Artsenal, Humor Gráfico, Número 2, Opinión, Xavier Latorre
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Nada por aquí, nada por allá

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Menos mal que lo tenemos aparcado en zona azul en la Moncloa. Es una suerte enorme que Mariano Rajoy, aunque algunos se obstinen en no querer reconocerlo, sea nuestro presidente. Es lo mejor que nos podía pasar, créanme, y no hagan caso de esas marchas de protesta a las que luego sus organizadores les suman varios ceros. ¡Ingratos! Hay una conjura contra él, y para ello se han inventado historias sobre sobres y no cesan de achacarle el malestar general de sus súbditos electorales. En cambio, yo sí creo que está en el sitio perfecto para no hacer nada como demuestran sus pocas comparecencias fuera de plasma que realiza, sus escuetas y ambiguas valoraciones y los pocos cambios que hace en el banquillo ministerial. El rajoyismo se manifiesta por su inmovilismo. Ejercer de doble suyo debe ser sencillo, sólo tiene que ponerse una barba como el de Eurovisión y salir pitando por la puerta de atrás en cuanto vislumbre a algún periodista incontrolado apostado en la puerta principal.

Yo lo prefiero simulando que ejerce de estadista. Gracias a su cargo actual nos libramos de una buena. Imaginen al doctor Rajoy en las urgencias de un hospital dilatando el diagnóstico más allá de la muerte del propio paciente. Si Don Mariano fuera el profesor de Historia de sus hijos les tergiversaría nuestro pasado más reciente. Este tipo es capaz de bajar a segunda al Real Madrid de sus amores en una sola temporada al mando del club merengue. Si fuera juez, en vez de registrador de la propiedad en desuso, los alcaides de las prisiones irían de culo sin saber si liberar al preso o encerrarlo de por vida al leer las confusas sentencias redactadas por él. Ya puestos a suponer, piensen la suerte que tienen que no es el cocinero de la casa de comidas del polígono dónde aún trabaja, porque estaría todavía por el primer plato y le habría cobrado el triple por anticipado; ni el dueño de la pescadería de la esquina, porque sería capaz de venderles mejillones del mar Muerto envueltos en hilillos de plastilina.

¡Estamos de enhorabuena! Tan sólo es presidente de un país del montón y cabeza virtual de una trama corrupta y mafiosa que dirige un tesorero en la “sombra”. Mirándolo bien, podemos dormir tranquilos. Lo tenemos recluido en la Moncloa soltando discursos huecos a mandatarios extranjeros que hacen cola por asistir a ese asombroso espectáculo y poder contárselo a sus queridas y publicarlo en sus memorias. El heredero de Aznar tiene tanta talla intelectual que dicen que ha leído varias veces a un tal Tato. Este gallego, entrenado a fondo en cinco ministerios, sólo habla con dichos populares que debió aprender de algún antepasado suyo. Sus mensajes ocultos no han podido ser descifrados todavía por los agentes del espionaje mundial. Estoy recopilando frases suyas de una banalidad sublime y cuando salgo a la calle procuro llevar un par puestas por si acaso. El señor de los peperos desconcierta: es un orador simple y minimalista. No hay por donde cogerlo, siempre escurre el bulto. Sus obras completas no se las comprará ni Planeta aunque le intenten regalar una licencia televisiva.

Sus discursos son como un electroshock que obliga a un joven parado dubitativo a hacer las maletas de inmediato. Las divisas que nos envíe se las gastará, como está mandado, en un AVE que circule a toda castaña por la provincia de Ourense. Este singular Robin Hood de los ricos vive agazapado en el bosque del BOE y está aprendiendo refinados sistemas de saqueo de las arcas públicas. Esa sofisticada manera de delinquir a cara descubierta y en horario de máxima audiencia, que viene de antiguo, se ha vuelto un arte complicado: no quedan apenas caladeros de dinero público donde echar las redes. El máster en aforismos que cursa nuestro presidente becario nos está saliendo por un ojo de la cara. ¡Vaya caprichos nos damos!

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