Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 3, Opinión
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Maneras lucrativas de apretar un botón

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Cinco o seis corbatas para los caballeros, cuatro o cinco trajes chaqueta para las señoras. Y, en todos los casos, un dedo índice, ni muy grueso ni excesivamente delgado, una falange en plena forma y con puntería dispuesta a darle al botón del ‘sí’ o del ’no’, según convenga a los intereses del partido que no tienen por qué ser los del país. No me dirán que el equipaje del eurodiputado no es modesto, casi revestido de pobreza franciscana. El domingo decidiremos los nombres del contingente de 54 personas que enviamos a Bruselas. Es el día de las elecciones al Parlamento Europeo, esa especie de ‘reality’ inverso en el que los nominados, en lugar de regresar al anonimato de su rutina gris y provinciana, pasan a mejor vida –literalmente hablando–, premiados como son con una canonjía de cinco años en el corazón de la vieja Europa. Voy lanzado: parezco la voz en ‘off’ de ‘El precio justo’.

Los mismos perros que han hundido España en las cloacas, los unos, y han sido incapaces de levantarla, los otros, se cambian de collar para construir una Europa justa, equitativa, social y con un futuro estable para todos, y aquí paz y después, gloria. En su país han sido inútiles vocacionales, cuando no sospechosamente torticeros y corruptos, pero la Unión Europea la van a dejar niquelada. Estos políticos nuestros están revestidos de sabiduría renacentista: igual te planchan un huevo que te fríen una corbata. Valen para todo, se atreven con lo que venga: la agricultura por aquí, la inmigración por allá, tarifas aeroportuarias con la mano derecha, impuestos a los carburantes con la izquierda. La broma tiene bemoles, porque lo que es gracia, ni pizca. A cambio de cuatro días de trabajo, sus señorías reciben un sueldo limpio de 6.250 euros mensuales, a los que hay que sumar fruslerías como los 304 euros de “dietas de estancia” y otras gratificaciones.

¿Y para qué sirve el Parlamento Europeo? Si tienen verdadero interés, pueden consultar Internet –en la Wikipedia viene– porque los candidatos no se han explicado en las dos semanas de campaña de verbena cuyo mayor logro ha sido el autorretrato que se ha hecho, en carboncillo y al natural, el cabeza de lista popular Arias Cañete. Tampoco creo que lo sepan los aspirantes a un escaño ni que, en general, les importe demasiado. Y por si les pica la curiosidad, tienen maestros en Bruselas de la talla de Mayor Oreja, Carlos Iturgaiz, Vidal Quadras, Pilar del Castillo, Juan Fernando López Aguilar o Andrés Perelló. Ellos les podrán explicar. Ya saben: entre mandos no nos puteemos.

Porque eso es lo fascinante. En Europa todo son ventajas y ningún inconveniente. Siempre positivo. No importa que seas un inútil de manual; allí no te conocen. Como los señoritos que enviaban a sus hijos a un internado después de dejar embarazadas a las sirvientas, los partidos tapan las vergüenzas de muchos representantes empaquetándolos rumbo a Bruselas. El anonimato del Europarlamento no lo da el Congreso, dónde va a parar. Gente que dabas por muerta políticamente se asoma a los papeles de uvas a peras por un quítame allá esas dietas o un pago a la asistenta en negro. Los diputados patrios salen en la tele y en los periódicos, les ponemos cara, y alguien puede tener la tentación de hacerles un escrache o lanzarles un huevo, ya saben, esas formas extremas de violencia que a monseñor Fernández Díaz, el ministro de la porra, le ha dado por perseguir con caridad cristiana. La visibilidad, allí, es voluntaria. Si algún eurodiputado quiere protagonismo le basta con transformarse en tertuliano de jueves a domingo y enredar un poco desde el púlpito catódico antes de coger el avión en clase ‘bussiness’ y regresar a Bélgica.

Quizá soy exagerado y un maniqueo. Pero doy mi voto al candidato que me explique en folio y medio a doble espacio a qué se va a dedicar en Bruselas. Después de quince días, yo aún no lo sé.

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