Alaminos, Humor Gráfico, Número 1, Opinión, Xavier Latorre
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Primos

Por Xavier Latorre / Ilustración: Jorge Alaminos

Si usted le hace la colada y le tiende la ropa a su vecino, y éste, a regañadientes, le pasa la aspiradora por su casa y ambos acuerdan pagarse lo mismo por ambas tareas están, perdonen que les diga, haciendo el primo. Lo que ambos desconocen es que le estarían haciendo un favor muy grande al país. Al contratarse laboralmente de forma mutua y declarar sus ingresos a Hacienda estarían obrando el milagro: gracias a estos solidarios vecinos la renta nacional de nuestro país subiría un peldaño, el paro bajaría en dos primos menos, las previsiones del FMI se revisarían al alza, Montoro cantaría por los pasillos del Congreso y alguien rasuraría los brotes verdes con un oxidado cortacésped. Ustedes dos, los habitantes del mismo rellano, angelitos míos, se quedarían prácticamente igual, con la ropa limpia y la alfombra sin ácaros como ya ocurría antes sin necesidad de prestar este patriota servicio comunitario.

Cuando la circulación del dinero alcanza una velocidad por encima de los límites que establece la DGT, España va bien. Pero va bien para unos cuantos, para los que lo mueven sin cesar, comprando y vendiendo e invirtiendo aquí o allá. O sea, los de siempre. Pero cuando la economía del país está varada en una cuneta, los más cobardes son también los mismos que ganaban antaño por encima de sus posibilidades. Ellos no arriesgan ni un euro, ni siquiera los que obtienen ilícitamente y que, más tarde, les enjuaga un asesor financiero sin escrúpulos. Ellos tienen la pasta guardada en sacas en sitios inverosímiles o en paraísos fiscales ubicados en lugares remotos para poder acariciarla a distancia por Internet.

La economía es la leche: ocurre que en estos momentos el tipo de la lavadora y el de la aspiradora se están haciendo cargo, en pleno atasco monetario, de la factura del insolvente Estado. Ambos, más primos que nunca, hacen la compra cada día –con un IVA inadmisible– y sostienen la sanidad y la educación de todos esos señores que gustan de evadir o cometer fraude fiscal. Ellos que podrían pagarlo de sobra, no sueltan un euro así les maten y creen tener más derecho que nadie a llamar a los bomberos, a la policía o a que un cirujano les abra en canal uno de los riñones que tienen forrado. Justamente son los que se desentienden de mantener esos costosos servicios públicos. Por el contrario, a quienes no lo pueden pagar (los parados sin subsidio y algunos inmigrantes) les rebanan sus derechos sociales, les dejan sin las medicinas para el corazón, sin cardiólogo y a la intemperie (a veces sin luz, otras sin agua y otras sin casa) expuestos a los caprichos de un señor que les remunera en negro una interminable jornada sin contemplar siquiera de refilón su brillante titulación. Cuando el dinero vuelva a viajar de nuevo en primera clase en el AVE de la macroeconomía, la situación de esos trabajadores será inamovible. Ya se inventarán nuevos sacrificios incluso para los muertos vivientes.

Un señor, que se queja mucho, ha blanqueado su dinero sucio en la compra de un loft en una estación de esquí. Como el dinero le estorbaba por casa se ha mandado construir también un panteón con dos ángeles custodios. Todos han cobrado en B igual que muchos de nuestros queridos y ejemplares gobernantes (ellos también se resienten al facturar menos con el parón de la obra pública). Muchos han recibido de forma clandestina su fajo de billetes correspondiente metido en un sobre; todos menos ese par de estatuas que aún están esperando el abono de dos mensualidades. Dos angelitos convertidos en un par de primos por los siglos de los siglos.

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