Artsenal, Humor Gráfico, Número 3, Opinión, Xavier Latorre
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Recluidos

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Somos 500 millones de refugiados en la Europa próspera. Tenemos la tez blanca, un alto poder adquisitivo, profesamos religiones parecidas y hablamos un montón de lenguas. Hay algunos de diferente color de piel o devotos de otros dioses, que proceden del exterior de este gran campamento de ricos confinados, los cuales han sido invitados amablemente para que se sumen a esta fiesta del consumismo y del dispendio a costa de trabajar hasta la extenuación. Los habitantes de esta porción de continente, llamado primer mundo, están encerrados dentro de unas fronteras seguras llenas de alambradas y custodiados por sofisticados ejércitos y una policía eficaz que evita intrusos en este restringido club que viaja por la vida en primera clase.

En esta reserva para ricos se permite hablar de lo que a uno se le antoje, votar dentro de un orden siempre a los mismos (un diez por ciento arriba o abajo) y respetar unas reglas que imponen unos comisarios políticos a los que delegan el trabajo sucio las grandes corporaciones que son, a la postre, quienes hacen un descomunal negocio con todos nosotros. Este recinto, donde permanecemos recluidos, diseñado por tipos como Calatrava, tiene alguna pega. La principal es que debemos trabajar muchas horas para comprar sin parar artículos de todo tipo, a veces innecesarios y absurdos, impuestos por los nos que nos ofrecen ese bien escaso llamado trabajo. Nos pagan lo que debemos gastar (en estos momentos incluso menos). Los países, vecinos de esa misma comunidad de propietarios, no dejan de dictar normas para mantener el orden establecido. Los televisores vomitan imágenes en prime time de hambrunas en el mundo, mientras aquí padecemos la plaga de un creciente sobrepeso; de catástrofes naturales, provocadas algunas de ellas por nuestras constantes agresiones al medio ambiente; de guerras enquistadas, algunas propiciadas por la fluctuación del euro. Nos dejan hacer viajes exóticos para confirmar nuestros malos presagios: hay quienes viven muy mal. Y tomamos fotos de la miseria y finalmente exhibimos el pasaporte color Burdeos para buscar de nuevo cobijo en nuestro hogar, todavía por pagar del todo, en este asentamiento de 28 países.

Votaremos, como no puede ser de otro modo, unas fronteras más herméticas y si es posible un proyecto de muro disuasorio. Los telediarios nos alertan de la amenaza de los que no tienen nada. Miraremos a nuestro alrededor y veremos que en nuestro campamento de refugiados europeos huele a perfume caro de Paris y sabe a pizza barbacoa. Aquí la gente se mueve con BMW, se comunica con Iphone y transita por aceras pulcras donde ceder el paso a los ancianos, que pronto serán una gran mayoría en esta Unión Europea. Hay bimillonarios que saltan la tapia con nocturnidad para buscar refugio a su papel moneda en un miserable paraíso fiscal. Aquí jugamos en primera división, pero ¿quién nos dice que un jugador seleccionado por primera vez por Costa Rica no sea más dichoso que el propio Cristiano?

Han creado un mundo, jalonado de vallas publicitarias, por el que hacen suspirar al resto del planeta y, al mismo tiempo, instalan en nosotros el chip del miedo a perderlo todo. Y eso nos vuelve más vulnerables: tenemos más pavor a una crisis monetaria que a un virus, más recelo a una recesión económica que a la infelicidad o al desamor. El temor atroz servido en caliente (crisis económica guisada con patatas) nos vuelve incapaces de crear un mundo mejor para los de dentro y para los que viven fuera. El peligro de perder el privilegio de volver cargados del hipermercado puede hacer que votemos con el tiempo a personajes siniestros o criminales como Putin, Bachar El Asad o a algún capullo nostálgico del fascismo. Cuando todo vaya peor, e incluso los de afuera de la verja nos miren alucinados por si cometemos nuevas locuras, los pasaportes de color Burdeos y las vallas darán completamente igual. No servirán de nada.

¡Por favor déjennos seguir consumiendo en paz hasta agotar las existencias!

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