierta y en invierno, cubierta”. Redactora que hace una crónica desde allí para retrasmitir al mundo mundial tan elaborado discurso ¡a través de un satélite! ¡Con la pasta que cuesta eso! Unas niñas festeras que acuden (mejor, las han hecho acudir) a escuchar tan certeras palabras (cubierta en invierno, descubierta en verano) pensando que el ilustre visitante ¡era el Príncipe Felipe! (príncipe, sí, pero el de Maquiavelo, les dije yo, para adoctrinarlas un poco, no más). Tanto signo de exclamación va acabar por pasarme factura. Si no, al tiempo.

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