Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 2, Opinión, Tonino Guitián
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No hay nada como reírse de la desgracia ajena

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

Cuando alguien resbala en la calle, cuando dos personas discuten acaloradamente, cuando un coche pasa a toda velocidad por un charco, empapando a los transeúntes que esperan en el semáforo, ¿por qué será tan gracioso?

Yo, personalmente, encuentro muy cómico cuando estas personas se levantan con raspones en las rodillas, codos y palmas de las manos; o cuando se miran las ropas mojadas con las que tendrán que hacer el vergonzoso via crucis hasta el trabajo, una cita o su casa.

¡Pero aún es más divertido cuando se coloca expresamente a esas personas en situaciones de desgracia, para que se fastidien!

Por eso me identifico plenamente con todo aquel que procura que cualquiera se sienta incómodo recordándole que no todos somos iguales y que si le ha tocado un sambenito es porque él mismo se lo ha buscado y no tiene energía vital para superarlo sin ayuda.

Cada cual debe usar todo lo que tiene en su mano para procurarse un estado de gracia en el mundo. Hay que evitar decir la verdad –no mentir, sino invocar el beneficio de la duda–, empujar a los más débiles para que los demás quepamos más cómodos, comparecer en las reuniones bajo la forma de un robot desactivador de explosivos, hacerse amigo de malvados útiles y robar, usar y abusar de palabras que parecen importantes como libertad o solidaridad, hasta degradar su significado. ¡Todo vale, antes de ser nosotros los desgraciados!

Con nuestros presidentes nacionales los españoles no partimos de un razonamiento para llegar a la antipatía hacia ellos; partimos de nuestra antipatía para llegar a las conclusiones. Y así como parece que algunos tronistas y tertulianos televisivos se hacen ricos y famosos por causar un orgulloso disgusto, nosotros colocamos en el más alto puesto de responsabilidad a aquel que pueda hacer rabiar a sus antagonistas. Hasta el momento hemos asistido a dos corrientes: el amable presidente que cree que la solidaridad es el mejor método para salir adelante todos juntos y el antipático que sabe que toda persona es la enemiga natural de las demás. Hay excepciones, pero no estamos aquí para hablar de excepciones. Por eso un presidente que no habla ni se explica, pero actúa como nosotros sabemos que va a actuar, es el colmo de la perfección. Sólo hay que esperar a que a alguien le caiga la desgracia encima. La de ser pobre, dependiente, mujer embarazada, o desgraciado con pretensiones de tener derechos. ¡Y con esto no denuncio un defecto, sino que reconozco una fuerza! Una fuerza enorme, que no espera a nadie. Implacable. Como las leyes de la Naturaleza o las de Dios, que sólo tiene misericordia hacia sus elegidos. Y ¿quién de nosotros que nos merecemos lo mejor, ante una avalancha, no esperamos ser quien se libre por todos los medios a nuestro alcance, como el de quedarnos quietos y hacer como que nada está pasando? Vende tu alma. Si sales indemne, podrás reírte de los demás. Ningún testigo podrá molestarte.

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