Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 4, Opinión
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Mediterráneo negro

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Tuve un profesor en la facultad, renombrado abogado mercantil, con quien coincidía cada quince días en Castalia, él en su asiento de tribuna y yo en mi pupitre de trabajo. Por aquel entonces había en la ciudad un equipo que aún jugaba a fútbol; era el CD Castellón. En clase nuestro personaje era todo un caballero, atento y servicial, muy educado, incluso diría que en exceso: en ocasiones traspasaba la sensible línea que separa los buenos modales de la pedantería. En el estadio, en cambio, se transformaba, y cada pitido del árbitro calentaba sus peores instintos. Repartía insultos, barbaridades y berridos a discreción, pero si en el equipo rival se alineaba algún futbolista negro, el festival estaba asegurado. Aunque no diera una mala patada, el “hijo de puta” lo tenía garantizado y, de ahí para arriba, lo que se terciase. Los gitanos tenían suerte: su etnia no se adivina desde la grada.

Ver un telediario en casa de mis padres se ha puesto difícil. El rosario de casos de corrupción, abusos de poder y obscenidades de toda suerte copan el minutaje antes de los bloques de cultura, deportes y el tiempo. Cada información es recibida por mi padre, un buen hombre, sensato y educado, con la esperable indignación. Suele blasfemar, en realidad blasfema muy a menudo, pero los insultos reciben mi indulgencia porque son su humana reacción a la injusticia y porque, además, también los suscribo. Las noticias periódicas sobre el “drama humano de la inmigración” –cuántas veces pronunciamos estas palabras pero qué poco nos las creemos–, casi siempre en forma de patera atestada, o de negros (“subsaharianos”, en castellano políticamente correcto) intentando salvar la valla fronteriza de Melilla, en cambio, le producen, nos producen, malestar, pena sincera y repulsa, pero las asumimos como algo que nos viene dado, una circunstancia casi natural, como un volcán en erupción o un tifón destructor, tal que no hubiera responsables ni promotores interesados en que la agonía se perpetúe. E, inconscientemente, pasan al olvido. Hasta el siguiente informativo, hasta la próxima oleada de desheredados del Tercer Mundo.

El racismo, la xenofobia, son la cara más execrable del ser humano, pero la indiferencia de la gente corriente, usted, yo y el maestro de nuestros hijos, no es mucho mejor. No hace falta invocar al Ku Klux Klan, insultar a los negros, pedir que se expulse a los extranjeros de tu país para ser cómplice de un drama gigantesco. Escribo esta columna semanal, hoy sobre el racismo, y tal vez sea mi única referencia en esta revista a un drama que debería avergonzarnos como seres humanos. Cuarenta y una líneas de Word que nada solucionan y que, en el mejor de los casos, sólo servirían para hacer meditar, a mí y al hipotético lector, en el caso de que estuvieran bien construidas. ¿Cómo se puede tolerar ese reguero de muertos, padres, madres, niños y jóvenes, inflados como pelotas de playa en mitad del Estrecho, familias enteras absorbidas por las aguas del Mediterráneo feliz? ¿Es tolerable que la respuesta de un gobierno democrático sea elevar las alambradas y coronarlas con cuchillas asesinas, artefactos de aniquilación masiva? ¿Consentiríamos que en nuestra ciudad, en nuestro país, murieran cada año cientos de vecinos huyendo de la miseria más miserable, o veríamos llegado el momento de pedir cuentas a los poderes públicos, día sí, día también, y no sólo cada cuatro años? ¿Hasta cuándo vamos a estar impasibles viendo esos ojos extranjeros que no hablan pero lo dicen todo? Posiblemente, esperaremos algunos telediarios más y, entonces, si acaso, igual ya veremos.

 

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