Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 2, Opinión
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Mariano Rajoy Brey (1955-2014)

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Siempre se van los mejores, aunque a veces ocurra demasiado tarde. Mariano Rajoy Brey, registrador de la propiedad, estadista, presidente del Gobierno y mejor persona, falleció ayer en Madrid a la edad de 59 años mal llevados. Como buen político de raza, la muerte le llegó con la corbata puesta, en pleno Consejo de Ministros. A falta de la preceptiva autopsia, los primeros informes médicos hablan de un colapso arterial con sucesivos estallidos de materia gris letales de necesidad como probable causa del deceso. Fuentes del Ejecutivo han indicado que Rajoy se hallaba enfrascado, junto a su equipo, en pleno debate de un paquete de medidas, todavía sin desenvolver, para profundizar en la lucha contra el desempleo (“el paquete del mes de mayo”, le llamaban; el de abril no funcionó y el de junio aún lo están fabricando). Con el semblante serio, hierático, una mano encima de la otra, los antebrazos apoyados en la mesa de caoba, suave como el culito de un bebé, llevaba dos horas y diecisiete minutos inmóvil. Sólo su legendario tic en el ojo izquierdo, señal delatora en los momentos de crisis, evidenciaba que seguía vivo. Se echaba encima la hora de comer y Montoro tenía hambre (Arias Cañete, liberado ya de su condición de ministro, había tenido tiempo de almorzar y merendar dos veces, carajillos y copa de Terry  incluidos). La vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, armada de valor y de la mala leche que atesoran los bajitos, le conminó a tomar una decisión ya, “aunque sea la primera que tomes en tu puta vida”, y nuestro macho alfa no pudo resistir la presión. Fue tan rápido todo…

La apatía de la decisión, tantas veces criticada, no le acompañó sin embargo durante toda su existencia. Contrariamente a su proceder en el ámbito político, en su vida privada se desenvolvió de manera bien resuelta. Es cierto, por ejemplo, que tardó 37 años en ennoviarse, pero una vez la chica pasó con notable alto el ‘casting’ de papá y del padrino Manuel Fraga (la madre faltó tres años antes de la boda), casarse, dejarla embarazada y tener dos hijos pareció coser y cantar. Fue tan rápido todo…

Mariano Rajoy estaba adornado de numerosas cualidades. Estudiante modélico, aprobó muy joven las oposiciones a registrador de la propiedad, profesión que ejerció con una rectitud, entrega y honestidad desconocidas en su etapa política. También era un gran aficionado al ciclismo, el fútbol, deporte en el que nunca escondió su condición de madridista, y a fumar puros, eso sí, sin tragarse nunca el humo. Fue lo único en lo que no tragó, el pobre. Ah, y era gallego (dicen los verdaderos gallegos que ser gallego es una virtud, frente a los aragoneses de pura cepa que sostienen que la cualidad de virtuoso la da el hecho ser aragonés. Lo mismo ocurre en la disputa entre canarios y navarros, o entre asturianos y extremeños). Cercano, afable y campechano, en una época en la que ser campechano es legítimo timbre de honor, prácticamente lo más que se puede ser en España, desembarcó muy joven en la cosa pública. A los 26 años ya era diputado autonómico y posteriormente adornarían su currículum los cargos de director general, concejal, presidente de Diputación y diputado en Madrid. Aupado a la presidencia del Partido Popular, ya saben, el de la gaviota que bien pudo ser palomo, se presentó como candidato a las elecciones generales rodeado de una falsa polémica. No fue José María Aznar, conocido en las distancias cortas como ‘Jose Pecholata’, quien impuso su nombre frente al de Rodrigo Rato, como muchos analistas se empecinan en mantener; fue su dedo índice, en concreto el de la mano derecha. Se dicen tantas cosas…

Dos fiascos después, a la tercera fue la vencida, y una vez coronado campeón en las elecciones generales de noviembre de 2011 se embarcó en una tarea hercúlea: mejorar las cifras del paro que le dejó José Luis Rodríguez Zapatero, ahora escritor de memorias, fruto de aquella crisis que no era crisis, sino un pequeñísimo bache, y quien diga que es crisis miente y además me enfado, pero que luego fue una crisis de dos pares de cojones y parte del otro (quiero creer que me siguen). La repentina muerte de Rajoy deja su obra inconclusa: la primera pata de su política, la de vaciar el país de jóvenes con talento pero sin trabajo, o incluso sin trabajo y sin talento, ya ha sido lograda. La otra línea maestra que inspira el plan diseñado por su equipo económico, es decir, crear empleo estable y de calidad, está a medio camino. Los empresarios afines, los trincones amigos, chanchulleros, tesoreros, ex tesoreros, gerentes del partido, presidentes autonómicos, hijos de amigotes, incontables hijoputas, viven mucho mejor. De los demás tendrá que ocuparse su sucesor. Candidatos no faltarán. Hay gente para todo…

Los llantos por la desaparición de Mariano Rajoy atruenan desde todos los rincones del mundo. Incluso quienes no lo conocieron –de hecho, éstos con mayor pesar– derraman una sentida lágrima por el presidente. Dirigentes de todos los continentes, incluso negros, moros y algún que otro masón, asistirán a los funerales de Estado, que contarán también con la presencia del coro del Opus Dei, tertulianos de todo pelaje y condición, su primo sacerdote que seguro que tiene uno, la tía virgen que no puede faltar en ninguna familia de orden, el secretario de la Asociación de Manufactureros de Habanos y la cofradía de gaiteros de A Pobra do Caramiñal. A título personal acudirán el director del diario ‘La Razón’ y gentes del espectáculo y la cultura como Norma Duval, Arévalo, Francisco, Hermann Tertsch, César Vidal y Rita Barberá.

Fue tan rápido todo…

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